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Hemeroteca :: Edición del 01/10/2004 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 01/10/2004@00:00:00 GMT+1
Eché un bocado pronto y salí temprano al monte. Eran las tres de la tarde, un día once de octubre de un año cualquiera. Dos días antes habían caído las primeras aguas serias del otoño para la sierra. Por el arroyo principal de la finca ya se escuchan los chorros de agua saltando los escalones de pizarra. El resto está “sembrado” de charcos y con los chaparrones que cayeron en septiembre la hierba empieza a pintar las cañadas y barbechos de verde vida. Las bellotas, para qué contarlo, cómo lo agradecen.

Desde el cortijo de Las Labores trae el aire el rum-rum del tractor labrando la tierra para la sementera.

Me voy al alto del Perdigón y veo bastantes escarbaduras de conejos –vaya, a la mejor hay suerte y tiran “palante”–. Me siento en un pizarrón, dando vista al cerro de los venaos y a los comederos de la Loma de los Hornazos. Está todo tranquilo. El careo es bueno. Un gabato levanta la cabeza y me mira. Hay silencio.

La tarde está envuelta en una maraña clara que deja pasar entre visillos del sol. Está triste y amarillenta, pero templada.

Por debajo de mí, en el chortal del número 6, un venado se baña y hunde las cuernas en el barro, se sacude y berrea un par de veces, corretea tras una cierva sin demasiado ahínco, se para y vuelve a berrear. ¡La cierva no está! ¡O está ya! ¿Quién sabe? Quizás él haya perdido el último. Mañana veremos.

En el comedero unos quejigos tempranos son visitados por doce puntas, unas cuantas ciervas y un rejú de jabalí, que va y viene al quejigo cada vez que el venao varea las ramas de sus cuernas, robando alguna bellotilla que salta más allá de la sombra del árbol. ¡Éste sí que lo tiene mal!
Me voy despacio hacia Montes Viejos, a ver si barrunto los muflones; llevo una semana sin verlos por ningún sitio. Hace una semana anduvieron por aquí los lobos y estuvieron correteándolos.
¡Éstos sí que son... qué vamos a hacer!
En unos hornajos veo una piarilla de hembras y algunos machos jóvenes que se comen la tierra debajo de unas madroñeras –pronto empezará a pintar el fruto–.

Carraspeo un poco y salen corriendo hacia la loma. Al paso por el collado la piara ha aumentado, van cinco grandes más algunos que van por el monte. ¡Vaya, están!
Sigo mi recorrido, despacio, hasta las Chozas del Tío Emilio. Las jaras han cambiado el color pajizo resinoso por el verde pomposo ¡en dos días! Hay que ver cómo son las jaras, cuántas veces las he visto muertas, muertas después de un agosto “apretao” y resucitar con cuatro gotas de agua un octubre rojo. ¡Dios, cómo son!, casi milagro.

Da gusto andar por el campo con las primeras horas del otoño. A cada paso que das te embriaga el olor de la tierra mojada. Y qué decir del aroma del monte con el roce de tu cuerpo. No sé explicarlo, hay que vivirlo.

Antes de llegar a las chozas siento un tropel en un lentisco entrelazado con romeros y entre unos clarillos veo un conejo requebrando las pizarras y... ¿qué es eso?.. ¡coño!, detrás va un lince saltando las pizarras. Se me pierden en un abrir y cerrar de ojos.

Debe ser uno de los trescientos linces que dicen que hay. A mis cortas luces, creo que deberían dejarlos más tranquilos.¡Ellos saben... son linces!
Empieza a hacerse de noche. Un crujir y tronchar de ramas no cesa... Una aquí, otra allí... son los venados vareando y ramoneando los quejigos y encinas. En las polveras se escuchan los “quejíos” y paloteos de las cuernas de los más pequeños. Juegan, se tantean, son como críos.

He visto bastantes hozaduras frescas, a éstos sí que les viene bien el agua. Son como vertederas, vamos. ¡Qué canallas!
Unas luces por el camino principal se acercan a la casa. Deben ser los jefes –me voy acercando–. Un búho real se me cruza delante de mis mismas narices –tengo que confesar que se me ha ido un repullo–. Lo mismo va de caza o se ha enterado que mañana es la montería y como él ahí no pinta nada, coge y se va. No sé.

Por la noche, desde mi almohada me doy un paseo por todos los puestos. Alguno podría haber movido más allá o más acá, por eso de las querencias, pero en montería ya se sabe, cuando los perros aprietan las querencias engañan. En esto nunca se acaba de aprender.

Ya es por la mañana, día del Pilar y se abre la veda en Sierra Morena. Y con ella vienen los coches, los monteros, las migas, los perros y perreros, los mulos y arrieros, la salve montera y la montería.

Por la tarde, enhorabuenas, felicitaciones... Como guarda me siento contento, todo ha salido a pedir de boca.

Por la noche, en mi almohada me siento como si me debiera algo la luna, y ella me paga con una noche lobuna.

Mañana no veré el doce puntas del quejigo, ni el de la baña, ¡lo mismo él no tuvo ganas! Ni a los muflones del collado, ni tantas hozaduras de jabalíes. ¡Cómo son éstos! Oiré tronchar y varear menos ramas, pero seguiré escuchando los “quejíos” y paloteos de los más pequeños... los iré viendo crecer hasta que vaya pasando el invierno, la primavera y el verano, hasta que llegue el otoño y...
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