Última actualización 01/07/2004@00:00:00 GMT+1
Todos los años por estas fechas toca hablar de tórtolas y codornices, las dos aves migratorias procedentes de África que, junto con una torcaz nidificante cada vez más numerosa, se convierten en las protagonistas de la media veda.
Se habla de tórtolas y codornices con preocupación. Sus poblaciones sin duda han menguado debido a causas diversas. Por un lado están los cambios agrícolas –desaparición del cereal de secano en áreas más forestales– y la pérdida de hábitat tanto en sus cuarteles de invernada subsaharianos como en los de cría, aquí en Europa. Por otro, una excesiva presión cinegética, sobre todo en los países mediterráneos: Francia, Italia y sobre todo España, pero también en Marruecos o Senegal.
Ante este panorama, muchos cazadores, investigadores y conservacionistas alertan sobre la escasez de ejemplares de ambas especies y proponen sus soluciones, a veces tan drásticas como las temidas moratorias, que en nuestro país siempre han terminado convirtiéndose en prohibiciones indefinidas.
En este sentido, publicamos este mes un trabajo tan extenso como interesante sobre la biología, situación poblacional y soluciones que ayudarían sin duda a que tórtolas y codornices se recuperaran. El trabajo, del biólogo Alfonso Balmori, recopila todo cuanto han dicho los mayores estudiosos de ambas especies. Pero es tan certero en el diagnóstico como ingenuo en las soluciones.
Propone Balmori, a grandes rasgos, una vuelta a los ecosistemas anteriores a las concentraciones parcelarias y a que los agricultores, compensados por los cazadores, bajen su voracidad productiva empleando menos química. Esto lo queremos todos los cazadores, y también que las dehesas de la mitad sur de la Península y tantos y tantos perdidos hoy estériles se vuelvan a sembrar de trigo, medidas que traerían sin duda un incremento faunístico sin precedentes, beneficiando muy directamente a tórtolas y codornices.
En cuanto a medidas cinegéticas, comenta el control o la prohibición de las tiradas en cebaderos artificiales; la necesidad de cupos y de retrasar la apertura de la media veda hacia finales de agosto; reducir la temporada en aquellos años de mayor escasez, coincidentes con años secos; controlar la caza invernal de la tórtola en Senegal y Mali. Y remata con la posibilidad de una moratoria de hasta cinco años consecutivos.
También los cazadores podemos estar de acuerdo con estas medidas que sin duda contribuirían a recuperar las poblaciones para después, lógicamente, cazarlas con más cabeza. Pero de nuevo la dura y triste realidad se impone a esta nueva y necesaria, pero cándida, retahíla de buenas intenciones.
En España, los reinos cinegéticos de taifas, la falta de control administrativo, la falta de una verdadera política de recuperación de los ecosistemas y la propia idiosincrasia del cazador español para con las migratorias, hacen muy difíciles la aplicación y el cumplimiento de las medidas propuestas.
Perdonen mi pesimismo, pero mucho me temo que la degradación del medio, a grandes rasgos, va a seguir; que la agricultura intensiva seguirá complicando la reproducción de la codorniz; que en las dehesas no volverá a brotar el grano como antaño, que tanto favorecía a la tórtola; los cupos seguirán sin respetarse como es debido y en general seguiremos cazando cada media veda tórtolas y codornices hasta que no nos compense salir tras ellas. Esta es la realidad, la triste realidad.
¿Y una moratoria? Sin duda sería efectiva, pero los cazadores sólo la aceptaríamos si se firmara que, pasado el tiempo establecido, se volvieran a cazar las tórtolas y codornices independientemente de su abundancia. Porque seguro que para muchos esa abundancia siempre sería insuficiente, cayendo de nuevo en otra moratoria-trampa. Asimismo, una moratoria debe ir acompañada de unas mejoras de hábitat que posiblemente brillarían por su ausencia.
¿Y qué pasa con los comederos artificiales? Depende del uso que se haga de ellos. Y aunque las siembras naturales parecen más honestas, conozco varias fincas que hacen estos comederos y tienen todos los años un gran número de tórtolas. ¿Es lícito echar de comer a la caza cuando el campo tiene poco que ofrecer, beneficiándose otras muchas especies no cinegéticas? Creo, y es una apreciación personal, que el aumento de estos comederos en la última década está ayudando a la recuperación de la tórtola.
Lo ideal, lo deseable, es que cazadores y administraciones autonómicas acordaran una política cinegética compensatoria. Es decir, aquellos cotos que se preocupen por mejorar el hábitat de estas especies –sembrando, reforestando, facilitando agua, llegando a acuerdos con los agricultores– podrán cazarlas controladamente. Está demostrado que tórtolas y codornices vuelven cada año allí donde encontraron excelentes condiciones para reproducirse. Por tanto, proporcionarles esas condiciones es la mejor forma de asegurar su supervivencia en el tiempo y, por ende, seguir cazándolas.