Joaquín España Aguado reflexiona sobre la caza
actual en su libro “Esencias, achares y penares de caza”
Última actualización 01/08/2004@00:00:00 GMT+1
A propósito de su primer libro, hemos mantenido con Joaquín España esta amplia entrevista en la que el autor opina sobre los problemas de la caza, nos revela sus gustos cinegéticos y nos habla de su obra “Esencias, achares y penares de caza”, un ameno, claro y reflexivo ensayo sobre el estado actual de la caza.
Joaquín España representa la tercera generación de una saga de cazadores muy conocida en nuestro país. Su abuelo, Joaquín España Cantos, fundó la Federación Española de Caza y la revista Caza y Pesca, y su padre, Joaquín España Payá, siguió al frente de la publicación y escribió el famoso libro “Caza de alimañas”, ya un clásico. Nuestro protagonista, a sus 47 años, después de escribir miles de artículos y reportajes, de hacer radio y televisión, se desquita ahora con un libro muy reflexivo, un ensayo ameno y claro sobre el estado actual de la caza. A propósito de este libro, su primer libro, mantuvimos con Joaquín España esta amplia entrevista.
¿Qué hace ahora Joaquín España?
Desde que dejé la editorial Paul Parey, la editora actual de Caza y Pesca, he dedicado mucho tiempo a escribir, que es lo que más me gusta, y de hecho ahí está mi libro. Escribo también para las revistas cinegéticas que me lo piden y soy director de imagen y comunicación de la compañía de safaris sudafricana Mbogo Hunting Safaris. Al mismo tiempo estoy haciendo un master superior de prevención de riesgos laborales para dedicarme profesionalmente a ello, pues parece que ya no hay sitio para mí dentro de los medios de comunicación cinegéticos. Si ya en su día cambié el oficio de veterinario por el de periodista, ¿por qué no convertirme ahora en experto en prevención de riesgos laborales? De todas formas seguiré escribiendo de caza y de pesca.
Sigue echando de menos
el pulso de una redacción, ¿no?
Mucho, muchísimo, y trabajar en televisión también. Estuve una época en Canal Campero haciendo el programa Linde y Ribera. Partimos de cero y en mes y medio lo pusimos en marcha. Quedó bastante bien.
Permítame que retroceda un poco y que remueva aguas pasadas: ¿por qué se cerró Caza y Pesca, la mítica revista que fundó su abuelo?
Por muchas circunstancias. En las empresas familiares, los que llevan mucho tiempo no se fían del todo de los que vienen con nuevas ideas y nuevos razonamientos, y así es muy difícil trabajar. Yo veía las cosas de forma diferente, lo que me suponía muchos enfrentamientos. Llegó un momento en que la situación era insostenible y lo mejor era cerrar.
Pues fue una pena.
Pues sí; además Caza y Pesca era mi vida. Pero a veces hay que tomar decisiones, que no siempre dependen de ti, y se acabó.
Pero Caza y Pesca se vuelve a reeditar al cabo de unos años, formando usted parte de la nueva empresa editora. ¿Cuál fue su experiencia en Paul Parey?
Un poco desesperante. Siempre supe que era una pieza a utilizar, sobre todo en su nuevo lanzamiento. Yo conocía a mucha gente, tenía contactos, y eso iba a facilitar sin duda su reedición. La situación se aclara cuando me hacen dejar la dirección y me nombran director de Desarrollo y Tecnología. Me sentí un poco desplazado, máxime cuando sus directivos españoles no aceptaban ni ideas ni recomendaciones, sino que había que seguir manu militari sus pautas. Cuando no se trabaja a gusto no merece la pena seguir.
¿Por qué hay tantas revistas de caza en España cuando el número de cazadores-lectores no es muy grande y escasa la tarta publicitaria?
Sí, es curioso. Creo que mucha gente piensa que hacer una revista es como hacer churros y sinónimo de ganar dinero. Usted sabe muy bien que no es así, que sacar las revistas a la calle prácticamente cuesta dinero y lo poco que se gana viene de las suscripciones y de la publicidad, escasa y mal pagada.
También hay mucha competencia desleal.
La ha habido siempre. Cada cual se busca las castañas como puede. Sí, hay publicaciones con apoyos televisivos estatales o de otro tipo, pero ¿quién pone coto a esto? Cuando salió la revista de la Federación con fondos públicos, las seis o siete revistas que había en ese momento nos reunimos para denunciar el hecho ante los tribunales. Pero cuando llegó la hora de pagar, para empezar las consultas jurídicas previas, sólo dos lo hicimos. El proyecto federativo siguió adelante financiándose con sus fondos y hoy día, su editora, es una empresa enorme.
Dice usted que en los medios de comunicación prevalece la venta y la ideología frente a la verdad. ¿Qué prevalece en las revistas de caza?
Yo entiendo que las revistas de caza tengan un componente comercial, porque si no no vivirían; lo que hay que intentar es que no sea excesivo o se note mucho. Lo que más echo de menos en las revistas es la defensa global de la caza, sin hacer distinciones entre cazadores ricos y pobres, entre modalidades de caza. Hay revistas que no hablan de algunas modalidades o incluso las atacan. La caza necesita una unión, y a partir de ahí conseguir metas. Las restricciones y la mala imagen nos afectan a todos, a los “ricos” y a los “pobres”.
¿El ataque de los medios generalistas contra la caza es fruto de la demagogia, la desinformación o la mala leche, o de las tres cosas a la vez?
De la demagogia y de la desinformación, aunque a veces hay también mucha mala leche. También hay mucho frustrado y como meterse con la caza es fácil y está de moda, pues allí que van.
Evolución del cazador
Estará de acuerdo en que todos los cazadores sufrimos una evolución cinegética a lo largo de los años, ¿cuál ha sido la suya?
Yo soy cazador desde muy pequeñito. En esta época y años siguientes, la ilusión más grande era apresar, conseguir piezas. Además el campo lo permitía. En los años 60-70 te colgabas tres liebres y tres o cuatro perdices en terrenos libres muy cercanos a Madrid. Con el paso de los años he pasado de la cantidad a la calidad. Nunca he sido trofeísta, siempre me ha gustado más el lance, y cada vez le doy más importancia, así como a la decisión propia del disparo. Ahí sí que he cambiado mucho. Disfruto mucho con mi perro matando un par de perdices, si las mato, pero sólo el hecho de estar ahí aplicando los conocimientos adquiridos durante años en un terreno difícil, encontrar la caza, levantarla y por fin abatir alguna pieza... ese esfuerzo es lo que más valoro en estos momentos. En la caza mayor busco la observación, la tranquilidad, la soledad. La muerte de un animal no es para mí un fin, sino una consecuencia posible de haber cazado.
¿Qué es lo que más le gusta cazar y con qué arma?
Estoy muy ligado al arco, aunque he tenido tan malas experiencias con ciertos personajes del mundo del arco, que se creen padres del invento, que procuro no salir en ningún sitio con un arco ni cazando con él. Dicho esto, mi arma preferida es el arco, y contra más rudimentario, mejor; y la especie... cualquiera. No obstante no tengo todas las oportunidades que quisiera para cazar con arco, entre otras cosas porque hay muchos propietarios reticentes a su uso, cuando su capacidad mortífera es tremenda, a veces más que una bala de rifle. De todas formas yo soy ante todo cazador, siendo el arma una herramienta que puede variar según las circunstancias.
Sí, pero el arma puede condicionar mucho la caza.
Eso está clarísimo. Lo que quiero decir es que hay que saber disfrutar de cada momento, independientemente del arma que se lleve. Si el rifle o la escopeta ya no me diesen satisfacciones, los abandonaría. Pero si tengo que elegir, prefiero el arco. El arco es caza de calidad. Tienes que saber mucho más de caza y tener más habilidad para aproximarte a la pieza.
Muchos cazadores tenemos esa fantasía cinegética de romper un día con todo y terminar viviendo casi como nuestros antepasados en ese trozo de naturaleza que nos atrae poderosamente. ¿Dónde está para usted ese lugar?
Desde luego que tengo también esa fantasía, pero mi lugar está muy lejos de aquí, en los Estados Unidos, en Montana, donde además pienso retirarme algún día. Lo tengo clarísimo y mi mujer lo sabe. Me encanta aquel lugar. De hecho, cuando vamos todos los años a ver a la familia de mi mujer, me escapo unos días a ese rincón, principalmente a pescar, otra de mis pasiones.
Me sorprende que siendo español y conociendo, como conocerá, tantos lugares paradisíacos en la Península se vaya a Estados Unidos.
Sí, precisamente porque ese lugar me recuerda mucho al de mis correrías infantiles muy cerca de Madrid, en un río Lozoya virgen, en el que no veías a nadie y te traías media docena de truchas salvajes. Eso ya no se puede hacer en casi ningún sitio de España. Pero en Montana incluso un sábado puedes no encontrarte a nadie y pescar unos truchones de entre dos y cinco kilos, y no es raro ver algún venado bebiendo en sus orillas. O sea, un lugar retirarse.
¿En qué nos diferenciamos los cazadores españoles de los centroeuropeos y de los americanos?
En muchas cosas. En Centroeuropa existe una cultura cinegética muy ancestral, arraigada y culta y un gran respeto por los animales, que se materializa incluso en actos ceremoniosos, como poner un brote verde en la boca del animal abatido. Incluso los alemanes y los austriacos poseen un idioma cinegético específico.
Los americanos no poseen esa cultura cinegética ancestral, pero sí una que mezcla la tradición india con la centroeuropea y que ha derivado en una regulación estricta de la caza, pues se hicieron muchos desmanes, que ha traído mucha fauna. Hay además mucho terreno libre, estatal, y apenas existen las cercas, incluso en fincas privadas.
En España lo cinegético siempre ha estado muy unido a la propia subsistencia. Hasta los sesenta, la gente rural complementaba su alimentación básica con lo que cazaba. La caza era una posibilidad de conseguir proteínas, y los que empezaban a cazar de un modo más deportivo, encontraban tanta caza que no se planteaba su mayor o menor escasez. El cazador español no ha sabido adaptarse a los cambios, a veces muy bruscos, impuestos por los tiempos y cree que puede seguir haciendo lo que hizo toda su vida. Por ejemplo, hay poco respeto a la propiedad rural y de ahí que haya tanto furtivo-delincuente. Mientras esto no cambie, no llegaremos a tener una auténtica cultura cinegética, basada en el respeto a las especies y al resto de cazadores.
La presencia de Ortega
¿Qué quiere decir con su libro y a quién va dirigido?
Con este libro me dirijo a todo el mundo, cazadores y no cazadores, y mi pretensión es que sirva de revulsivo, que se debata. Desde que Ortega y Gasset reflexionó sobre la esencia de la caza, nadie o casi nadie se ha atrevido a actualizar su pensamiento.
En su libro, Ortega es su fuente de inspiración, pero difiere con él en algunas cosas.
Difiero porque la caza, la práctica de la caza, ha cambiado mucho. Ortega analiza muy bien el hecho de la caza, pero se basa sobre todo en la caza que practicaba el conde de Yebes. De hecho, cuando habla de los furtivos, lo hace con cierta justificación hoy injustificable. Las propias experiencias de Yebes ya tampoco valen porque han cambiado los terrenos y las especies han evolucionado en cantidad y calidad por otras muchas transformaciones ocurridas en el campo. Nada tiene que ver el campo de Yebes con el de ahora, ni la sociedad española es la misma.
Bueno, Ortega de lo que habla es de la metafísica de la caza, de su esencia, y ésta no ha cambiado mucho. Otra cosa es que se practique.
Yo no entro en la metafísica de la caza, sino en su estado actual, porque claro, por ejemplo Disney no existía cuando Ortega escribió su prólogo. Yo lo que he pretendido es actualizar las ideas de Ortega en la caza actual.
Si Ortega hubiese vivido en esta época, ¿no cree que en vez de un prólogo apologético hubiese hecho una crítica despiadada de la caza?
No lo sé. Creo que hubiese escrito casi lo mismo si su fuente de inspiración hubiese sido un cazador entusiasta y romántico como Yebes.
¿No cree que habría sido muy crítico con algunas cuestiones cinegéticas?
Desde luego habría analizado la caza de otra manera. Por ejemplo, cuando habla de los perros se hubiese topado con las rehalas comerciales, y no creo que hubiese puesto muy bien a muchas de ellas.
El hombre urbano y la naturaleza
En su libro cuenta que desde pequeño fue un ávido lector de literatura cinegética, asesorado por su padre. ¿Qué libros aconsejaría ahora a sus hijos o a cualquier cazador novel?
Por ejemplo el libro del conde de Yebes, Veinte años de caza mayor, que contiene también el famoso prólogo de Ortega. El libro de Yebes relata una época de caza entrañable y enseña muchas cosas. En cuanto al prólogo, que se lea con mucha paciencia y reflexionando mucho con cada línea y cada párrafo. Este prólogo es de obligada lectura para los ingenieros forestales alemanes, mientras que en España apenas se conoce. También recomendaría libros sobre especies animales, sus huellas y señales, porque hoy no tenemos ese acercamiento con la naturaleza y de alguna manera debemos conocer a las especies cazables y no cazables.
En cuanto a libros más literarios, el mundo de Juan Lobón, aunque para entenderlo en su justa medida hay que conocer la España sociocultural de la época. Los libros de Alfonso Urquijo también son deliciosos y, como no, El Solitario, de Jaime de Foxá, una obra maestra en muchos sentidos.
¿No le parece una contradicción mayúscula querer volver al campo, a la naturaleza, como preconiza el hombre urbano, pero rechazando la caza y la figura del cazador?
Absolutamente, cuando el hombre es el que es gracias a la caza. Es una de las ideas principales del libro. Gracias a la caza consiguió grasas animales esenciales para el desarrollo del cerebro, creó y perfeccionó una tecnología –trampas y armas para cazar con mayor eficacia y al mismo tiempo defenderse o atacar cuando fuese necesario. Negar todo esto es negarnos a nosotros mismos. Pero claro, la sociedad urbana, mayoritaria, se ha criado fuera de la naturaleza y con el espíritu Disney. Ahora lo natural se ve como algo ajeno a nosotros que no nos pertenece y que no podemos tocar, cuando durante miles de años hemos utilizado respetuosamente la naturaleza, la forma más inteligente de conservarla.
Caza y ética
En su libro hace una defensa incondicional y sincera del arco. ¿La fascinación por el arco, el fuego y el perro tienen la misma esencia, brota de la misma fuente?
Indudablemente. El dominio del fuego fue para el hombre una auténtica revolución, le cambió todo. Le dio calor, pudo aprovechar mejor ciertos alimentos, perfeccionó sus armas. El arco también le dio seguridad y más eficacia en la caza, y el perro se convirtió en su mejor aliado. Sí, el arco, el perro y el fuego siguen teniendo una especie de fascinación mágica, quizá porque durante miles de años nos ayudaron a sobrevivir.
Desmiente en su libro que las armas de fuego sean cada vez más mortíferas. Viene a decir, con razón, que una bala de principios del siglo XX es la misma que una del XXI. Lo que sí han cambiado mucho son los accesorios –visores electrónicos, telémetros, motorización, etc.–, que hacen más fácil la captura de una pieza. ¿No habría que desprenderse de tanta sofisticación y buscar más autenticidad?
Yo intento irme hacia el arco, y mi preferido es un sencillo recurvado sin miras. Pero si se da cuenta la carrera del hombre siempre ha sido matar con más eficacia. Esto, junto con las últimas innovaciones tecnológicas y la comercialización, explica lo que está pasando.
Cuando aborda en su libro el binomio caza y ética, viene a decir que si bien la ética cinegética ha cambiado con los tiempos, considera que las matanzas indiscriminadas y la sobrevaloración del trofeo, no tendrían justificación en ningún caso. Sin embargo, curiosamente, es lo que hoy día prevalece, y como ejemplo tiene esas tiradas internacionales en las que se va a hacer número o esa obsesión por un trofeo grande.
Estoy de acuerdo. La comercialización nos lleva a sobrevalorar excesivamente el trofeo, porque es tangible, y que una tirada se mida por el número de aves abatidas. Pero no creo que esto sea lo que más valore el cazador en general y sí lo que nos transmiten las revistas a través de la publicidad, de algunos relatos y de las fotos.
Hay en su libro una frase para enmarcar: “La caza puede ser cruenta pero nunca cruel”.
Cuando matamos un animal no lo hacemos por crueldad, pero esa muerte es un acto cruento porque hay sangre, destrozo, muerte. Que un predador –y el cazador lo es– mate una presa y la aproveche, es un acto cruento, pero cotidiano y normal en la naturaleza.
Nos suelen decir a los cazadores que la caza ya no se justifica porque no la necesitamos para alimentarnos, como si la caza fuese o hubiese sido un acto desagradable y penoso pero necesario para conseguir proteínas. ¿Dirán esto porque desconocen la felicidad que produce la caza?
Desde luego. En los pueblos primitivos cazar era una profesión que sólo ejercían quienes la sentían y disfrutaban haciéndolo. Si encima esta felicidad proporcionaba alimento, mejor que mejor. El cazador tiene que disfrutar cazando, porque si no no lo haría. Como decía Ortega, la caza es una actividad felicitaria, produce felicidad a quien la practica. El día que me eche la escopeta a la cara o vaya a disparar una flecha y no sienta la emoción que sólo entendemos los cazadores, dejaría la caza. La caza es un acto físico e intelectual lleno de emociones.
Se muestra un poco crítico con las religiones en su libro. Viene a decir que las religiones han sacado al hombre de la naturaleza al convertirlo en un ser superior elegido por Dios y por tanto legitimado para hacer lo que quiera con la naturaleza, incluso maltratarla. ¿Serían las religiones animistas las más respetuosas con la naturaleza, las más “ecologistas”?
Bueno sí, en este sentido me muestro crítico con las religiones, aunque también digo que poseen una serie de valores esenciales y positivos que por supuesto yo intento inculcar en mis hijos. Sí, posiblemente sean las religiones animistas las que respeten más ese pacto natural entre los hombres y la naturaleza que nunca debió romperse, pero seguro que estas religiones poseen otros valores ya trasnochados.
Otras cuestiones
La caza comercial ha traído ventajas, pero también muchos problemas: cerramientos excesivos, sobreexplotación, caza de granja de pésima calidad..., pero este proceso era inevitable, ¿no?
Sí, está claro. La comercialización había empezado ya en otros países y tarde o temprano tenía que llegar a España. Lo que pasa es que las cosas han ido demasiado deprisa y a muchos nos cuesta más aceptarlo y, sobre todo, adaptarnos.
¿Por qué la izquierda en general es tan anticaza?
El problema de la izquierda es que se ha dado cuenta de que sus conceptos básicos son utopías, y esa frustración ha hecho que muchos se hayan refugiado en el ecologismo político. Siempre ha habido sentimientos ecológicos en nuestra civilización que intentaban combatir agresiones a la naturaleza y su sobreexplotación, pero la izquierda los ha trastocado con la disneylización, de modo que ahora todo lo que se haga en la naturaleza es dañarla porque es muy bonita y sólo prima la amistad y el buen rollito entre los animales.
Dice usted que debería existir una ley cinegética marco con unos mínimos que deberían respetar todas las autonomías. ¿Cuáles serían esos mínimos?
Primero habría que establecer que ni los territorios ni las especies entienden de fronteras autonómicas. ¿Por qué en Madrid no puedo tirar los patos y sí en la otra orilla del Tajo, ya en Toledo? Habría que determinar qué especies son cazables, cuáles sus periodos de cría y de caza distinguiendo tierras bajas, medias y altas. Las competencias autonómicas están provocando tremendas desigualdades a la hora de practicar la caza, incluso absurdas prohibiciones, además de serios agravios comparativos entre cazadores de una u otra región.
¿Quién tiene la culpa de que no exista un organismo fuerte
que defienda de verdad la caza?
Por un lado el estado, porque debería de haberse preocupado de no convertir la caza en el batiburrillo en el que la ha convertido, y por otro el cazador, que nunca ha sabido unirse ni defender la caza en general, no sólo su coto o su modalidad. Mientras el cazador no tenga esa conciencia de que la caza hay que defenderla per se, mal vamos.
¿Está de acuerdo con la filosofía
de la Oficina Nacional de la Caza?
Todas la ideas, como ideas básicas, son buenas. La idea básica de la Oficina me parece acertada. El problema está en llevarla a cabo. ¿Cómo se va a llevar si no tiene los fondos suficientes ni los medios necesarios?
Dígame la fórmula.
Dinero y los que la dirigen en la sombra dejen de pensar en sí mismos y en sus intereses; que piensen en la caza, no en su caza. La ONC debería funcionar como cualquier grupo ecologista bien organizado. Que salga al paso de cualquier cosa que vaya contra la caza venga de donde venga.
¿Cuál es para usted el principal enemigo de la caza?
Las ideas que se tienen de la naturaleza.
Sugiere al final del libro una vuelta a la naturaleza, ¿qué tipo de vuelta? Ahora se vuelve al campo para hacer una serie actividades pensadas por urbanitas e ignorando, cuando no rechazando, los usos tradicionales, entre ellos la caza.
Esa vuelta se refiere a que la sociedad debe volver a conocer la naturaleza tal y cómo es a través de una educación verdadera, no sesgada ni sentimentaloide. El equilibrio natural está basado en una sucesión de muertes y nacimientos, y ese equilibrio es cruento. En definitiva que cuando estemos en la naturaleza sepamos qué tenemos a nuestro alrededor y cómo funciona.
¿Podría ser que esa sacralización
de la naturaleza, ése no tocarla,
se debe a que nos estamos quedando
sin espacios naturales, principalmente por la expansión humana, y queremos preservarlo a toda costa?
Y también por esa idea falsa que se tiene de ella, por las dos cosas. Está claro que cada vez ocupamos más espacio, pero en vez de meter en urnas lo que nos va quedando, habría que seguir aprovechándolo racionalmente e informar de ello. Por ejemplo, si compramos un mueble, que te digan de dónde viene esa madera y cómo se gestiona ese bosque de forma sostenible.
Hay qué explicar a la sociedad que el uso sostenible de la naturaleza es su mejor garantía de conservación.