Hemeroteca :: 01/09/2004
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Opinión (Editorial)
Última actualización 01/09/2004@00:00:00 GMT+1
A los que nos gusta el campo más allá de la simple contemplación, no podemos dejar de interpretarlo cuando lo miramos. Ante un paisaje campestre, analizamos en un tiempo récord sus especies arbóreas –estado, distribución, variedad–, fauna que puede albergar y por supuesto su sentido y función tanto para el entorno como para su propietario.

En este sentido, los viajes en coche que hago por toda la geografía española se convierten en un ejercicio apasionante, porque tienes pocos segundos para interpretar, por supuesto muy parcialmente, lo que ves a ambos lados de la carretera. Uno de mis preferidos, por lo que representa, es el que me lleva, por Extremadura, de Madrid a Calañas (Huelva), mi pueblo, un trayecto que me “obliga” a atravesar parte de la sierra y del Andévalo onubense, la zona situada entre la sierra y la campiña. Riotinto, el municipio de las minas milenarias y en el que se inició este verano el incendio de las 27.000 hectáreas, pertenece al Andévalo.

Pues bien, gran parte del Andévalo es una auténtica tea preparada para que el insensato, el pirómano, el zumbado o el malnacido la encienda cuando quiera. Es cuestión de tiempo. Si no es este verano será el que viene. Quitando las muchas hectáreas de encinar y alcornocal más o menos limpias, existen otras tantas de eucaliptal y pinar alfombrado con un espeso matorral de más de un metro de altura formado por pasto, aulagas, jaguarzos y jaras que da miedo mirar por si acaso arde. Pero la situación del Andévalo se repite en otras muchas comarcas españolas.

Podemos meter en la cárcel de por vida al pirómano, tener la mayor flota de aviones para extinguir incendios, prohibir las quemas de rastrojos, hacer ridículos cortafuegos, tener miles de cuadrillas con sus mochilillas de agua a pie de monte, pero el problema de fondo es otro: el monte está demasiado “sucio”.
“Los fuegos se apagan en invierno”, dice la gente del campo. Y es cierto. Con los fuegos hay que prevenir antes que curar, y prevenir es limpiar los montes para que, ante el cerillazo decidido o ingenuo, no arda, o arda poco, y no 27.000 hectáreas seguidas de las cuales el 15 por ciento eran dehesas de alcornoques y encinas de las que vivían –corcho y cerdos ibéricos– cientos de familias. Las costas gallegas han tardado un año en comenzar a respirar, pero estos montes nobles onubenses tardarán por lo menos cien.

Limpiar el monte de forma inteligente, intentando salvar sobre todo la masa forestal más valiosa e impidiendo que éste pueda arder tantos kilómetros seguidos. Limpiar a mano con modernas desbrozadoras, con maquinaria y con el mismo fuego, sabiendo cómo y cuándo, como sabían nuestros antepasados. Para los que anatemizan contra el fuego les diré que en el parque nacional más emblemático de Estados Unidos, el de Yellowstone, ahora se hacen quemas controladas para que luego las incontroladas no se lleven por delante medio parque. Toda esta labor de prevención daría bastante trabajo a los municipios afectados, ahorraría después mucho dinero en extinción y, lo más importante, el fuego arrasaría menos arbolado.

Por otro lado se insiste en seguir reforestando con especies que arden de maravilla como el eucalipto y, sobre todo, el pino. Reforestaciones continuas y apretadas que se convierten desde los primeros años en el mejor parque de atracciones para los pirómanos. ¿Qué pasa, que ahora nuestros montes no sirven para la encina, el rebollo, el alcornoque, el roble, la sabina, que aportan más biodiversidad, más riqueza y resisten mejor el fuego?
Esperemos que incendios como el que este verano afectó a las provincias de Huelva y Sevilla hagan reflexionar a las autoridades. ¿Cómo es posible que ardan 27 hectáreas seguidas? Ésa es la pregunta. Si todo sigue como hasta ahora voy a empezar a creerme eso de que existen dos grandes negocios en torno al fuego: el de la extinción y el de las posteriores reforestaciones, que parecen retroalimentarse.
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