Hemeroteca :: 01/04/2004
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Relatos
Última actualización 01/04/2004@00:00:00 GMT+1
“Ojalá tengamos hoy la suerte que últimamente nos falta”, susurró Manuel en el oído de su perro al liberarlo del collar, como esperando que El Chispa le reconfortara...
Bajo la falsa apariencia de seguridad que ofrece la calma, pocos se paran a pensar que todo puede desaparecer de un plumazo y que el sosiego, la tranquilidad y sobre todo la felicidad, son estados subjetivos tan efímeros como placenteros. El porqué de este comienzo lo irán comprendiendo a medida que avancen en la lectura de estas letras, pero ya basta de filosofía de taza de café y vayamos con el principio de la historia que tengo a bien contarles.

Mañana de noviembre en la fría serranía turolense, el día anterior nublado, al igual que casi toda la noche, lo que hace suponer que hoy no será un día de gélidas temperaturas, pero...“¡rediez, qué fresco!”, murmura Manuel al asomarse, como de costumbre, por el ventanal de su todavía oscura habitación para comprobar el tiempo de la mañana que todavía no había nacido. Se levanta y se viste con sus viejos pantalones de pana marrón, su camisa a cuadros de franela y su negra chaqueta de punto que su mujer le había tejido años atrás con la lana vieja de otra aún más vieja chaqueta.

Lentamente, haciendo gala de los setenta y ocho años de vida que Manuel cargaba sobre sus espaldas, la mayoría de duro trabajo en el campo, se dirigió hacia el carcomido baúl que hacía las veces de armario y único elemento ornamental en la habitación contigua a la suya, y lo destapó. Un olor rancio inundó la habitación, que como el resto de la casa era de tapia. El olor provenía de unos trapos roídos y sucios, de tacto aceitoso, entre los que Manuel guardaba amorosamente lo que él consideraba su único tesoro material, una escopeta marca Diana, calibre 16, que antes había pertenecido a su padre. El arma mantenía orgullosamente marcadas las huellas del paso del tiempo y, sobre todo, de los numerosos paseos por el campo en busca de conejos y perdices, en su desvencijada culata y sus cañones picados, más bien por la baja calidad de los materiales, pólvora y pistones, con los que otrora su padre, ora él, habían estado recargando una y otra vez las vainas que cuidadosamente guardaban una vez efectuado el disparo, que por descuido o dejadez.

La redimió de su reposo, la acarició lentamente, la montó, y colocándose la canana en la cintura bajó por las escaleras hasta la cocinilla, en la que aún se podía ver algo de rescoldo en el brasero que mantenía caliente la única habitación que Manuel se podía permitir el lujo de tener “acogedora” en toda la casa. Mezcló el café de recuelo de la noche anterior con un poco de leche tibia y se dirigió a por El Chispa, que hacía ya rato asomaba su afilado hocico y sus vivos ojillos por la rendija que dejaba la puerta entreabierta del corral de la casona. El Chispa, una vez más, había advertido el ritual que Manuel llevaba a cabo mecánicamente todas las mañanas de caza, pero sobre todo había sentido el tintineo de las anillas portacaza, chocando unas con otras colgadas de la cintura de Manuel, al bajar por las escaleras, tintineo que logró despertarlo de un sueño ligero, provocando en el pequeño podenco un estado de excitación como sólo el saberse un día más en el campo corriendo liebres y conejillos era capaz de hacerlo.
“Ojalá tengamos hoy la suerte que últimamente nos falta”, susurró Manuel en el oído de su perro al liberarlo del collar, como esperando que El Chispa le reconfortara o esperanzara con alguna frase basada en ese sexto sentido que se les atribuye, a veces no sin razón, a los perros, y que Manuel había comprobado ya con angustia la noche antes de que muriese su esposa, aquejada de una grave enfermedad durante años, en la que El Chispa no paró de llorar y emitir unos ladridos quejumbrosos que llenaron la oscuridad de ese halo de misterio y temor que toda muerte inminente infunde en los que la rodean. Pero El Chispa simplemente se limitó a mirar con unos ojillos mitad tiernos, mitad impacientes, a su único, pero gran amigo Manuel, para, inmediatamente a saberse suelto del collar, empezar a brincar y ladrar alegremente alrededor de él.

Ya con todo preparado y con el morral balanceándose a golpe de sus cansados andares, colgado del hombro izquierdo, partieron ambos andando hacia el monte “El Horquillo”, monte conformado por multitud de sabinas rastreras, salpicadas con alguna que otra sabina vieja, viejísima, que se erguía altanera y hermosa, desafiando el frío y la escarcha que el amanecer había dejado sembrada. Así mismo, había aliagares en las umbrías, enebrillos y espinos, amén de alguna que otra especie endémica de la zona, todo ello tamizado por abundantes guijarros sueltos de los más variados tamaños y algún que otro vestigio de lo que antaño había sido una pared que servía para amojonar alguna linde. En el horizonte se atisbaban las ruinas de una antigua paridera que seguro había conocido tiempos mejores. En resumen, todo un monte de claroscuros, que en aquella mañana de noviembre se acertaba a percibir como el lugar más hermoso del mundo, y que causó en Manuel nada más llegar esa sensación placentera y tranquila que hoy en día es tan difícil soñar, ya no digo alcanzar, en esta sociedad.

Transcurridos los primeros momentos de paz, Manuel comienza a mirar lenta y escrupulosamente unas aliagas situadas en la ladera del primer cerrillo que encuentra en su camino y que tantas otras veces le habían dado como resultado el sobresalto del corazón con los regates y carreras de la liebre que, encamada debajo de una aliaga y segura de su mimetismo con ésta, no salta si no se la pisa o el perro le empuja con el hocico. De lo más alto del cerro provenía el imponente canto de un perdigacho que seguro en su atalaya saludaba la mañana. “Ése ya no es para nosotros, Chispa”, dijo Manuel con tristeza mientras daba unos ligeros golpecillos en su pierna derecha.

Así transcurría la mañana para Manuel, cuando de repente El Chispa sale ladrando, marcando el camino de la endiablada y veloz liebre, y Manuel, ya viejo cazador, siente la misma emoción que una vez sintió acompañando a su padre y éste le dejó por primera vez la escopeta que ahora portaba en sus manos, y un “vaya usted a saber el qué” hizo que se le arrancara una delante justo de él y... ¡milagro! o tal vez ¡suerte!, o tal vez que tuviese que pasar, pero el caso es que fue su primera liebre, ¡y cómo la disfrutó! Como en aquella ocasión, Manuel encara su vieja yuxtapuesta del 16, coge los puntos y...¡suena un estallido! La liebre no deja de correr, pero en el próximo salto el suelo se le hace cada vez más y más cercano, sin que pudiera, como tantas otras veces había hecho, volver a zapatear el aliagar con sus fuertes y largas patas traseras en una zancada increíble para un animal tan pequeño. Vueltas y vueltas, la mirada borrosa y perdida y... la liebre yace en el suelo, justo al lado de una gran piedra escoltada por una de esas puntiagudas y grises aliagas. El Chispa, que ya no ladra, llega hasta ella, la cobra, y contento como nunca se dirige rápidamente hacia Manuel, el cual, al llegar el perro, su perro, lo acaricia y con su voz vieja y cavernosa, pero a la vez cariñosa, le dice: “Muy bien mi compañero, muy bien mi gran amigo, hoy comeremos liebre”.
Ésta era la primera liebre de Manuel en toda la temporada, que llevaba ya un mes largo abierta, y es que la salud y la edad mandan, y las cosas ya no eran como antes. Manuel sigue con sus temblorosas y arrugadas manos acariciando al Chispa, susurrándole cosas como “gracias amigo, muchas gracias por brindarme esta oportunidad, quizás ya la última, gracias, gracias...”, y acto seguido recoge la liebre que había dejado cuidadosamente en el suelo y la mira, y la mira, y la acaricia, y la acaricia, y la peina, y la peina, y la peina otra vez y llora, Manuel llora mientras da también las gracias a ese pequeño y valiente animal por la mañana que le ha hecho pasar, por los días que le ha hecho pasar, por la vida que le ha hecho pasar, porque Manuel sabe que su vida y la de esas endiabladas orejonas han estado demasiadas veces cruzadas como para ser totalmente distintas, como para no ser una parte de la otra. Y Manuel llora.
– Está llorando, el viejo está llorando, dijo una joven enfermera.
– ¿Qué dices? No puede, afirmó otra, mucho más curtida que la anterior.
– ¿Cómo lo sabes? Te digo que está llorando.
– Motivos tiene, pero no puede. ¿Sabes su historia? Hace un año murió su mujer a causa de una larga enfermedad degenerativa que la tuvo sufriendo cinco años, cinco largos años en los que el viejo no se separó ni un segundo de su lado. Eran los dos últimos habitantes de un pequeño pueblecillo que entró en los planes de un macropantano. El resto de los habitantes ya habían abandonado el pueblo por aquel entonces, pero el viejo y su mujer se resistían, ella quería morir donde había nacido y... lo consiguió, por poco, pero lo logró. Ella murió, y como era su deseo, fue enterrada en su pueblecillo natal. A los dos meses inundaron el pueblo, dos meses en los que el viejo no dejó de ir un día a visitarla, con flores que él mismo recogía en los alrededores, así que los dos grandes amores del viejo yacen ahora bajo las negras y tenebrosas aguas de un pantano. El viejo no lo superó, no superó la pérdida de su mujer, y tampoco la de su amado pueblo. Dicen que era cazador, que quería como nadie a su pueblo. Ir a Madrid a vivir con su único hijo y empezar a enfermar fue todo uno. Aquí llegó la semana pasada, y ayer entró en coma pero... sí, sí, está llorando, ¡está llorando!
Efectivamente Manuel lloraba, su mente había sido generosa con él, propiciándole una antesala de su muerte mucho más placentera que la que le brindaba una fría habitación blanca en un gran hospital. Manuel acababa de morir, y lo había hecho de la forma más feliz que él mismo podía haber imaginado nunca, en compañía de su amigo El Chispa, y acariciando una gran orejuda, peinándola con sus manos como tantas otras veces.

Manuel dejó dicho que le incineraran y le tirasen a las aguas que ahora inundan su pueblo. Por fin podrá descansar junto a su mujer, que como tantas veces le dirá: “Manuel, no vayas hoy a cazar que hace muy mal día, que esta noche ha helado y cogerás frío”, y él, como tantas veces, le dirá: “mujer, te preocupas demasiado, anda, déjame ir, ¿no oyes al Chispa? Está nervioso, anda mujer, déjame”, y como tantas veces irá, y como tantas veces vendrá orgulloso con su liebre en el morral, o sin nada, pero contento, contento. Manuel ya no llora. Manuel ya no llorará nunca, Manuel descansa en paz.
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