Jabalíes en Turquía, seis días de caza auténtica y trabajada
13 diciembre, 2018 Trofeocaza . 2463 Visualizaciones

Caza mayor internacional

Jabalíes en Turquía, seis días de caza auténtica y trabajada

Siempre quise cazar jabalíes en Turquía y la oportunidad surgió cuando un amigo portugués, Fernando Jordao, nos ofreció la posibilidad de conocer y entrevistar a un organizador de caza turco, el señor Onder Aslan.

Personaje muy interesante que ha fomentado una caza responsable y conservacionista en su región, pero que destaca por encima de todo por su bondad y honestidad, siendo querido y casi reverenciado por los vecinos de todas las aldeas de la región.

Sabía que Turquía posee unos bosques espectaculares en la parte norte, en las orillas del mar Negro. En esta ocasión íbamos a cazar en la parte más europea, concretamente entre Izmir (Esmirna) y Estambul.

En un principio me dio pena no poder conocer los grandes bosques del norte, pero la realidad es que no sabía lo que nos esperaba. La costa mediterránea de Esmirna puede parecerse a la de cualquier región del Levante español, árida y con escasa vegetación.

Sin embargo, muy cerca de la costa comenzamos a ascender y el paisaje fue cambiando paulatinamente. Había visto en Google Maps que en la zona de Kalkim había lo que parecía un pequeño núcleo de montaña  agreste.

Mi apreciación falló en la dimensión: lo que en el mapa parecía una montañita en realidad era una sierra de más de medio millón de hectáreas.

La concesión del señor Aslan posee 500.000 hectáreas de  bosques  ininterrumpidos con un paisaje espectacular. La capital de la zona es un pueblito encantador llamado Kalkim.

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EL GRAN NIHAT

Salimos la primera mañana poco después de amanecer. El vehículo es un pequeño autobús adaptado para andar por el campo. Aunque el hotel está enclavado en plena montaña y dentro del coto, la concesión es tan amplia que el trayecto se demora cerca de una hora.

Hemos sorteado y todos tenemos asignado un número entre el uno y el diez. Se pretende dar cuatro batidas diarias, de modo que al número original del sorteo se suman otros tres y será el puesto correspondiente de la siguiente batida. Una especie de ‘tomelot’ más sencillo y eficaz.

Comenzamos poniendo al número uno mientras subimos la ladera a pico. La verdad es que me sorprende lo que hay que andar y los difíciles terrenos por los que transitamos.

Las zonas altas no tienen demasiado sotobosque, pero aun así hay que sortear algunos tramos de maleza. Por supuesto no hay caminos y en muchas ocasiones subimos a pico guiados por Nihat. Para un buen andarín no hay demasiado problema, pero se suda la gota gorda y me preocupa ver que hay cazadores de todas las edades, algunos con sus mujeres.

Tengo el número nueve y me toca en la cuerda. Cada vez que Nihat deja a un cazador en el puesto le explica las trochas por las que hay más probabilidad de que entren los jabalís. También los ángulos hacia los que puede tirar y hacia los que no, siempre con una prudencia extraordinaria, virtud que nunca sobra en estos casos.

Después de una buena retahíla de consejos al puesto número uno, Nihat le despide con: «Inchallá o, si preferís, que vuestro Dios os acompañe», con humildad y expresión de respeto. Le dijimos que nos parecía excelente que nos dijese Inchallá, y a partir de entonces nada más colocar a cada cazador se despedía con una enorme sonrisa, un abrazo y el buen deseo: «Inchallá», es decir, ‘Dios lo quiera’.

Durante todos los días de caza estuve pendiente de cómo Nihat colocaba los puestos. Me ponía en su lugar y me preguntaba si yo mismo los colocaría igual o en diferentes puntos.

Por muchos detalles, poco después del inicio Nihat me dió la impresión de ser un extraordinario cazador, sin duda con una experiencia insuperable adquirida por estar buena parte del año cazando jabalíes.

Una de las cosas que más me chocó fue que los puestos de las cuerdas no los colocaba en el balcón, asomados, sino inmediatamente nada más volcar de la cima, exactamente igual que los puestos de perdices de ojeo.

Al principio me extrañó, pues obviamente la visibilidad es muchísimo menor que si te colocas en la propia cuerda, que es lo que haríamos todos.

Pero la experiencia de más de veinte batidas y la fe en el propio Nihat me enseñó que probablemente aireas menos, te ven y escuchan menos, y si el cochino rompe cuando estás volcado te entra vendido, a huevo.

De ese modo, cuando llegamos al número nueve, en la cumbre, me colocó treinta metros volcado hacia la otra ladera. «Inchallá».

EL PRIMER LANCE

Comienzo a oír lejanas las voces de los ojeadores. La emoción me embarga puesto que estoy en un robledal precioso con suelo de hojarasca, a cerca de mil metros de altitud sobre el nivel del mar.

En pleno invierno la visibilidad debe ser completa, pero como apenas ha comenzado el otoño hay muchas hojas aún en los árboles y la visión es parcial.

Aunque estoy encantado por hallarme donde me encuentro, empiezo a ser consciente de que las posibilidades de que me entre un jabalí son prácticamente nulas ya que aireo absolutamente y el animal debería aparecerme por la cuerda a escasos treinta metros. No creo que sea posible.

Escucho ladridos de perros, de pocos, un par a lo sumo, y cuando la emoción aumenta truenan un par de tiros de mis compañeros, apenas doscientos metros más abajo. En esas estoy cuando, muy próximo a mí y realzado por el amplificador de los cascos protectores que utilizo, escucho una especie de gran bufido, próximo a la categoría de rugido.

Permanezco desconcertado, aunque con la certeza de que es la reacción de un gran animal que al llegar a la cuerda se ha topado con mi olor, y lo que escucho es su protesta. En los siguientes cinco segundos trato de ordenar mis ideas, cuando un gran oso se yergue a solo treinta metros sobre sus patas traseras, mirándome directamente.

No hacía falta que me viera porque ya su fino olfato le había hecho saber con exactitud qué otro intruso era el que estaba obstaculizando su trayecto de huida. Nada más volver a su postura cuadrúpeda comprendo que el oso lo único que pretende es evitarme sin entrar en conflictos y me empieza a rodear lentamente.

Al cabo de medio minuto entiendo el porqué de ese ritmo extraordinariamente pausado: es una osa y lleva consigo una pequeña cría que asciende con lentitud. Durante dos minutos me rodean y pasan tranquilamente entre el puesto nueve y el diez.

Saco mi cámara de fotos, pero los nervios me juegan una mala pasada y, tocando a la vez varios botones, la bloqueo. No habrá recuerdo de la osa. Dos puestos más abajo, José Moreno y Nina han cobrado un espléndido jabalí.

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Nina y José Moreno, asiduos a las batidas de jabalí de Kalkim, con el primer cochino del viaje

SOLO MACHOS

Tradicionalmente se disparaba a todos los cochinos en las batidas turcas. En los últimos años, y convencido el Gobierno de Ankara de que, además de un animal impuro, el jabalí es un recurso turístico sustancioso, se ha prohibido disparar sobre las hembras de más de cincuenta kilos; las hembras adultas.

Se trata de proteger el recurso, y para ello no han dudado en imponer una sanción de 200 euros para los cazadores que se equivoquen y abatan una hembra adulta. A algunos cazadores les escuece esta norma, más que por los 200 euros, por el hecho de que te sancionen haciéndote pasar por inexperto o, lo que es peor, por furtivo incumplidor de la ley.

Está claro que a cualquier cazador le puede pasar, y seguramente le va a ocurrir. Además en Turquía es frecuente que uno o más machos grandes entren con una piara, contrariamente a lo que ocurre en España.

No son raros tampoco los machos de pequeño o mediano tamaño provistos de unas defensas descomunales, con lo que es comprensible que se tire con un nivel de error alto. Sin embargo hubo muy pocas equivocaciones durante el viaje y más del 80% de los cochinos cobrados fueron machos.

Cada batida dura aproximadamente una hora y media. Son apasionantes y raro es que surja alguna en la que no se levanten cochinos. Durante los dos ganchos siguientes del primer día se tiraron jabalíes y se cobró algún otro macho bonito.

Yo no tuve oportunidad de verlos hasta el último, que terminó sin apenas luz. Estaba colocado a media ladera y con un pequeño barranquito por delante. Por los ladridos lejanos supe que teníamos cochinos y poco después llegó un grupo a la parte alta del barranco.

Se detuvieron y vi claramente que la primera era una hembra adulta. El resto me parecieron menores, además de otra hembra más pequeña. Ante mi asombro se pusieron a comer bellotas delante de mí. Creo que parte del éxito de estas batidas es que se dan con pocos perros y no se apura demasiado a los cochinos, con lo que entran confiados y fáciles a los puestos.

Estuvieron un par de minutos y desaparecieron. Creo que me detectaron. Un cuarto de hora después, con el rabillo del ojo vi que por detrás me entraban jabalíes. Era la misma piara que había cruzado la línea de puestos y seguía mostrándose confiada, comiendo bellotas.

Huyeron rápidamente al toparse con el puesto. Al cabo de pocos minutos tres jabalíes llegaban por encima. Pararon un instante y creo que me ventearon.

Como los batidores estaban cerca desaparecieron a bastante velocidad para volver a aparecer a setenta metros, rapidísimos, cruzando la línea de puestos por la maleza de la ladera. Tuve tiempo de tirar una bala precipitada al primero, que tenía un buen tamaño, al igual que el segundo. No se inmutó.

Al terminar la batida encontré el impacto en el suelo, sin ver sangre. Sin embargo uno de los perros se paró en un sucio a cincuenta metros de donde le había tirado y se puso a ladrar a parado. Entré con el rifle pero a pesar de los ladridos frenéticos no vimos nada, aunque casi en el acto uno de los batidores encontró sangre.

Anochecía y dejaron la búsqueda para el día siguiente. No fallaron. Un macho de unos 90 kgs, joven y escaso de defensas.

Al menos no violé la norma de las hembras.

LADRAS A PARADO

Me impresionó la eficacia en el cobro de los jabalíes heridos. Se encontraron el 100% de los pegados; varios, como el primero mío, al día siguiente. Pregunté al señor Onder si tenían un buen perro de sangre.

Me contestó que tenían un gran perro cobrador, muy listo y especializado, pero que «no era exactamente un perro sangre». Si uno es malpensado podría interpretar que al cliente que hiere un jabalí siempre le podrán llevar el trofeo de otro animal que no sea suyo.

Pero los que cobraron los traían enteros y los cazadores podíamos comprobar que era el nuestro, no solo por el tamaño y aspecto, sino por la trayectoria de los impactos que presentaba.

El segundo día la jornada fue muy similar: sorteo durante la cena y cuatro batidas bastante trabajadas. A mediodía se tomaba un tentempié caliente para que diese tiempo justo de dar otros dos ganchos.

En el primer ojeo se cobraron dos de los cochinos mayores de toda la expedición. Me hallaba en los puestos del medio cuando por el rabillo del ojo me pareció detectar movimiento detrás de mí. Al volverme vi que pasaba corriendo como una centella un animal mediano.

Era tal su velocidad que no era fácil de identificar, pero, sabedor de las especies de la zona, en el instante resolví que era un chacal. Fue un lance fugaz y me encaré casi sin tiempo tirándole a buena distancia, aunque rapidísimo.

El animal no se inmutó  y, tras acerrojar, le solté otro balazo entre la maleza que le hizo dar un tornillazo completo. Confiaba en que el chacal pudiese estar muerto a pocos metros de donde lo vi revolverse, pero no acudí puesto que en ese momento un perro comenzó a ladrar a parado a menos de cien metros delante de mí.

Los batidores estaban cerquísima del perro por el otro lado, pero el can seguía latiendo durante minutos sin moverse. Por la forma de ladrar parecía claro que un buen macareno le hacía cara sin demasiada intención de arrancar.

Dudé si acudir a la ladra, a pesar de presentir un lance fácil, ya que el monte era relativamente despejado. Pero también pensé que si el jabalí rompía podía entrar a otro compañero, con lo que desistí de moverme y abortar su carrera natural.

Fueron más de diez minutos hasta que el animal arrancó. Pasó por la ladera de enfrente, aunque no pude verlo, y acto seguido escuché el tiro de mi compañero Ángel Hidalgo, que estaba a mi derecha. Al poco tiempo llegó Ángel con una sonrisa de oreja a oreja y detrás de él dos batidores arrastrando un espléndido macareno.

Al parecer le entró tranquilo, andando, y prácticamente sin prestar atención al perro que le ladraba a una distancia prudencial. Los batidores nos comunicaron por señas que en los puestos bajos se había cobrado otro gran macareno.

Con tal intensidad y euforia no recordaba el punto exacto donde revolqué al chacal y en los escasos tres minutos que dediqué a buscarlo no logré dar con él, ni siquiera ver sangre, aunque no descarto que registrase un punto equivocado. Una lástima porque ese tipo de piezas atípicas me gustan.

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Adolfo cobró el mejor trofeo del viaje, con diferencia. Un gran jabalí que, una vez medido, arrojó una puntuación cercana a los 120 puntos CIC.

En la zona más baja de la ladera estaba mi hermano Adolfo, en un puesto muy cerrado. A comienzos de la batida escuchamos un tiro aislado. Al parecer le entró zorreado un buen cochino que pudo tirar en un trasluz.

El animal no era enorme de cuerpo pero poseía unas defensas impresionantes. Las mejores, con diferencia, de todos los que se cobraron en la expedición. Una vez medido ha dado la cifra de 120 puntos CIC.

Las ladras a parado fueron una constante en muchas de las batidas. En todas ellas sabes con certeza que se trata de un ilustre macareno que se niega a levantar, mientras sopesa la estrategia que le permita sobrevivir.

Tuve varias ladras a parado a menos de cien metros de mi puesto en los días posteriores, y ninguna de ellas rompió hacia la línea de cazadores. Todas se salieron misteriosamente de la mancha. Los grandes cochinos son doctores cum laude en cualquier parte del mundo.

EL JABALÍ LANUDO 

Casi todos los días solíamos empezar la primera batida en las zonas más altas, para ir perdiendo altura progresivamente en las siguientes. Y también nos dimos cuenta de que en las primeras solía haber más cochinos y lances que en las restantes.

El tercer día no fue una excepción y me tocó un puesto en la misma cuerda. Como siempre, Nihat me puso veinte metros detrás de la misma, impidiéndome asomar a la ladera. «Inchallá».

Estaba conmigo mi compañero Ángel García Elena, cámara en mano para grabar el reportaje que estábamos haciendo para Caza y pesca TV.

El puesto me gustaba, a pesar de que era estresante pensar que tenías que estar constantemente con los cinco sentidos en tensión, ya que si te entraba un animal de frente, como era previsible, te iba a irrumpir por el viso a solo veinte metros.

Además fue una de las batidas más largas del viaje. Apenas se había escuchado algún ladrido muy lejano, y ya llevábamos bastante más de una hora, cuando por el viso vi aparecer las puntas de dos orejas, luego un flequillo erizado, y no necesité más para encarar el rifle.

Pero el cochino tampoco necesitó más para percatarse del peligro y detenerse inmediatamente. A solo veinte metros nos miraba un jabalí espectacular, con hermosos colmillos y un pelo rizado, tipo lana, impresionante.

Estaba completamente de frente, y yo sabía que un macho viejo de esas características me iba a conceder no más de dos o tres segundos. De no aprovecharlos daría media vuelta y se taparía tras el viso en el acto.

Ya estaba encarado y apunté al pecho, pero al estar de frente reparé en que le iba a volar las defensas. En menos de lo que se tarda en contarlo disparé a la frente. El cochinazo se desplomó y la escena fue tan impresionante que Ángel, sin dejar de grabar, masculló: «Parece un oso».

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Durante unos breves estertores Ángel me susurró: «Lo vas a rematar, ¿no?». Le contesté: «Tranquilo, no hace falta». Durante la cena, rememorando el lance, me di cuenta de que Ángel, que no es cazador, me decía lo del remate pensando en evitar cualquier sufrimiento innecesario al animal, mientras que yo lo interpreté con mentalidad de cazador, en el sentido de que el jabalí pudiese escapar herido.

Después de cenar le intenté convencer, creo que con poco éxito, de que el jabalí, tras un tiro en la cabeza, no sufrió en absoluto y que los movimientos finales fueron puros reflejos.

Casi inmediatamente del tiro al cochino escuchamos otro disparo de mi compañero Agustín, que estaba en el puesto contiguo, al otro lado del viso. Interpreté que el cochinazo venía con un escudero, otro macho, que fue lo que tiró Agustín.

Terminando la montería nos entró una ladra de frente. Una nutrida piara de jabalís de 30 o 40 kilos nos atropelló al galope seguida de un perro. Había orden de matar un par de jabalíes pequeños para la cena del último día y aproveché.

Cobré el primero fácil, y el segundo se libró porque acerrojé mal y la vaina vacía permaneció en el cañón. No importó porque en la misma batida Adolfo cobró a otro hermano gemelo. Por  cierto, asados al horno, deliciosos.

La llegada de nuestros compañeros al puesto desató la euforia por el tamaño del cochino. Fue el mayor de todos los que cazamos en el viaje, con diferencia, y el señor Onder le calculó entre 180 y 200 kilos de peso.

Como suele ocurrir en estos casos, la boca no fue acorde con el tamaño del cuerpo y, aun siendo muy bonita, no fue de las mayores que conseguimos. A pesar del peso del ejemplar, me dio la impresión de no ser mayor de ‘chasis’ que los cochinos grandes que tenemos en España.

La diferencia es que estaba tan gordo que la barriga prácticamente rozaba con el suelo. No tuve oportunidad de verlo entrar de costado, y me hubiese gustado. La apariencia debía ser cómica, con un cuerpo que le llegaba hasta el suelo y unas patitas cortísimas, casi ridículas.

Así transcurrieron seis días de caza auténtica y trabajada, en la que la mayor parte de los cazadores conseguimos buenos trofeos.

En una inmensidad montañosa no es fácil concertar los cochinos para que puedan entrar en las posturas de poco más de media docena de monteros. La sabiduría de Nihat y nuestros anfitriones lo conseguían diariamente, pero también con frecuencia los cochinos ganaban la partida.

La abundancia de bellota de diferentes árboles era espectacular, aunque la densidad de cochinos sería similar a la de cualquier bosque ibérico en otoño.

El único pero que se podía poner a un viaje extraordinario fue el transporte de las armas, a veces infernal y surrealista, al tener dos vuelos de vuelta en diferentes compañías.

Quería cazar en Turquía y la experiencia superó mis expectativas. Espero volver. Inchallá.

Juan Delibes

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