Cuando van pasando los años y uno se teme que, más pronto o más tarde, va a llegar la hora de colgar el rifle, muchos cazadores sienten no haber contado a los demás lo que ha sido toda una vida de experiencias cinegéticas. Algunos buscan sus oyentes en el café o en la cervecería, las reuniones familiares o las cenas con los amigos. Otros escriben un libro. Rafael Mir, sin perjuicio de disfrutar de la charla, ha elegido el segundo camino, dando a la imprenta una obra bien estructurada y presentada por la conocida editorial sevillana.
El autor divide sus relatos y anécdotas en dos grandes bloques (“España, y “más lejos”). Dentro del primero, los tres capítulos básicos van dedicados al aguardo, a la montería y al rececho. Pero Rafael, que ha tenido rehala, dedica uno especial a los perros, como no podía ser menos, así como unas pocas páginas a los rifles que ha tenido. Fuera de nuestras fronteras, Argentina, Hungría, y Sudáfrica le han permitido satisfactorias experiencias. Resulta de especial interés en este caso la eterna discusión sobre calibres y balas aplicados a su propia experiencia. En el Southern africano –con la excepción del desierto namibiano– son poco apreciados los calibres con exceso de velocidad (.300 WM, 7 mm. RM), pues no se suele tirar tan largo como para justificar su rasante. Con ellos, si para evitar el defecto de una bala dura (traspasar sin expandir), empleamos una tan expansiva que pueda hacerse pedazos al chocar con cualquier ramita, el resultado son esos fracasos incomprensibles, esos bichos pinchados que se van y un exprimirse los sesos intentando adivinar lo que ocurrió. Al final, la más fiable es la vieja bala de punta blanda. Por cierto, ¿se han fijado vds. en que los profesionales de allá nunca usan esos calibres en su labor cotidiana?