La torada de venados
7 febrero, 2017 Trofeocaza .

Aconsejado por la mayor√≠a de los monteros que conoc√≠an la mancha, Lolo Mialdea opt√≥ por hacer uso de su escopeta repetidora y de las balas recargadas que le proporcion√≥ un buen amigo. Ya en su postura, vivi√≥ despierto el sue√Īo de cualquier montero: una torada de cuatro venados le entraban de frente. Era el momento de disparar… pero algo no iba bien. ¬ŅQuiere conocer el desenlace? Pues contin√ļe leyendo.

Como es natural tras escribir de cualquier tema (como el que cuenta un chiste y a medias recuerda otro), versando sobre lo expresado en mi anterior art√≠culo en trofeo, Montear con escopeta, no pude evitar que la ‚Äúm√°quina de la memoria‚ÄĚ se pusiera a echar humo recordando lances pasados jugados con tal tipo de arma.

Algunos los ‚Äúcol√©‚ÄĚ en tal trabajillo, pero otros muchos hube de dejarlos en el tintero, sobre todo uno vivido este mismo a√Īo y tras el cual tuve que recurrir a esa resignaci√≥n fatalista, tan montera ella, de cuando fallamos una res matable, se nos cuela el cochino cogi√©ndonos la vez, o, como result√≥ en este caso, hacemos lo que podemos a sabiendas de que es poca cosa y ‚Äútonter√≠a es que breguemos‚ÄĚ.

Eso s√≠, amigos monteros y toda la gres cazadora, cuando se tira se hace con ‚Äúmalas intenciones‚ÄĚ y no vale aquello tan socorrido de ‚Äúlo tir√© por tirar. Iba por Pernambuco‚ÄĚ o ‚Äúle dej√© ir una bala tras verlo en un trasluz√≥n, al jabardeo, pero ese no cuenta‚ÄĚ. ¬°Habrase visto poca verg√ľenza la que gastamos para justificar nuestros marrones! ¬°Pues, se√Īor, no haber tirado, pardiez!

Las limitaciones de la escopeta

Hagamos, pues, lo que con ese gracejo suyo tan andaluz nos dice mi admirado amigo Mariano Aguayo. Adornemos el lance cuanto queramos para quedar medio bien, pero no pasemos de ahí (en realidad esa famosa frase suya reza: El buen montero no miente, pero se adorna). Sean por tanto indulgentes conmigo y, si en este relato se me ve el plumero, no me lo tengan demasiado en cuenta.

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Camino de la armada con la repetidora al hombro

Lo que a continuaci√≥n relato, a la par de costarme tres o cuatro d√≠as espant√°rmelo de la cabeza, es un ejemplo claro de las limitaciones de la escopeta para montear, y, sobre todo, lo que no debemos hacer en lo tocante a la munici√≥n a emplear. Bien que me pesa ahora, pero a lo hecho pecho y excusas las precisas. Ustedes no hagan lo que yo… y con eso va que escarba.

Monte√°bamos una preciosa finca cordobesa, que presuntamente puede ser Los Campillos Altos, y cuando pregunt√© por qu√© arma llevar al tratarse de predio conejero, ante la respuesta de los socios, que me advirtieron que se usar√≠a escopeta, si bien no me prohibieron que usara uno de mis rifles, me dej√© llevar por la marea y, por qu√© no decirlo, por el romanticismo de cuando se son pocos y bien avenidos, y cog√≠ la Benelli so√Īando repetir ‚Äúgestas‚ÄĚ pasadas tirando a cascaporro con la mocha, romanticismo que se extiende a lances viejos de gatera y marrano gazapeado, de darle defensa al campo y no tirar siempre con los misiles Stinger que tiramos con nuestros rifles.

Pues bien, yo no ten√≠a en ese momento ni una sola bala de escopeta, por lo que pregunt√© al amigo con el que compartir√≠a medio de transporte, Miguel √Āngel Vara, si a √©l le sobraban, obteniendo por respuesta que ‚Äútodas las que quisiera, que su primo le hab√≠a recargado un buen pu√Īado y que iban muy bien‚ÄĚ.

Preparados para la acción

Decididos los pasos que ocupar√≠amos, en mi caso en un carril que dominaba medio mundo pero que dejaba ver perfectamente la veredas de las reses para tirar en jurisdicci√≥n dej√°ndolas llegar. Recib√≠ un pu√Īado de cartuchos y, sin mirarlos, me los ech√© al bolsillo.

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Yo me colocaba el primero y, a medias con mi postor, elegimos un evidente paso de las reses cervunas que cruzaban de una mancha a otra, dejando en medio unos generosos pelados. A mi compa√Īero de arriba tambi√©n se le coloc√≥ con todo el sentido com√ļn del caso y, ya listos, ech√© mano a mi munici√≥n, comprobando horrorizado que se trababan de simples cartuchos de 32 gramos, zorzaleros, a los que, recort√°ndole el cierre, se les hab√≠a extra√≠do la munici√≥n para fundirla a posteriori y confeccionar unas bolas de plomo m√°s o menos esf√©ricas. Del taco para abajo, ning√ļn cambio. Vamos, un desastre que casi me echa a llorar. Pero como no hab√≠a m√°s le√Īa que la que ard√≠a, cargu√© mis tres p√≠ldoras y me dispuse a esperar la suelta. Entonces sucedi√≥ el sue√Īo de todo montero que, como es mi caso, casi siempre montea en lo abierto.

Al poco de soltar o√≠, a√ļn muy lejos, el romper de monte de lo que cre√≠ un pitarrillo numeroso de ciervas, pero ya pechienfrente se dej√≥ ver una magn√≠fica torada de cuatro venados, dos de ellos realmente buenos, con 14 √≥ 16 puntas, que entre la fuerza que tra√≠an huyendo de la quema camino del perdedero y los golpetazos (palillazos) de sus cuernas contra las ramas bajas de los chaparros, met√≠an m√°s ruido que el que produc√≠a el cercano AVE, cuyas v√≠as ten√≠a a unos 800 metros a la izquierda. Cuando saltaron al limpio, aquello era una visi√≥n celestial ¬°Qu√© bonitos iban a su media carrera en ese orden tan natural en ellos, casi militar, echando uno de los chicos por delante cual si fuera una cierva vieja! Pienso que esa juventud y poca cabeza, en contraposici√≥n con lo que saben las hembras canas, fue lo que hizo tan err√°tica su carrera, como ahora veremos

Huyendo por lo limpio

Por un momento parecieron tomar derechitos a m√≠, pero, conforme se acercaban al monte, se desviaron, sin motivo aparente, levemente a la izquierda, a coger entre mi compa√Īero y yo. Result√≥ curioso porque el que ten√≠a un rabotazo de monte enfrente era yo y por ah√≠ debieron tomar, pero ellos lo hicieron por lo limpio, como si vinieran perseguidos por el Cancerbero y 30 rehalas de diablos a las que quisieran tomar ventaja llevadas por su mayor velocidad. En ese momento olvid√© el arma que llevaba y pens√© quitar de penar a los dos de atr√°s, uno grande y otro chico, pero pronto ca√≠ en la cuenta de lo delicado de mi situaci√≥n, pues me iban a cruzar a unos 80 √≥ 90 metros, y yo all√≠ no me fiaba un pelo de lo que consiguiera con mi escopeta convertida en arcabuz. Entonces tome la decisi√≥n, la m√°s montera que conozco, de intentar mejor√°rselos a mi compa√Īero a base de ca√Īonazos, pero ojo, confieso que el primer tiro lo hice con las peores intenciones, apuntando al grande y adelant√°ndole la punter√≠a, pero cuando vi que la bala se fue al menos tres metros alta y que tard√≥ lo que me pareci√≥ una eternidad en levantar el consiguiente polvo, r√°pidamente les baj√© la mano y les enterr√© otra bala casi en sus pies‚Ķ o eso creo, porque no vi el chasponazo. La torada peg√≥ un derrape y se dirigi√≥ franca al puesto siguiente. Al menos hab√≠a conseguido uno de mis objetivos.

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La peque√Īa junta montera.

Repetir√© aqu√≠ ese t√≥pico que tanto me gusta de que ‚Äúla √ļnica bala que no mata es la que se queda en el ca√Ī√≥n‚ÄĚ, porque llegarles s√≠ que les llegar√≠an mis balas, y bien ligeritas, aunque, eso s√≠, no por donde yo quer√≠a, sino por donde a ellas les diera la gana. Siempre pod√≠a sonar la flauta

No pasar√≠an ni diez segundos cuando mi colega tir√≥ dos veces en r√°pida sucesi√≥n. Por fuerza, pens√©, habr√≠a hecho carne, pues se lo hab√≠an comido, pero seg√ļn me cont√≥ despu√©s, los bichos le llegaron a 15 metros y se le encampanaron cargados de aire en mitad del monte, tirando al bulto, bajo donde se encontraba aquel mar de cuernas‚Ķ. Y no les dio, como suele suceder cuando no se apunta, pero s√≠ que les vari√≥ la carrera, acerc√°ndolos a m√≠, cosa que yo no pod√≠a suponer. Mi amigo hizo un poco lo que yo: pegar tiros ‚Äúde recurso‚ÄĚ, al no poder jugarles el lance de mejor manera. Entonces sucedi√≥ lo peor: sent√≠ pezu√Īazos en el carril y me aparecieron, ya por las espaldas, en un hermoso claro y en compacto pelot√≥n, los cuatro venados, a unos 60 metros, calculo. ‚ÄúLolo, hasta con esta espingarda te tienes que quedar con alguno con la bala que te queda‚ÄĚ, me dije.

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Los dos sufridos monteros protagonistas de la historia.

Ni gota de sangre

¬°Pues que si quieres arroz, Catalina! ¬°Ni vi otra vez donde dio la maldita bola de plomo, ni mucho menos di con sangre cuando registr√© mi tiro, cual era mi obligaci√≥n y mi esperanza! Hasta tres veces sub√≠ incr√©dulo en busca de los rastros, y di con ellos, ya lo creo, pero de sus pezu√Īas. Sangre, repito, ni una gota. ¬°Qu√© cara de tonto, por no emplear otro vocablo muy espa√Īol y sonoro, se me debi√≥ quedar!

No creo necesario, compa√Īeros monteros, contarles lo que sent√≠ en aquellos momentos, pero mi impotencia rozaba la desesperaci√≥n. Tampoco contarles lo que hubimos de sufrir con el cachondeito de los que ya estaban en el cortijo y vieron toda la faena, pero eso entra dentro de la liturgia montera que unas veces empleamos ‚Äúcontra‚ÄĚ el amigo de turno, y otras se nos vuelve en contra para nuestra mortificaci√≥n.

Pues, mis queridos lectores, de aquel sonoro fracaso, pues no nos enga√Īemos, no fue otra cosa, solo me promet√≠ un par de cuestiones: que intentar√≠a dormir aun con la visi√≥n que seguro que se me aparecer√≠a en sue√Īos haci√©ndome despertar ba√Īado en sudor, y que de balas malas‚Ķ ¬°una vez y no m√°s, Santo Tom√°s!

Por cierto, los cayos guisados que preparó Fale estaban buenísimos hasta el punto de hacer desaparecer, siquiera por un rato, el mal sabor de boca que se me había quedado.

Lolo Mialdea Lozano

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