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Última actualización 01/06/2004@00:00:00 GMT+1
– Padre nuestro que estás en los cielos. Ha parío la Tula
– Santificado sea tu nombre. ¿Cuántos?
– Venga a nosotros tu reino. Cuatro

– Hágase tu voluntad. ¿Blanco y negro?
– Así en la tierra como en el Cielo. Uno
– El pan nuestro de cada día. Ese pa mí

– Dánosle hoy. Lo quiere un amigo de mi padre
– Y perdona nuestras deudas. A mediodía voy
– Así como nosotros. Si llegas a tiempo...


En la clase se hizo el silencio y antes de que pudiera reaccionar noté el estampido de la mano de don Luis contra mi cara. Estaba en el suelo sentado de culo junto a mí compañero que ya había roto a llorar sujetándose la mandíbula con su mano derecha, como si quisiera evitar que se le escapara. Esa mirada de don Luis cargada de fiereza y hasta creo que de odio, sólo me la ha recordado al cabo de los años la de algún jabalí mortalmente herido.

La cara me hervía y el lado derecho me pitaba como el silbato de la fábrica de La Constancia, se me caían las lágrimas mientras me ponía de pie oyendo a aquel energúmeno gritar: “¿Hablando durante el rezo?, ¡Fuera de clase y de rodillas al pasillo!”
Mientras cruzábamos la clase para dirigirnos al lugar indicado para cumplir condena, recibimos otra media docena de pescozones de primera, al mismo tiempo que el condenado calvo vociferaba como si estuviera poseído: “¡Hablando durante el rezo!, ¡ateos!, apóstatas!, ya se enterarán vuestros padres.

Si mi padre se hubiera enterado del trato que nos daba aquel animal a niños de apenas nueve años, probablemente se lo hubiera hecho pasar mal , pero yo no me atrevía a decir nada por miedo a represalias futuras.

Una vez en el pasillo, mi interés por el parto de la Tula resurgió como Ave Fénix.
– Pepe, el blanco y negro es macho o hembra?
El pobre Pepe no estaba para interrogatorios. Con un hipo que apenas le dejaba hablar, sólo acertaba a decir:
– Calla, que va a venir otra vez.

La puerta del aula, abierta, permita que D. Luis nos vigilara mientras impartía la clase. Yo lo miraba fíjamente mientras mentalmente le dirigía los improperios más duros que mi corta edad era capaz de concebir. Pensaba en la remota posibilidad de una muerte súbita y me lo imaginaba a las puertas del Cielo –poniendo la misma cara de bueno que ponía cuando hablaba con mi padre– consiguiendo engatusar al mismísimo San Pedro, pero entonces aparecía en escena San Huberto con su arco y sus flechas, y le señalaba el abismo mientras le decía:
–Tú eres el que pegaba a los niños cazadores... ¡Fuera del Cielo! Y lo expulsaba del Paraíso como él a nosotros de la clase. Eso sí, sin pegarle, que San Huberto era justo pero buena gente.

Desarrollando esta idea, se me iba dibujando una sonrisilla que mi amigo Pepe borró de un plumazo:
– ¿De qué te ríes, gili?, a que no te doy el perro...

La oreja me picaba más –si cabe– que la cara, y me notaba zumbar la sangre a su paso por el cuello. ¡Señor qué pescozones! Pero daba igual, mi perro blanco y negro sólo esperaba junto a su madre mi llegada. Mi padre haba sido claro al respecto: si entraba un perro en la casa tenía que ser un pachón blanco y negro. La Tula era una pachona preciosa y un vástago suyo no podía ser de otra manera.

Mi penitencia no estaba resultando muy dura, después de tres horas de rodillas imaginándome a don Luis expulsado del Paraíso, cosa segura por otra parte fuera San Huberto fiscal del caso o no. Sin haber salido al recreo ni comer el bocadillo y tener los meniscos hechos polvo, yo me imaginaba a mi perro mostrando las perdices mientras mi padre tardaba en ordenarle entrar para disfrutar de un trago de la cantimplora “a perro puesto”, y a continuación, a la orden de ¡entra!, ver cómo mi perro empujaba el culo de la perdiz con su hocico en una acción perfectamente coordinada con el encare de la escopeta y al ruido seco del disparo, el perro –visto y no visto– con la perdiz en la boca a nuestro encuentro... Qué bonito!
Y otra vez Pepe:
– ¡Gilipollas no te rías que viene!
Esta vez me dio en la cabeza con las llaves del armario, ¡qué dolor! Pepe se escapó, aunque por si acaso ya gritaba a la vez que se protegía la cabeza con los brazos:
– ¡Yo no me he reído don Luis!
Mientras tanto yo pensaba: “Ahora sí que la has cagado, si alguna esperanza tenías de que San Huberto no hubiera visto lo de antes...”
¡La campana! Antes de que don Luis pudiera hacer nada por evitarlo, recogimos lo justo y a correr.

No podía creerlo, allí estaba mi perro enganchado a la teta de la Tula que nos miraba desconfiada echada sobre unos sacos rotos.
– Yo le pongo la comida fuera y, cuando esté comiendo, metes al perro en la cartera y corre, que como te pille la perra...
– Vale.

Posiblemente la perra ni se molestó en mirarme, pero yo ya sentía sus colmillos desgarrándome las piernas, de manera que con mi perro en la cartera volé hacia mi casa. Subí las escaleras casi sin pisarlas y aporreé la puerta como si estuvieran ardiendo todas las casas del Paseo de Linarejos. Mi madre abrió sobresaltada.
– ¿Carlitos, qué pasa?
Apenas la puerta concedió espacio para mi cuerpo, me colé en casa y cerré de golpe. Mi madre me miraba entre asustada, curiosa y muerta de ganas de echarse a reír.
– Pero chiquillo, ¿qué te pasa?
– La Tula.

– ¿Qué Tula?
– ¡La perra!
– Pero, ¿qué perra?

– La madre del perro.
– ¿Qué perro?
– Éste.


El miedo real y la carga dramática que le puse a la situación distrajeron la que yo ya prevea como tormenta de las Azores. Abrí la cartera y dejé caer el recién nacido en manos de mi madre.
– Pero Carlitos este pobre bicho se va a morir.
– No se va a morir y no es un pobre bicho, es mi perro.

– En cuanto venga tu padre...
– El me dijo un día que quería un pachón...

Se oyó la llave en la puerta y la enorme y elegante figura de mi padre se adueñó de la escena.

Un beso a mi madre, otro a mí y una mirada inexpresiva y fría como sus ojos grises, a mi perro que gemía en el regazo de mi madre.
– ¿Y esto qué es?
– Un bichico medio muerto de frío y de hambre –dijo mi madre.
– Un pachón y además hijo de la Tula y además blanco y negro –me apresuré a defender.

Mi padre seguía mirándolo con esa frialdad que a mi me impresionaba como una tormenta seca. Yo le admiraba y le quería por igual, entonces y ahora siempre fue mi ídolo. Por eso su opinión no sólo era importante porque era “el que mandaba”, sino porque cualquier actuación de mi padre a mí me marcaba. Aún hoy treinta y seis años después y casi doce desde que se me fuera, sigo marcándome como objetivo parecerme a él.
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