Hemeroteca :: 01/09/2004
17/18
Relatos
Última actualización 01/09/2004@00:00:00 GMT+1
Veo aparecer por los mismos pasos del jabalí la silueta de una loba que se paraba y le enseñaba los dientes cada vez que el jabalí también lo hacía... Pero el macareno parecía no haberla visto, por lo que la loba se le acercaba cada vez más
Ace más de cincuenta años me ocurrió lo que ahora voy a contar, pues yo tenía diecisiete años. Había localizado ya de varios días la trocha de un buen macareno, que iba todas las noches a un alcornoque en busca de sus amargas bellotas. Las pocas encinas que por allí había ya no tenían los pocos frutos que esa temporada habían dado, por lo que a falta de pan, buenas son tortas.

Lo cierto fue que decidí hacerle la espera, que fue el día 27 de enero, por lo que a las seis de la tarde me encaramé a lo alto de este alcornoque en una de sus ramas, que aparte de estar bien fría por la temperatura natural de ese mes, tampoco estaba nada blanda para aguantar toda la noche.

La escopeta que tenía, y tengo, ya en desuso, fue de un de cañón de la marca “La Logroñesa de Armas”, que hasta hace poco no supe de su fabricación. Decir también que por estas fechas era de lo que me mantenía –y de poco más–, por lo que debía de estar seguro a la hora de hacer una espera. La zona donde se encontraba dicho alcornoque era de umbría y se había quemado el año anterior, por lo que estaba ligera de monte bajo. Gracias a ello, cuando estaba clareando el día 28, después de que yo estaba cuajado de frío tras aguantar toda la noche allí encima, vi en horizonte del cerro en cuya falda se encontraba el alcornoque, la silueta del macareno que, sin darse nada de prisa, se dirigía derecho como un tiro por la trocha que yo había visto días antes, hasta donde le estaba esperando.

Momentos después veo aparecer por los mismos pasos del jabalí la silueta de una loba que se paraba y le enseñaba los dientes cada vez que el jabalí también lo hacía para arrancar las cebolletas que iba encontrando a su paso. Pero el macareno parecía no haberla visto, por lo que la loba se le acercaba cada vez más, hasta que se puso a unos ocho pasos, que fue cuando dio un salto para atrás el jabalí y la enganchó, tirándola por encima de una mata de lentisco, con lo que desde mi posición yo no podía verla.

Siguió descendiendo el jabalí como si no hubiera pasado nada, hasta que se puso a tiro y le solté el escopetazo. Fue tirar, perder el equilibrio y caer yo como una pelota desde lo alto del alcornoque, aunque lo hice sobre otra mata de lentisco que había cerca del tronco, por lo que sólo me hice una herida en la barbilla, cuya señal aún tengo. No sé cuánto tiempo estuve allí, pero lo cierto es que cuando me recuperé había a mi lado otro cazador bastante mayor que yo que esperaba al mismo jabalí. Habíamos estado tan cerca esperando a la misma presa sin habernos percatado el uno de la presencia del otro, aunque él situado algo más ladera abajo que yo. Al tiro mío, miró hacia arriba y al verme caer subió corriendo hasta donde había caído y frotándome con la tela de pana del chaleco logró que reaccionara.

Después de echar una lumbre y de entrar en calor, empezamos a hablar de la faena del macareno y fuimos al tiro. Encontramos al gran macareno con las cuatro patas abiertas y, después de darme un buen abrazo junto con la enhorabuena, le indiqué lo que había pasado con la loba, por lo que fuimos al sitio y también la encontramos abierta en canal. Pero no sólo la encontramos a ella, sino también a tres lobeznos muertos que se le habían caído de la tripa, ya que estaba a punto de parir, más otros dos que se le quedaron dentro.

Después de darme otro abrazo, el señor Gregorico, que así se llamaba este buen hombre, me dijo que recogiéramos su yegua para llevar la caza al pueblo. Así lo hicimos, llevando el jabalí a los carniceros del pueblo, y la loba y los cachorros de lobo a la hermandad de labradores y ganaderos que, por aquellas fechas, nos pagaron 3.000 pesetas por la madre y dos cachorros hembra y otras 1.500 pesetas por las otras tres crías, que eran machos. Recogimos un buen jornal que repartimos como hacen los buenos compañeros de fatigas.

Lo único malo de aquella jornada, según el señor Gregorico, fue el “talegazo” que me llevé, así me lo dijo mientras me daba la parte del dinero que me correspondía. Este buen hombre podía hacer las esperas con más facilidad que yo, ya que él vivía de “su” agricultura, y se dedicaba a las esperas cuando no tenía nada que hacer. Mi caso era muy distinto, por lo que le dije que con aquella noche terminaba la sierra para mí, y con aquel dinero me marché a Madrid para ver si podía hacerme otra clase de hombre.

Y así lo hice y también logré ser otra clase de hombre y hoy en día, conociendo el campo como lo conozco, lo respeto más que antes. Es cierto que antiguamente yo pasé muchas calamidades en el campo, porque eran otros tiempos y no había tantas facilidades para adquirir las cosas, por lo que los que no teníamos más que nuestros brazos lo pasábamos mal, pero hoy gracias a Dios y a mi tesón, voy al campo a pasármelo lo mejor que puedo y a aprender de él lo que antes no pude.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?   Si (3)   No(1)
17/18
Comparte esta noticia  

Comenta esta noticia



Normas de uso
  • Esta es la opinión de los internautas, no de TrofeoCaza.com, web oficial de la revista Trofeo, decana del mundo cinegético
  • No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.
  • Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.
  • Su dirección de e-mail no será publicada ni usada con fines publicitarios.