Todavía suenan las caracolas llamando a algunos perros remolones cuando la tarde va ya pardeando y los monteros comienzan a llegar a la casa. El ritual siempre es el mismo. Mientras se espera a los rezagados, se toma una cerveza y se charla sobre los lances y el trabajo de los perros. En el ambiente chispean las explicaciones cuando el día ha sido feliz o se percibe una cierta apatía si las cosas no han salido bien. Luego, cuando las charlas van ya perdiendo fuerza y el frío se hace notar, se invita a pasar a la casa para reconfortarse con el imprescindible plato de potaje o de cocido. Eso sí, ya sentados y con mayor sosiego.
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