Mi rincón
Última actualización 01/10/2004@00:00:00 GMT+1
La perra estaba nerviosa y asustada. Me fui rebajando hasta ella y, conmigo al lado, se envalentonó y ladró con más autoridad. Aquello está muy cerrado y no podía ver nada pero, aunque con suavidad, me pareció escuchar un charabasqueo
Vivir el verano de la sierra podría parecer aburrido, sobre todo a quienes no saben escucharlo. Pero el verano tiene un lenguaje que se entiende mejor que el de cualquier otra estación. Más sonoro. Un soplo de viento, la corrida mínima de un cazarreyes, la arrancada de un conejo, suenan escandalosamente. Y es que el pasto está que cruje, no almohadillado y tierno como en Primavera. Cualquier bichejo que se mueva tiene que abrirse paso entre bisnagas, avena loca, cardillos y garbazuelo levantando rumores a su paso. Eso por el suelo, que luego está la vida que se acoge a las encinas. Todo ese mundo ligero y casi invisible de los pájaros. Cómo suena. Y las pandillas de mohinos. Rabilargos, en los libros. Yo nunca los veo, porque la ventana de mi estudio tiene tapado el cielo por las copas de dos o tres hermosos chaparros, pero todas las mañanas me visitan con sus gorgoritos tan musicales y sé que están por aquí. Son unos personajes que no sirven para nada, pero da gusto su alegre parloteo. Allá abajo, junto a las adelfas del arroyo, zurea una torcaz.
Esta mañana, poco después de amanecer, la perra se puso a ladrar dando cara al arroyo. Es una cruzada chicuela que está descazada pero que avisa muy bien. Antes, por el faldeo de la umbría, sobre el arroyo, había una vereda y, de vez en cuando, pasaba alguien. Pero las zarzas la han cegado. Así que gente no podía haber.
La perra estaba nerviosa y asustada. Me fui rebajando hasta ella y, conmigo al lado, se envalentonó y ladró con más autoridad. Aquello está muy cerrado y no podía ver nada pero, aunque con suavidad, me pareció escuchar un charabasqueo. Luego, silencio. Y la perra, dale que dale, siempre para abajo. No tenía más remedio que ser un marrano, que en este tiempo, con todas las comidas apuradas, se arriman hueseando a donde sea.
Cuando di la vuelta para irme al estudio, la perra, aburrida, se vino detrás de mí. Y fue entonces cuando salí de dudas porque escuché, como si fuesen pistoletazos, los clap, clap, clap de los piñones machacados por las muelas del cochino. Bueno, pues por ahí estará para cuando en otoño le demos otra vez a la umbría.
Son cosas del verano, tan triviales pero que tanto nos importan a los que saboreamos la sierra.