cabecera
Hemeroteca :: Edición del 01/06/2004 | Salir de la hemeroteca
15/23

Varios cazadores reflexionan sobre su afición y la de sus hijos

Última actualización 01/06/2004@00:00:00 GMT+1
¿La caza es instinto, aprendizaje o ambas cosas a la vez? Hay casos en los en que la caza prende de un modo espontáneo y con una fuerza inusitada, pero lo normal es que instinto y aprendizaje vayan de la mano, y en esto los padres tienen mucho que decir.

En este reportaje varios cazadores, algunos muy conocidos, reflexionan sobre su afición, sus inicios cinegéticos y cómo afrontan –o afrontaron– la educación de sus hijos para que sigan sus pasos. Hay ejemplos para todos los gustos, y también excepciones: un joven cazador cuenta sus cinegéticos juegos de infancia y otro cazor, ya veterano, narra con emoción ese instante en que el hijo abate su primera pieza.

Sirva este reportaje para el deleite y la reflexión, pero también para todo padre cazador que desea que sus hijos se aficionen pero no sabe muy bien cómo lograrlo en una sociedad cada vez más urbana y con más opciones de ocio.
Todos los padres cazadores sentimos las mismas inquietudes: ¿cómo mostrar a los hijos lo que es y significa cazar?, ¿cómo explicarles nuestro papel predador y a la vez conservacionista?, ¿cómo hacer nacer en ellos la pasión por la caza?, ¿cómo evitar que asocien simplemente cazar con matar? Que sepan que ese conejito muerto que hemos traído no estaba hace un rato de animada cháchara con Bambi, ni se llama Tambor; si es mejor o no llevarlos de caza cuanto antes y cuanto antes disfrazarlos de cazadores en miniatura para sentirnos orgullosos de que sigan nuestros pasos, etcétera.

No son buenos tiempos para que un niño se acabe aficionando a la caza o la pesca. La sociedad moderna, la escuela, el entorno inmediato, la cultura mediática, etcétera, mete con frecuencia a la caza dentro del mismo saco en el que se encuentra la contaminación, la deforestación, la extinción de especies y la degradación de los entornos naturales. Pero tampoco son del todo malos. Ahí estamos nosotros, padres que aún no hemos renunciado a nuestro oficio de padres para enseñar y educar, en el sentido de mostrar –ir delante–, no de amaestrar –adoctrinar– a nuestros hijos que la caza es otra cosa, que nosotros la metemos en otro “saco” bien distinto: el saco del conocimiento de la naturaleza, el disfrute de lo salvaje, el deporte al aire libre, el conservacionismo, la gastronomía, la cultura…
En mi caso, mi afición por la caza y por la pesca las siento casi una misma cosa; cambian los artilugios, las estrategias o las piezas, pero la pasión nace de la misma fuente misteriosa. Esta pasión aflora en mis lecturas, en un paseo por el bosque o una conversación con los amigos, y mis hijos comienzan a entender que cazar es algo más que “pegar un tiro a un bicho”. Tengo además una forma de entender la caza y la pesca un tanto “romántica”, como la define un amigo. He pensado sobre esa definición, esa palabra y al final me parece que acierta, entendiendo la acepción por “antiguo, sentimental, generoso, soñador”.

Cazadores urbanícolas
Mi caso es el de muchos cazadores y pescadores “urbanícolas”: de niño y adolescente viví en un pueblo, tuve abuelo y tíos cazadores/pescadores y además, para salir a pescar y a cazar sólo tenía que dar un paseo de doscientos metros fuera de casa. Ahora vivimos en una gran ciudad, tengo dos hijos pequeños de 7 y 4 años –Iker y Guille, en la foto–, un trabajo sedentario y poco tiempo de ocio. Es decir, mis niños no lo van a tener tan fácil como yo, pero tampoco todos mis amigos del pueblo se hicieron cazadores o pescadores, lo son una minoría, por lo tanto “tenerlo en fácil” en principio tampoco es un factor decisivo, es necesario tener una actitud y una educación, igual que para tocar el violín, escribir poesía o jugar al fútbol.

La actitud ya se verá, pero de la educación los padres somos responsables. No tengo recetas, ni trucos, ni la pedagogía adecuada para hacer de mis hijos cazadores y pescadores –qué más quisiéramos muchos, ¿verdad?– pero sé que yo soy responsable de esa educación como cazador y como padre, no se harán cazadores por genética, por ciencia infusa, por azar, por el colegio, por comportamiento imitatorio o por obligación.

En primer lugar mi pedagogía pasa porque mis hijos vean que cazar y pescar son actividades normales ajustadas a unas leyes y a unas normas y que en ella no hay nada vergonzoso ni ocultable. Se caza con armas de fuego y las armas en sí no son ni buenas ni malas, sólo son herramientas que tratar con respeto y saber. Se cazan animales que después hay que desplumar o destripar, hay sangre y la pieza es alimento; hay animales que se pueden cazar y otros no, periodos de caza y de veda, formas permitidas y prohibidas de caza cuyo objetivo es conservar la caza y su entorno, cazar no es matar o aniquilar animales a toda costa.

En segundo lugar nunca obligo ni obligaré a mis hijos a acompañarme a cazar. Tampoco los llevo yo muchas veces, aunque ellos quieren venir conmigo, a pescar truchas en un torrente de montaña porque es difícil y hasta peligroso para una persona que no sabe andar por una garganta, ni les llevo a una montería en enero en la que tendrán que pasar frío y estarse quietos durante horas sin ver seguramente nada. En cambio, sí vienen cuando quieren a pescar barbos en verano y bañarse en el río de paso o a cazar zorzales en una mata de robles en la que no se cansarán demasiado y estarán entretenidos viendo los muchos que pasan y los más que fallamos.

En mi caso, las formas de caza y de pesca que más me apasionan implican bastante dificultad y tienen un resultado final escaso –de piezas abatidas o peces pescados–. Cuesta trabajo explicar a los no aficionados y a muchos de los aficionados –y a mis hijos– que un excelente día de caza o de pesca no depende de lo lleno que tenga el zurrón o el cesto. Cazar/pescar implica casi siempre levantarse un sábado o un domingo a las cinco o seis de la mañana, hacer muchos kilómetros con el coche y después caminar por lugares difíciles con frío o lluvia para cazar una docena de zorzales o una sola becada o pescar dos truchas o ninguna.

En tercer lugar, como padre cazador soy consciente que los valores pedagógicos de cazar y pescar son muchos y pueden ser útiles para su futura vida de ciudadanos adultos.

Más que ocio
Por lo tanto entiendo la caza como una disciplina, una ética de vivir que va más allá de la simple afición, actividad deportiva o de ocio. Pero creo que la caza no se enseña por obligación, ni con lecciones teóricas sólo con el ejemplo y la paciencia. Cuando mis hijos ven la pasión que pongo en los más mínimos detalles, el entusiasmo con el que hablo de caza o el esfuerzo pero también la felicidad que me da cazar y pescar, comienzan a sentir curiosidad, a pedirme una caña y acompañarme al río o al campo e intentar pegar un tiro a una piña con la escopeta del 20.

Luego está la actitud, como apunté antes, además de la pedagogía, y la “actitud” –tampoco sé cómo llamarla de otra forma: ¿instinto?, ¿gen?, ¿predisposición?…– es la que hace que mi hijo de siete años nunca haya sentido curiosidad activa por la caza, aunque la comience a entender y a respetar, y en cambio mi hijo pequeño, de sólo cuatro añitos, se apunte a todas, aguantando ante mi asombro una tarde de tiroteo zorzalero, durmiendo tranquilamente sobre un lecho de hojas de pino arrullado por el pim pam pum a las torcaces o pescando con una caña de palo más de veinte bordallos un día de verano.

En estos tiempos educar es difícil. Eso de hacer “compatible la vida familiar y laboral” es sólo propaganda electoral porque la realidad es que los padres y las madres que trabajan tienen poco tiempo para estar con los niños y delegamos en la escuela no sólo la enseñanza de materias y saberes, sino también de valores. Para educar a los hijos hay que poner ganas y voluntad, pero también tiempo, un tiempo cotidiano que por ahora es escaso. El ocio urbano, convertido también en mercancía, en tiempo frenético de consumo que nos impide estar a solas, conversando “con el hombre que siempre va conmigo” –decía Machado–, saboreando el tiempo con nosotros mismos, con la familia o los amigos. Pero cazando o de pesca, el tiempo es sólo nuestro y pasa lento, la conversación es fácil y la naturaleza propicia mostrarnos como somos, sin etiquetas ni disfraces y que los hijos nos vean “esa piel” de personas.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?   Si (3)   No(0)
15/23
Comparte esta noticia  Compartir en Wikio Compartir en Del.icio.us Compartir en Digg Compartir en Technorati Compartir en Yahoo Compartir en Google Bookmarks Compartir en Fresqui Compartir en MySpace Compartir en Meneame compartir en Tuenti Compartir en Facebook compartir en Twitter

Comenta esta noticia



Normas de uso
  • Esta es la opinión de los internautas, no de TrofeoCaza.com
  • No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.
  • La dirección de email solicitada en ningún caso será utilizada con fines comerciales.
  • Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.