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Libros

Última actualización 01/09/2004@00:00:00 GMT+1
Hay amigos que marcan una vida, y cazadores que imprimen una marca especial por su modo de entender y practicar la caza. Carlos Melgarejo fue para el autor el cazador ideal hecho amigo. Imaginativo, emprendedor, duro, generoso, gran conocedor del monte y sus habitantes, lleno de humor, y sobre todo atrevido hasta la temeridad. Tanto es así que se embarcó en una irresponsable aventura que acabó con su vida en un safari, como Joaquín Vazquez contó –ya con la herida cicatrizada, veinte años después de que ocurriera– en su Safari en Zambia (Sevilla, 2000). Pero estas memorias de caza siguen presididas por un recuerdo especial para ese amigo entrañable y para las cacerías y cabalgadas por la marisma de las que disfrutaron juntos, sobre todo hasta que Carlos vendió el “Hato Ratón”.

Joaquín Vázquez ha sido cazador en lejanas tierras –Por fin en el Yukon (Madrid, 1990)– pero desgrana en esta obra básicamente sus recuerdos monteros andaluces. Tanto es así que este libro podría haberse llamado “De Doñana a Despeñaperros”, pues, subiendo de la marisma a la sierra, es en la variada cartografía penibética donde transcurre el noventa por cien de sus relatos venatorios. Con prodigiosa memoria el autor recrea sus inicios y chambonadas, los buenos lances, los tiros difíciles y las muchas, muchísimas, fincas que pisaron sus botas, así como los destacados personajes que conoció en ellas, algunos de su propia familia. De ahí que conociese tan bien los celos, envidias, piques y otras puñeterías que salpicaban la vida de los propietarios de finca e invitados de antaño, narrados con fino humor e ilustrados con abundantes fotografías de sus apechusques y atuendos.

Pero no sólo es éste un libro de montería, pues guarda un recuerdo especial para algunos episodios de berrea, recechos de un macho en Gredos, un corzo en el Saja, un rebeco y algunos sarrios, así como lo que Yebes llamara “caza mayor con alas”. Aquellos “ojeos” de avutardas con un par de escopetas y tres batidores maestros en “Mudapelo”, y en su finca vecina, a veinte kilómetros de Sevilla. La emoción de sentir el aire desplazado por las alas del barbón que se te viene encima y que ni te atreves a mirar por no levantar la cabeza, el inútil frenazo abriendo la cola al divisar al hombre elevándose de un ribazo que apenas le camufla, y el tremendo pelotazo del pavo blanquecino en la tierra yerma. ¡Eso es un lance!
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