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Letras furtivas

Última actualización 01/04/2004@00:00:00 GMT+1
Por norma, y aunque los neófitos no lo crean y haya todavía quien confunda tradición con hacerse el estirado, la montería tiene un perfil zumbón, de coña amable, más que el ojeo, aunque por supuesto menos cuadrillero y entrañable que la partida de caza en mano
Cada montería es un mundo y un paisaje. Y no lo digo sólo por las serranías y los gloriosos escenarios que se disfrutan, o se sufren. Porque la temporada, aunque al final se compuso, trajo más temporales y cielos encapotados que azules, claros y soles, y parecía que estaba esperando el viernes para principiar el aguacero y no dejarlo hasta el lunes. Pero no me refiero hoy a esos paisajes sino a los humanos, y a los que la especie produce en su entorno.

Por norma, y aunque los neófitos no lo crean y haya todavía quien confunda tradición con hacerse el estirado, la montería tiene un perfil zumbón, de coña amable, más que el ojeo, aunque por supuesto menos cuadrillero y entrañable que la partida de caza en mano. Cada montería acaba teniendo el carácter de quien la organiza y se lo imprime. Eso lo sabe bien mi amigo José Luis Domínguez, el dueño de los “Capablanca”, que elige dónde va, más que otra cosa por los talantes. Que cuadren con el suyo de maño por derecho es lo que más le importa. Hemos cazado poco juntos este año, pero al que viene tendrá remedio, aunque ya no me vendrá más al puesto su “Garboso” cuando Quico Domínguez ande cerca con los perros.

Los “Capablanca” cazan mucho con “Segontia” y mis paisanos los Moreno. El año que viene espero encontrar la salvación fuera del caseto de Villasayas (Soria), donde pone un cartel que no la hay, y matarles un cochino de bandera. Lorenzo de Grandes, pierda o gane, sigue rasgando por la mitad el mazo de cartas a pura mano para estupor de las concurrencias. Eso después de darle a los guarros, que les da.

Fui por primera vez –una amable invitación de Juan Luis Cañero– a montear a Andalucía. Después de un calvario para sacarme la licencia, algo que debo agradecer al bueno de Osuna, que me aceleró el trámite. En el “Convento de la Almoraima” y en “Fatigas” hubo ambiente del mejor, aunque me viniera con la frustración de no haber tirado uno de esos cochinos cruzados y colorados que no llegan a jabalíes pero pasan de cerdo y que por allí proliferan. Pero la jornada tuvo gracia y ángel.

Las monterías con más guasa del mundo manchego son las de Pedro Barato. El presidente de ASAJA las lía pardas y no hay ambiente donde brote más la risa que en el suyo. Ni más variopinto en lo político, ni más intelectual ni más canoro, aunque Patxi Andión se niegue siempre a soltar el más mínimo trino. Por allí anda siempre ayudándole a Pedro el montero más cabal y más señor que uno ha conocido este año, Enrique Sanz, o mejor “Quique el Metralla”. Amable, conocedor como nadie de sus sierras, prudente en el campo y en el trato, le vi matar un cochino a más de 250 metros arreado por los perros desde hacia un kilómetro y al que vi rodar antes de oír el tiro. ¡Sí estaba lejos el bicho!
Eso fue en “Navalonguilla”, la finca de los Patón, donde he sentido ser el más patoso del mundo bailando y me he tenido que conformar con envidiar a los que sabían seguirle el paso a María, que nos dio un viernes un recital flamenco. El porche cubierto de la finca fue el escenario y encima con luna llena. Sus monterías han resultado potentes, sobre todo por la calidad media de unos venados de los que pocos se ven por la mayoría de las “alfombras” que uno ha podido contemplar este año.

La que más me ha impresionado ha sido la de “El Gargantón”, y no por los venados sino por los cochinos. Allí vi uno espectacular, casi tanto como el que fue objeto de disputa por mis trochas alcarreñas, y en cada batida se presentaban unas bocas más que dignas para las tablas. Hasta yo me traje una después de mi lance en el cortadero, donde los monteros españoles marcan su categoría con respecto a belgas, franceses, austríacos, alemanes y americanos, poco duchos en parar cochinos perdiendo el culo para que no les rebanen la jeta. Octavio Pérez, de Andújar, le pone su sello de buen hacer con su mezcla irónica de parsimonia y eficacia. Fue allí donde recibí la noticia desdichada del año, el fatal accidente de Luis Higuero, tan querido por la familia montera.

La eficacia alcanza su cota más alta e imbatible en lo de Abelló. Su orgánica funciona como un reloj al que él y su hijo Cristian le dan cuerda. Sus monterías, ya es sabido, son un modelo de organización y en las que jamás falta un detalle. Lo que nos sobró fue agua en San Pablo de los Montes, un encuentro ya tradicional con los amigos en Casa Aurelio, y nieblas nos sobraron también por Aldeanueva, que es “lo nuestro”. ¿Y qué les cuento de lo nuestro? Pues que al estado mayor conjunto se le da bastante mejor el cabrito. Ése no falla.
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