La regulación de la caza del corzo en las distintas autonomías
Última actualización 01/05/2004@00:00:00 GMT+1
Aunque en casi todas las autonomías se caza el corzo, la normativa que regula su aprovechamiento es muy distinta en cada una de ellas, tanto en lo que concierne a fechas de caza como a modalidades y permisos para hembras. Estas diferencias, que encima no se justifican por razones de latitud o biológicas, desconciertan a los aficionados, por lo que sería muy conveniente ajustarlas a la realidad de la especie y, en cierto modo, consensuarlas.
Vaya por delante que no tengo nada que objetar a que la gestión y administración de la vida silvestre, y entre ellas la caza, dependa de las respectivas comunidades autónomas. Es de cajón que la proximidad a la realidad de cada región, provincia o comarca, debe permitir que las medidas adoptadas sean mejores y más acertadas. Sin embargo, de la observación de las distintas situaciones regionales, en referencia a la caza del corzo en particular, y en aspectos tales como fechas de apertura y cierre, modalidades, distribución de permisos por sexos y edades, guiado e identificación de piezas cazadas, uno tiene la sensación de un intenso mareo, ocasionado por la total ausencia de armonía.
La cosa no tendría mayor importancia si la justificación fuera la existencia de algún gradiente latitudinal en el comportamiento y biología de la especie –que por cierto sí lo hay– que justificase las variaciones regionales que se están produciendo. Pero la realidad no es así.
¿A qué me refiero con esta reflexión? Pues si echamos una ojeada a las distintas normativas que regulan la caza y conservación del corzo podemos observar las situaciones más variopintas entre CC. AA. inmediatas, y similitudes entre algunas remotas, lo que no deja de asombrarnos.
De esta manera, de un lado existen normas que permiten el inicio de la caza tan temprano como en el mes de marzo –caso de Andalucía–, otras a inicios de abril –Extremadura– la mayoría a mediados de ese mes –Castilla y León, Asturias, Álava, Vizcaya, Cataluña y Aragón– y otras en mayo –Cantabria, Galicia, La Rioja, Navarra, Madrid y Castilla-La Mancha–. Como vemos una diferencia de dos meses entre en sur y el norte, si bien no se aprecia ningún gradiente, saltando de comunidad en comunidad sin lógica aparente.
Una torre de Babel
Hay que destacar que si este análisis lo hacemos con una perspectiva de la historia más reciente hemos de reconocer que ha habido un desplazamiento casi general del desvede hacia épocas más tempranas, ya que como en el caso de Galicia, hasta hace realmente poco la temporada no se iniciaba hasta el mes de junio. En casi todos los casos la modalidad autorizada al inicio de la temporada es el rececho, aunque en algún caso distinguen –como en Cataluña– el aguardo. La particularidad en este caso es la andaluza, que mantiene la tradicional batida de corzos en primavera.
También llama la atención el cómo en algunas CC. AA. la caza se suspende durante el verano, protegiendo la especie durante el celo, en tanto que en otras la caza se extiende totalmente –como Aragón– o parcialmente –Castilla y León– durante la época canicular. Más adelante daré mi punto de vista particular sobre el interés y situaciones, que a mi juicio, podrían permitir cazar durante el celo sin problemas.
El otoño, que también es época de caza de corzos, se autoriza en distintas CC. AA. –a decir verdad en la mayoría– en tanto que en otras –Andalucía, Extremadura, País Vasco, Madrid– se proscribe.
Con relación a las modalidades, en la práctica totalidad la santificada es el rececho, si bien las batidas forman parte de las tradiciones de la caza en Galicia, Asturias, Cantabria, Navarra, Aragón, La Rioja, Andalucía y más recientemente en Cataluña. En el resto, aunque antes estuvieran autorizadas –caso de Castilla y León y Madrid–, hoy no se permiten.
Igualmente existen CC. AA. que autorizan, y aún exigen, la caza de las corzas, en tanto que en otras no está permitida –Andalucía, Castilla-La Mancha, Cataluña, Extremadura, Cantabria, Rioja–. En algunas es obligatorio que su caza se desarrolle a rececho –Asturias, Álava, Castilla y León– y otras permiten su caza en batidas –Galicia–. En tan sólo tres casos existe un periodo especial para la caza de hembras, pero ni en esto se coincide plenamente. En Asturias es al final del otoño e inicios del invierno, como en Álava, mientras que en Aragón es a inicios del otoño. Otras, como Galicia y Castilla y León, permiten su caza durante toda la temporada hábil de la caza de machos, pero no en otoño e invierno.
Sobre armas y calibres también hay particularidades. Hay administraciones que permiten todos los calibres y armas, con tal de disparar balas, en tanto que otras –Asturias– prohíbe los calibres .22 que incluye a .222, 22-250, 5,6x50 entre los más comunes.
La sensación que le da a uno después de leerse las distintas normas de caza, es que el corzo es el hermano pequeño de la caza mayor, y que la Administración, o mejor dicho, las administraciones españolas no le destinan mucho tiempo. Quizá sea debido a la tradición de que es una especie que interesa a una minoría de selectos cazadores, más preocupados por la consecución de nuevos récords y de bellos trofeos que por su correcta gestión y conservación. De ahí, quizá, y esto es sólo un opinar, que en cada CC. AA. la regulación haya venido dependiendo de las opiniones de los guardas de las reservas de caza, y de los conocimientos que de su caza y cazadores tenían sus responsables, como forma de ser capaces de extraer algunos corzos señeros a partir, desde luego, de las habilidades y conocimientos que la guardería tradicional tenía de esta especie. Esto lo he vivido en mis carnes durante bastante tiempo en Asturias, Galicia y Castilla y León, con lo que asumo que no será muy diferente en otras zonas peninsulares.
Pero el corzo ha ido ocupando paulatinamente nuevos espacios, surgiendo como una especie de caza con potencial, que privilegia con su nueva presencia a cotos y predios cuyos titulares tienen unas preocupaciones bien distintas, originándose situaciones novedosas y emergentes, como es el caso de los atropellos, el pago de primas de seguro, o los daños al patrimonio forestal y a los cultivos.
La administración de pequeños, comparativamente, reductos exclusivos, de titularidad pública, con cupos exiguos o discretos, no es una cuestión difícil, al menos en teoría, y no exige otra cosa sino satisfacer a una clientela selecta, disponiendo de fechas, cupos y lugares que garanticen el éxito. Cosa bien diferente es cuando intentamos abordar el asunto desde la perspectiva de racionalizar unos costes –guardería, daños, seguro– de una forma seria y con una óptica moderna que encaje en el espíritu de las sostenibilidad del recurso.
Las jornadas de Luarca
Hace ya dos años la Asociación del Corzo Español –ACE– se planteó el reto de reunir a las administraciones públicas con competencia en materia de caza, en unas jornadas que se desarrollaron finalmente en Luarca, Asturias.
Se pretendía con ello facilitar el intercambio de información, la creación de un estado de opinión favorable a la realización de ciertos cambios normativos, y llegar a una situación de trabajo en común para la racionalización de la caza del corzo, sobre la base de que había poca experiencia y que era necesario ir encajando nuevos procedimientos y metodologías que permitiesen una caza correcta que garantizase la conservación, el interés de los titulares de cotos de caza y el de los no cazadores.
No voy a abundar en ello, toda vez que la prensa se hizo eco de aquel acto, y porque la ACE dispone de una extensa publicación disponible. Sin embargo, el impacto no ha resultado tan amplio como hubiéramos deseado. Tan sólo Aragón, Asturias, Álava, Vizcaya y en menor medida La Rioja, se han ajustado de una forma más aproximada a las propuestas que surgieron de Luarca, aunque sería injusto no reconocer que otras CC. AA. han impulsado notables mejoras, como Cataluña, Aragón y Galicia.
Sin embargo, las distintas normativas que regulan la caza del corzo siguen dando la nota por su bisoñez. Así, en algunas se recoge que el corzo debe tener al menos tres años de edad para poder ser cazado –en el caso de los machos en Galicia– como si del desarrollo de la cuerna fuese posible determinar la edad del bicho. En otro caso se exige, para el caso de las corzas, que deben tener un mínimo de dos años, y no ir acompañadas de ninguna cría. Olvida el legislador que no hay forma humana de distinguir un animal desde los 14 meses en adelante, que la variabilidad en pesos y tamaños para una misma edad puede llegar a ser de más del 20 por ciento, con lo que en la práctica no existe ningún criterio objetivo para determinar la edad de un animal en las condiciones de campo. El asunto de tener o no la cría se resuelve autorizando la caza cuando las crías son ya autónomas y no cuando están o no presentes, ya que en muchos casos podrá estar tumbada o apartada algunos metros de su madre, confundiendo al cazador celoso y cumplidor.
Otro caso que ilustra lo dicho es que ninguna norma contemple la caza de juveniles, y en la mayoría se indica con claridad su expresa prohibición. Es claro que en las circunstancias en las que es perentoria la conservación y promoción del corzo, situación que por ejemplo se da claramente en Andalucía, y podría darse en algún lugar de Castilla y León –el caso de la Reserva de la Demanda en Burgos–, no es razonable ni aconsejable esto; ahora bien, en los casos en los que los accidentes o los daños son un problema, debería ser considerado.
Curiosamente hay casos como el de Castilla y León, en el que se duplican de forma automática el número de permisos, pero sólo para los adultos –machos y hembras–. Sin embargo, se da la circunstancia de que la mayor parte de una población en crecimiento se integra por jóvenes, que además por tener una movilidad mayor –bien por las expulsiones o por su propia inquietud– son más frecuentemente atropellados.
En términos generales la tasa de mortalidad mayor sucede en los primeros meses de vida, muertes que en muchos casos no tienen rentabilidad para el ecosistema ni para el titular de los derechos de caza. Si estos ejemplares, después de un buen plan técnico de caza, por supuesto, pudieran ser cazados legalmente, no sólo no producirían ninguna erosión en la población, sino que incrementaría la renta venatoria de muchos cotos de caza. Una vez más en Alemania, Austria y Francia, países con una mayor tradición corcera que la nuestra, estos ejemplares jóvenes constituyen el grueso de las piezas de caza.
Anticipar la apertura de la caza
La anticipación de la fecha de apertura tiene efectos favorables para el corzo que han sido sobradamente destacados en distintos trabajos y publicaciones –baste recordar la propuesta de Mateos Quesada hace un año en estas mismas páginas–, ya que permite extraer a los individuos adultos antes del desarrollo pleno del comportamiento territorial. Si los corzos son cazados en época temprana se regula la dispersión de juveniles, que es en definitiva la manera de administrar la renta que producimos cada año, pero además da lugar a actuar de una forma más selectiva toda vez que la detectabilidad del corzo en esta época es mucho mejor que más tarde.
Tiene además otros beneficios para el cazador-gestor, como es la de limitar, con su presencia cazando, la actuación de furtivos y amigos de lo ajeno, cosa nada sencilla si además no disponemos de guardería, pero eso es otro asunto.
Ciertamente, algunos aducen que en esta época temprana los corzos son más fáciles de cazar, que la cuerna es menos densa y pesada, que tiene un color más claro y puede tener restos aún de correal, etcétera. Todo esto puede ser cierto, pero a mi juicio es lo de menos, ya que es el momento menos malo para la propia especie, y eso debe ser lo que hoy nos pese a la hora de tomar las decisiones, si, claro está, de lo que hablamos es de gestión. No obstante, siempre es posible –si lo es– que los amigos de la dificultad te reserven algún precinto o permiso para el otoño, época que reúne también condiciones idóneas para la caza de machos de trofeo sin ocasionar mayores problemas. Más adelante daremos detalles de las ventajas e inconvenientes de la caza otoñal.
Caza en celo
Sin ánimo de generar polémicas estériles, dado que contamos con una especie que no es necesario cazar durante le celo, o más propiamente dicho durante el cortejo, creo que no es necesario crear situaciones de enfrentamiento por esto.
Después de ver lo dilatado de casi todos los calendarios de caza del corzo, y de saber lo exiguo de los cupos regionales, no creo que nadie pueda justificar el tener que cazar en la época de celo para así lograr el cumplimiento del plan de caza previsto.
Reconozco la emoción del celo, la belleza del lance con reclamo, y lo dulce que es amanecer con la fresca en julio y agosto para dar caza a los mejores ejemplares. Tampoco soy un sensiblero que lloriquea por la muerte de un galán a manos de un desalmado que se aprovecha del instinto reproductor. Existen elementos de juicio en la biología del corzo que indican lo inadecuado en la mayoría de nuestras circunstancias. Me explico.
Si existe una particularidad en la vida del corzo es la necesidad atávica de ser el dueño de un espacio: el territorio. Es el territorio y el hábitat boscoso los que han modelado al corzo como es. Hay diversos trabajos que han encontrado que la justificación de esta actividad territorial es de carácter sexual. No es el alimento, no es la cobertura, no es la defensa de los predadores, lo que han convertido al macho de corzo en un celoso defensor de sus reales, sino la escasa duración del celo de la corza. La distribución espacial de los machos, casi a modo de celdillas, permite a la corza ubicarlos a su alcance en un plazo breve y suficiente para garantizar que quedará preñada. La corza es caprichosa y tiende a ser escogida en cuanto al padre de sus hijos se refiere, pudiendo hacer importantes desplazamientos si así lo estima oportuno en el intento de lograr el mejor progenitor.
Si durante este breve espacio de tiempo, o inmediatamente antes, eliminásemos a uno o a varios machos territoriales, originaríamos un disturbio que daría lugar a que ésa y quizás otras hembras no queden preñadas. Añadamos a ello el efecto de sustraer a los mejores machos, los que han conseguido mantener el mejor territorio. La cuerna es una herramienta de selección sexual y obviamente los mejores machos exhiben la cuerna más desarrollada como expresión de esa superioridad tanto genética como adaptativa que es deseada por las hembras para su descendencia. Si escogemos cazar en esta época y nos centramos en los mejores machos puede que estemos causando un daño importante al patrimonio corcero de nuestro coto.
Desde luego el escenario es completamente distinto si nuestro objetivo es una regulación poblacional. A menudo se argumenta que en otras zonas de Europa se caza durante el celo y no sucede nada, sin embrago su situación es por lo general de un claro desfase demográfico, elevados daños y una casuística creciente de daños en el medio periurbano, en el que tanto esta modalidad, la caza de juveniles y la caza de corzas está indicados.
Caza en otoño
Ésta ha sido una caza bastante tradicional en las zonas de mayor tradición corcera. Era el momento de cazar en batidas una vez finalizado el celo y previamente al desmogue o caída de la cuerna. En varias CC. AA. se conserva esta tradición –Galicia, Asturias, Cantabria, Aragón, La Rioja, Cataluña– de la caza en batida durante el otoño, en tanto que en otras ha desaparecido –Castilla y León– aunque mantienen la posibilidad de practicar el rececho. En general todas la CC.AA. que cazan en otoño lo permiten también en las modalidades de rececho o aguardo.
Esta caza de final de temporada es muy interesante ya que permite completar el cupo, y además incide en un momento posterior a las cópulas con lo que aunque extraigamos a algún buen corzo su importancia en será menor ya que de otra manera tampoco había garantías a que sobreviviese al invierno. Alguno encontrará además la ventaja añadida de que la cuerna puede ser más densa y otorgar un mejor trofeo, aunque yo personalmente mantengo mis reservas sobre este particular.
Igualmente, a partir de octubre mejora de forma sensible la detectabilidad o facilidad para que los corzos se dejen ver. Como inconvenientes citar el sensible acortamiento de los días, las interferencias ocasionadas por otros usuarios del monte, en especial los seteros, y el inicio de las monterías y ganchos a jabalíes y venados. De todos modos es una época muy conveniente, que sirve para hacer de escoba y lograr enmendar los yerros primaverales.
La caza de hembras
Si bien parece que las distintas CC. AA. han ido incorporando a sus normas reguladoras del ejercicio venatorio, la posibilidad de contemplar a las corzas como ejemplares cazables, perduran aún algunas en las que esto no es así sin que exista una justificación que lo avale. La situación peculiar de los corzos de Cádiz y Málaga sería quizás la única excepción que con carácter general se podrían establecer, y eso en aras de garantizar el mantenimiento de esos tipos de corzos tan particulares e insustituibles.
¿Por qué a mi juicio deben ser cazadas las corzas? En primer lugar, porque conforman la parte más importante en número de cualquier población, su longevidad es superior a la de los machos, y lo que es más importante, los excedentes de hembras jóvenes tienden a emigrar a más distancia que los machos adolescentes.
La decisión de este alejamiento parece ser voluntaria y no mediada por fenómenos de agresión, como en el caso de los machos. Existen además motivos de gestión, tanto de la propia población como de regulación de daños y atropellos que indican esta conveniencia, que han sido destacados por Centenera en el pasado 2002 en las páginas de esta misma revista. De ellas destacaría que si son cazadas en al época conveniente son los únicos ejemplares que reportan información válida para la toma de decisiones, información que se basa en aspectos como la fertilidad y fecundidad, que orientarán los sucesivos planes de aprovechamiento.
Claro está que para realizar un correcto aprovechamiento de las corzas éstas deben ser cazadas en la época idónea, y es aquí donde encontramos las mayores ausencias en la convergencia normativa. El óptimo para realizar su caza es a finales del otoño e inicios del invierno, y ello por tres razones: se distinguen de los machos por la forma del parche o mancha caudal, las crías son independientes, y las hembras están o pueden estar gestantes. Este último aspecto es por lo general considerado por algunos cazadores y legisladores como desfavorable, si bien cabe recordar que las corzas pasan 10 meses gestantes cada año, y en los otros dos tienen a las crías muy pequeñas y dependientes –la época de partos es de finales de abril a inicios de junio–. Se da además el caso de que en este momento –desde mediados de diciembre a finales de febrero– es fácil reconocer incluso el sexo de los fetos que portaba la corza, apreciar los cuerpos lúteos –glándulas de secreción interna que se forma en el ovario, en el lugar de donde procedían los óvulos a fecundar–, de forma que contándolos tendremos una idea aproximada del potencial de crecimiento de nuestra población de corzos.
Claro está que todo esto lleva aparejada la necesidad de tomar nota de estas cosas y que alguien las procese y obtenga sus consecuencias.
Conclusiones y deseos
Como hemos podido ir viendo, las CC. AA. en las que se caza el corzo –que son la mayoría a excepción de Murcia y las Islas– mantienen una diversidad de fechas en la apertura y cierre, también en las modalidades y en los permisos para la caza de corzas, que no se justifican por razones de latitud, de la biología del corzo o en la abundancia de sus efectivos. Es justo reconocer que buena parte de ellas han realizado un importante esfuerzo por ir acomodando las normas a unas condiciones más razonables en base a un mayor conocimiento del corzo. Aún con todo ello sería preciso que los distintos organismos responsables fueran capaces de ir armonizándose, en especial en la apertura y cierre, de forma que Castilla-La Mancha –al menos Ciudad Real– se aproximen a las fechas de Extremadura y en Guadalajara, Cuenca y Toledo a Castilla León.
En el norte sería adecuado que Galicia y Cantabria acompasasen sus temporadas adelantando el desvede, ya que por ejemplo Lugo cuenta con una abundante población corcera en zonas bajas como la comarca de A. Mariña, cuya caza se ve perjudicada por este retraso. Otro tanto sucede con Cantabria.
Confiemos que en los años sucesivos se continúen corrigiendo otros aspectos como el cálculo de cupos, la caza de juveniles, los sistemas de identificación de las piezas cazadas, número de permisos por día y algún otro asunto pendiente. Por último sugerir que es necesario poner en valor dos cosas: el plan técnico de caza y la guardería, como herramientas indispensables para la consecución de los mejores resultados para todos, corzos, cazadores, ciudadanía y medio natural.