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Desde mi postura

Última actualización 01/05/2004@00:00:00 GMT+1
Aunque no había leyes que obligaran a recoger las vainas, no quedaba una en el campo. Cuando ya no servían para que las cargara mi padre..., se las llevaban “Zambullo” o “Manolito”, dos traperos locales
En mi carrera de cazador doy cada vez más valor a las imágenes del pasado. Y, con el paso del tiempo, más alabo los hábitos de mi padre y sus métodos de caza. Ellos hicieron que me prendiera la afición. Recuerdo especialmente la carga manual de cartuchos, de la que me hago hoy eco en un ejercicio de pecaminosa nostalgia.

Desde niño veía a mi padre cargándose él mismo los cartuchos, y pronto pasé a ayudarle en su tarea. Me acuerdo bien de los útiles para la recarga. Se guardaban en un cajoncillo de madera, quizá de los turrones que él encargaba cada año por los Santos a una casa de Alicante para contados amigos y compañeros, casi los únicos que lo tomaban por Navidad en el pueblo, donde ni siquiera se vendía turrón durante la Pascua y sólo se comía el duro de cacahuete en la Feria y el día de la Virgen.

En esa caja de tablas había un clavo grande con que quitar el pistón usado. Se introducía en el cartucho vacío y se le daba un golpe de martillo con la punta puesta en el reverso del pistón, apoyando la vaina a “despistonar” sobre el agujero central de un tarugo horadado que por un extremo no dejaba pasar la pestaña del culote. El mismo tarugo donde luego se metían los cartuchos vacíos para recalibrarlos –reconstruir el diámetro de los dilatados por el último disparo–, introduciéndolos en el hueco del calibrador y golpeándolos por atrás con mazo de madera.

Una vez ajustado el cartucho se ponía un fulminante de los que se compraban a granel (“alemanes” si eran largos y dorados), aunque había quien los fabricaba caseros. La operación se ejecutaba con martillo muy plano, sin picos ni aristas, aunque poco peligro comportara la explosión del detonador desconectado de la pólvora. En ocasiones, y puesto que los cartuchos se recargaban tres o más veces, había holgura en el alojamiento del mixto y se le pegaba una pizquita de papel a modo de cuña. El cartucho “empistonado” salía al revés de cómo se metía, desde el otro lado, invirtiendo el palo atacador para introducir su parte fina en la vaina y presionar hacia fuera.

La siguiente fase era echar la pólvora –sólo blanca; yo no conocí la negra–, que comprábamos en latas amarillas de la UEE. Servía de medida un recorte de cartucho de los de metal alto. Por precaución –y economía–, después de enrasada se volcaba levemente para quitarle un poco. Se colocaba posteriormente un sencillo taco de fieltro o corcho, de invariable tono obscuro, empujándole con el atacador antes de darle un martillazo medido para apretarlo lo justo. A veces se sustituía por una bola de papel del “Ya” (el diario leído en mi casa con los dos días de retraso con que nos llegaba). Decía mi padre que para conejos nuevos de verano sobraba carga. Y que, sin destrozarlos, se aprovechaban mejor. Dos muestras más de la buena administración de su parco sueldo de maestro.

Con los plomos mi padre era igualmente tacaño. Estaban en un saquillo de tela renegrido. Los compraba al peso en la tienda de Florián (nuestro súper de entonces, con todo, desde telas a embutidos). Su medida, de similar factura a la de la pólvora y por similares razones, nunca la colmaba. Decía, por empirismo más que por experimentación, que a la hora de la verdad sólo valían los plomos que iban pegados al taco (‘guiados’). Vaya usted a saber lo que mi padre quería decir y lo que de ciencia balística tuviera.

Para cerrar los cartuchos era para lo único que mi padre usaba una maquinilla de rebordear. Prestada en los últimos años a quien no se la devolvió, tuvo que recurrir al plegado manual (una de las causas, además del progreso y la edad, que lo llevarían a tirar cartuchos de fábrica, entre los que recuerdo “Faisán” y “Celta”). Antes de doblarles la boca les ponía coronillas de molde. Cuando no traían impreso el número del perdigón se lo escribíamos a mano. En no pocas ocasiones la tapa era un papel sin referencia al número de la munición, tampoco muy considerado por el tirador sin especializar de aquel tiempo.

Las faenas de recarga las recuerdo particularmente en las tardes de los días próximos a cada época de caza. Solían ser en el patio y con luz natural. Debajo de la parra si era verano. Siempre lejos de focos de calor y fuego. El carbón, la leña y el picón eran los combustibles para cocinar y calentarse, por lo que se maniobraba en el exterior y a recaudo de hornillas, lumbres y braseros.

Fruto de cada sentada eran desiguales filas de cartuchos, de tan corto culatín que casi se les escapaba el cartón. Predominaban los marrones claros, desnudos de dibujos e inscripciones. Algunos salían más bajos que el resto, otros arrugados en la punta y muchos con hendiduras en los costados o marcas de quemadura, pues se reutilizaban al límite de su rendimiento aun sin estar inventada la palabra “reciclar”. Los vistosos (rojos, negros…) o de llamativo casquillo, nos los daban los secretarios y ojeadores de las cacerías de señoritos. Pero era raro, porque los rebuscaban para venderlos y nosotros nos las arreglábamos como podíamos para no comprar envases.

Aunque no había leyes que obligaran a recoger las vainas, no quedaba una en el campo. Cuando ya no servían ni para que las cargara mi padre –y previa comprobación con imán de su buen material–, se las llevaban “Zampullo” o “Manolito”, dos traperos locales que también buscaban las pellicas de conejo y liebre cambiándolas por trampas (‘ballestas’), bolas (‘canicas’), paloduz…, y lo que a cada cual mejor le viniese del lote de buhonerías y baratijas que amontonaban sus cestas de mimbre paseadas calle por calle entre voces incitadoras al cambalache. ¡Qué tiempos! Como para no echarlos de menos.
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