Última actualización 01/05/2004@00:00:00 GMT+1
Sintiéndose vencedores, recuperados del esfuerzo, terminaron de destripar el jabalí. Era un gran ejemplar, toda la tribu lo festejaría. Tenía una lanza diminuta en el corazón, una lanza extrañamente reducida
Sentados alrededor de la lumbre la tribu masticaba la carne sanguinolenta del jabalí, triturando huesos, desencajándose las quijadas. Habían nacido y muerto varios soles desde la última captura.
La luz del fuego se reflejaba sobre la piel tostada del joven cazador. Estiró los brazos con los puños cerrados, tensando los músculos del pecho y la espalda, eructó sonoramente y comenzó a relatar su aventura.
Ninguno de los miembros de la tribu dejó de masticar, pero todos le escuchaban con atención, incluido el más anciano del clan. De alguna forma, una jornada de caza no concluía hasta que sus protagonistas relataban lo acontecido en el monte.
Aquella mañana fueron tres los cazadores. Y tres las lanzas que empuñaban, con las mejores piedras encordadas al extremo de las tres varas. Por ser mucho el frío para la quietud de un aguardo, anduvieron pisteando un rebaño de rebecos de nevero en nevero. Inútilmente. Lamentando en cada paso tener dos patas menos que sus enemigos. Quedaba la esperanza de la fortuna, y la sorpresa de trasponer algún risco y tropezar con los rebecos sesteando al sol.
Pero no fueron rebecos lo que les aguardaba tras el acecho. Fue el cazador joven quien se arrastró hasta el vértice de la piedra, y al asomarse, descubrió a dos hombres destripando un jabalí donde terminaba la ladera. Eran hombres de otra tribu, vestían largas pieles de oso, habían bebido sangre de la bestia, y contemplados desde lo alto de la cuerda parecían más pequeños.
Nunca antes se habían topado con miembros de otras tribus en aquella zona. Sin duda, el hambre cruzaba sus caminos. No lo dudaron. Empujados por los tres estómagos vacíos se lanzaron ladera abajo dando alaridos, enarbolando las tres lanzas amenazadoramente. Como en los lances de caza, el feroz combate se libró entre resuellos y golpes y sangre sobre la piel. Uno de los dos hombres quedó en el suelo, sujetando con sus propias manos la lanza que lo atravesaba. El otro huyó malherido.
Sabiéndose vencedores, recuperados del esfuerzo, terminaron de destripar el jabalí. Era un gran ejemplar, toda la tribu lo festejaría. Tenía una lanza diminuta clavada en el corazón, una lanza extrañamente reducida, y al tirar de ella para extraerla el palo se partió por la mitad. Los tres cazadores examinaron absortos los pequeños trozos de aquel arma desconocida, pero familiar, que misteriosamente había segado la vida del animal. Prepararon la carne para transportarla, destazándola con una piedra recién afilada. Recuperaron la lanza que permanecía ensartada en el vientre del hombre de la otra tribu y recogieron los utensilios que éste portaba.
El joven cazador mostró a la luz de las llamas el extraño instrumento hallado junto al cadáver del hombre: una vara no más larga que dos brazos, delgada, flexible, curvada, unida por los extremos con una cuerda fabricada con crines de caballo salvaje untadas de sebo.
Ofreció la incomprensible herramienta al corro de los ancianos. Los ancianos la observaron, la olieron, dando vueltas al palo en sus manos, alrededor de sus ojos, y todos se rieron cuando uno de ellos tensó la cuerda y la soltó, produciendo un sonido peculiar, el mismo que hacen las costillas secas de un ciervo cuando se las hace vibrar con los dedos.
Por fin, el palo y la cuerda llegaron a las manos más viejas. El anciano los analizó con detenimiento. En silencio. Luego empuñó en la otra mano una de las lanzas que había en el suelo, que tenía la madera oscurecida con restos de sangre reseca. Sostuvo las dos herramientas frente a sí. Sopesó y comparó su tamaño, el peso y la consistencia. Hasta que arrojó al fuego aquel palo delgado y flexible atado con una cuerda, aquel artefacto que sus ojos decidieron inútil, lo que fue celebrado por toda la tribu con gritos y risas de satisfacción.
Acallados los murmullos de la tribu, el anciano tendió la lanza al joven cazador con un gesto de aprobación, cerrando los ojos e inclinando ligeramente la cabeza. El joven cazador aceptó orgulloso el arma y con un aullido que resonó en la bóveda de la noche, la tribu comenzó a danzar alrededor del fuego celebrando el éxito de la cacería.
Era de noche cuando llegó el cazador. No se le borraba la sonrisa del rostro. Arrojó los trastos junto a la puerta: el rifle, un macuto de neopreno, una maleta rígida de aluminio, una bolsa de plástico blanco, y rápidamente se sentó en el sofá, junto al abuelo.
No se podía estar quieto. El abuelo le observaba en silencio, rehundido en el sillón, con las manos entrelazadas sobre el pecho, moviendo la mandíbula inferior como si estuviese masticando un pedazo de reseco escepticismo. El cazador se arrellanó en el sofá y comenzó a relatar su aventura.
El trámite había sido sencillo. Cuando entró en la web de la consejería aún quedaban dos permisos. El precio era alto: doscientos euros por punto. Pero cuando cliqueó en el archivo con las fotos del trofeo que adornaría las paredes de su salón, decidió que el esfuerzo merecía la pena. ¡Menudo ejemplar!, un rebeco de ciento treinta puntos con sólo siete años. En una de las fotos el rebeco aparecía en lo alto de un risco, majestuoso, recortada su silueta contra un cielo limpio y azul. El número de la VISA fue suficiente. En unos días recibió un e-mail del guarda concertando la fecha, el lugar y la hora de la cacería.
La mañana amaneció preciosa, llena de luz, y no hacía mucho frío para estar en octubre. Un día perfecto para cazar. A las doce sonó el despertador y a la una ya se había duchado, vestido y terminaba de desayunar un bol de cereales energéticos.
Por no incrementar los costes de la cacería decidió no utilizar el helicóptero para subir a la sierra. Así pues, tras comprobar que llevaban todo lo necesario y configurar el ordenador del vehículo en modo 4X4, emprendieron la marcha.
Por el camino, el guarda conectó el localizador. Introdujo la clave del rebeco que iban a cazar: x-p-330-33, y apareció en la pantalla el puntito verde que indicaba su exacta ubicación. El cazador contempló la lucecita con alegría, estaba allí, parpadeando: su rebeco. Definitivamente, aquella mañana no se apeaba de su sonrisa.
Siguiendo las indicaciones del GPS, en menos de treinta minutos llegaron al collado del Trebolillo, allí les esperaba el técnico veterinario de la reserva. El veterinario les confirmó lo que el localizador ya había dictaminado: el rebeco estaba en el valle del sílex, acostado junto a otro macho donde terminaba la ladera de la cara sur. Los dos ejemplares dormitaban plácidamente disfrutando del sol del mediodía. Y no había excursionistas por la zona que pudieran arruinar el rececho.
Lentamente, los tres hombres se arrastraron ocultándose tras una enorme piedra milenaria que había en la cuerda hasta asomarse al valle.
Como el cazador no lograba localizar a los rebecos, el veterinario le dejó sus prismáticos equipados con sensor térmico. Los prismáticos emitieron un leve y agudo pitido: piiiii... ¡allí estaba!, ¡su rebeco!, era mucho más bonito que en las fotos.
El guarda sacó el rifle de la funda, colocó el trípode, acopló el arma y avisó al cazador. Todo estaba preparado. “Si va a tirar usted, esperamos a que se levante”, dijo el guarda. Por primera vez el cazador torció el gesto. ¿Qué hacer? Extendió una manta, se tumbó sobre ella, conectó el rifle y encendió el visor electrónico. Trescientos treinta metros no eran muchos, pero, ¿y si fallaba? No lo dudó más. Desplegó la pequeña pantalla táctil del rifle y lo programó para el disparo automático. Pulsó el gatillo. Avisó al guarda: “va a disparar”, y comenzó la cuenta atrás.
Una especie de soplido rasgó la quietud del ambiente, algo parecido al ruido que produce una cuerda si se sacude con fuerza en el aire. El sistema antirretroceso del rifle se activó sin problemas. La cabeza del rebeco se desplomó, silenciosamente, fulminado. Los tres hombres se estrecharon las manos. El cazador no dejaba de enseñar sus dientes blancos.
“¿Fotos?”, preguntó el guarda. El cazador consultó su reloj. “No, luego en el pueblo, que si salgo en una hora llego a Madrid esta noche”. El guarda pulsó el botón verde del telemando y en unos minutos el zumbido del helicóptero acudía para cobrar el rebeco.
Después de las mediciones de rigor, la toma de muestras, tras extirpar el microchip identificador, celebraron el éxito de la cacería con una copa de cava. En efecto: ciento treinta puntos con treinta décimas, medalla de oro. El guarda entregó el diploma al orgulloso cazador, que no cesó de sonreír como si tuviese la boca llena de burbujas de cava. El cazador sacó el diploma y el cráneo del rebeco de la bolsa de plástico blanco. Se acercó a la pared y los colocó junto al corzo medalla de oro que mató el año pasado en Almería. “¿Qué tal quedan aquí, abuelo?”, preguntó sin girarse, mirando la pared. El abuelo no le contestó. Se había quedado dormido. Tenía la boca entreabierta, como una pequeña gruta, y roncaba ligeramente con una sonrisa de satisfacción.