Corzos esteparios Una cacería distinta en un inusitado escenario
31 julio, 2017 Trofeocaza .

Caza mayor nacional

Corzos esteparios Una cacería distinta en un inusitado escenario

El autor aborda en este artículo el rececho del corzo de llanura, un tipo de caza novedoso en nuestro país que se ha comenzado a practicar hace relativamente poco tiempo, cuando el auge poblacional de la especie le ha llevado a colonizar terrenos donde antes era impensable localizarla: la estepa.

He de confesar que ya se me hace cuesta arriba escribir de corzos. Si hace una d√©cada a√ļn no exist√≠a en Espa√Īa casi literatura sobre la especie, hoy la oferta editorial que tiene al corzo como objeto es francamente abundante.

Y si es as√≠ (que lo es) en lo que a libros se refiere, ¬Ņqu√© decir cuando de art√≠culos se trata? Llegado abril, todas las revistas de caza, sin excepci√≥n, florecen en llamativa profusi√≥n de escritos con el Capreolus como protagonista.

Y a partir de esas fechas, roto ya el fuego corcero, los n√ļmeros de los meses siguientes de cualquier publicaci√≥n cineg√©tica tratar√°n el tema con una insistencia que, aunque bienintencionada y totalmente comprensible desde un punto de vista de oportunidad comercial, puede llegar a resultar abrumadora.

Vamos, que probablemente a estas alturas del a√Īo muchos de ustedes (como yo) manifiesten ciertos s√≠ntomas de hartazgo sobre el tema.

La cosa, adem√°s, va m√°s all√° de la mera saturaci√≥n causada por el significativo n√ļmero de trabajos, de mayor o menor entidad, que se nos ponen delante. Lo que quiz√° mayor hast√≠o produzca es la sensaci√≥n, que seguramente compartimos muchos, de que a estas alturas est√° ya casi todo dicho, al menos en lo que a temas de inter√©s general se refiere, y que poco de original o novedoso puede hoy aportarse a lo ya publicado sobre la especie.

A la hora de escribir de corzos, cada nuevo artículo acaba probablemente siendo reiteración de otro anterior. Incluso en las expresiones literarias y las figuras estilísticas parece que uno hubiera de pisar sendas trilladas.

Con los escritos sobre el corzo¬†ya ocurre lo que con las cr√≥nicas de monter√≠as, donde es dif√≠cil que al autor no se le escape una menci√≥n a las ‚Äúcl√°sicas migas monteras‚ÄĚ, o con las narraciones sobre aguardos cochineros, trance en el que resultar√° excepcional que el plum√≠fero de turno no caiga en el lugar com√ļn del ‚Äúcoro de los grillos que cantan a la luna‚ÄĚ.

Por este motivo, adem√°s de por una constitucional aversi√≥n m√≠a a los t√≥picos, me permitir√°n ustedes que en este art√≠culo me proponga evitar referirme al corzo como ‚Äúel duende del bosque‚ÄĚ. Y no s√≥lo por tratarse de una expresi√≥n desde mi punto de vista excesivamente manida, sino tambi√©n porque a los corzos de los que hoy querr√≠a hablarles (los que habitan nuestras dilatadas llanuras y desabrigadas parameras) no les cuadrar√≠a en absoluto.

EL NOVEDOSO CORZO DE LLANURA.

Hace ya bastantes a√Īos que, cazando en mano faisanes y liebrotas, grandes como perros, por los feraces campos de cultivo h√ļngaros, en la vega del Danubio, vi con mis propios ojos grupos de corzos que, sin duda, pertenec√≠an a aquel interesante ‚Äúecotipo‚ÄĚ del que yo hab√≠a tenido conocimiento previamente por la literatura especializada, pero que nunca antes hab√≠a observado en nuestro propio suelo: el ‚Äúcorzo de llanura‚ÄĚ.

Lo que a un cazador como yo, ya entonces suficientemente familiarizado con la especie, llam√≥ en aquella ocasi√≥n la atenci√≥n fue sobre todo el comportamiento de los animales que (ante el avance de la l√≠nea de cazadores y movedizos viszlas, que como trazos de fuego, surcaban de un lado a otro los rastrojos de girasol y los campos de remolacha), a√ļn pudiendo buscar refugio en los islotes de bosque que salpicaban la llanura, evitaban estos y, por el contrario, prefer√≠an permanecer en terreno despejado para mantenernos a la vista y dominarnos, lo que demostraba que confiaban su seguridad en la distancia.

Se comportaban, para entendernos, del mismo modo como podr√≠a hacerlo un bando de avutardas en cualquier remoto paraje de una estepa espa√Īola.

Han hecho falta pocos lustros para que lo que yo vi entonces en Centroeuropa se haya convertido también en una realidad en nuestro suelo.

Cazar en estas dilatadas llanuras requiere vista y paciencia para escudri√Īar a fondo el entorno.

Los corzos, que en los a√Īos 70 y 80 del pasado siglo, a partir de los reductos poblacionales que hab√≠an quedado en las grandes sierras, colonizaron todas las zonas de media monta√Īa adecuadas para ellos, pronto empezaron e extenderse, apoy√°ndose habitualmente en corredores fluviales, hasta aparecer en √°reas de cultivo que con toda probabilidad llevaban siglos sin ser holladas por pezu√Īas de la especie.

Y as√≠, ya en los a√Īos 90 empez√≥ a ser habitual encontrarse con parejas de corzos aquerenciadas en lugares cuyas caracter√≠sticas se alejaban bastante del arquetipo boscoso establecido por la ortodoxia como h√°bitat de referencia para el Capreolus capreolus.

Esos lugares, sin embargo, eran entonces casi siempre perdidos y baldíos con matorrales dispersos, o liegos entre campos de cereal que conservaban alguna vegetación de cierto porte (espinos, rosales, zarzas…) en la que los corzos cifraban su seguridad y, llegado el caso, buscaban su perdedero.

All√≠ a√ļn, ante la aparici√≥n de un peligro, la reacci√≥n del corzo era huir y esconderse en lo posible, acogi√©ndose siempre al amparo de lo m√°s espeso hasta desaparecer del escenario.

Ocupado y saturado tambi√©n pronto este tipo de h√°bitat (en el que, por cierto, se cobraron algunos de los mejores trofeos de los √ļltimos a√Īos), los corzos hubieron de aventurarse a conquistar la llanura pelada.

Y as√≠, como bien ilustran algunas de las fotos que acompa√Īan a este art√≠culo, hoy en d√≠a ya no es excepcional en Espa√Īa observar corzos en parajes donde pr√°cticamente no crecen en kil√≥metros a la redonda matas m√°s altas que un tomillo.

Se trata de animales cuya estrategia defensiva, como la de aquellos h√ļngaros de que hablaba un poco m√°s arriba, se basa en el mantenimiento de la distancia.

SINGULAR CACER√ćA.

La aparición de corzos en lugares tan poco adecuados en principio para la especie y con un comportamiento tan diferente del habitual viene a confirmar la proverbial adaptabilidad del corzo y no sólo resulta interesante para los estudiosos de su comportamiento.

A los aficionados a la caza, estos corzos nos brindan la ocasión de disfrutar de una modalidad venatoria diferente y de practicar un rececho muy especial, que desde mi punto de vista resulta enormemente atractivo.

Lo primero que el cazador ha de tener en cuenta al enfrentarse al reto de intentar cobrar uno de estos corzos de llanura es que en los espacios abiertos el olfato y, sobre todo, el oído cuentan mucho menos que en el bosque.

Los animales se defienden allí fundamentalmente con la vista y este es el sentido que, en justa correspondencia, también el cazador ha de ejercitar al máximo para localizarlos.

Se trata pues, de un tipo de cacería en la que hay que recorrer bastante terreno y mirar mucho, oteando durante horas si fuera necesario, hasta descubrir un corzo que pueda encajar en el perfil de lo que se busca.

Aunque resulte sorprendente para el desconocedor del comportamiento del corzo en este tipo de entorno, también aquí (como en el bosque) la pieza buscada puede aparecer de repente, en un lugar donde minutos antes parecía no haber nada y donde nunca se habría pensado que un ejemplar de la especie se escondiera.

Y ello no solamente porque siempre es posible que el animal, al primer vistazo, se encuentre oculto por un simple pliegue o anfractuosidad del terreno. También por otras causas.

Recuerdo al respecto, por ejemplo, que hace alg√ļn tiempo, sorprendido de haber visto en varias ocasiones surgir corzos como por ensalmo de una zona muy desnuda de un cazadero soriano que disfrut√© durante varios a√Īos, decid√≠, ya la ma√Īana bien entrada, arrimarme hasta all√≠ para averiguar de d√≥nde proven√≠an aquellos animales.

Corzos-esteparios-localizacion

La estrategia defensiva del corzo en estos entornos se basa en el mantenimiento de la distancia.

El lugar era una simple linde, de no m√°s de tres metros de anchura, en la que crec√≠an solamente algunas matas rastreras y que separaba dos pedazos sembrados de cereal. Por el centro del ribazo discurr√≠a un caz de desag√ľe que, artificialmente ahondado sobre el trazado del arroyo original, recog√≠a y evacuaba las aguas de escorrent√≠a de los campos.

Cuando llegué a la zona en cuestión descubrí que el agua había erosionado el terreno arenoso hasta hacer que el cauce, que en todo el resto de su recorrido no sobrepasaba una profundidad de dos o tres palmos, alcanzase allí un par de metros.

Intrigado, me met√≠ dentro de la inesperada trinchera natural as√≠ formada. Y entonces entend√≠ claramente el enigma: por causa de un peque√Īo meandro que el curso del agua describ√≠a, algunos trozos de los taludes laterales casi verticales que lo confinaban se hab√≠an desplomado, creando en uno de los lados (el de mayor radio) una especie de amplia oquedad natural, protegida de los duros rayos del sol de Castilla por el propio extraplomo del terreno.

En la peque√Īa y umbr√≠a playa de suelo arenoso que en esa margen del arroyuelo se formaba, se pod√≠an distinguir pisadas de corzos e incluso se ve√≠an claramente algunas camas recientes.

Afuera, la luz cegaba, hacía un intenso calor seco y zumbaban machaconamente los insectos. Dentro, la sombra y la humedad creaban un microclima privilegiado. ¡Bien sabían los corzos dónde sestear a la fresca durante las largas jornadas del verano soriano!

Así pues, paciencia a la hora de atalayar, que la sorpresa puede surgir en cualquier momento. Después, una vez descubierto y bien valorado el animal (para lo que el empleo de un telescopio terrestre resulta indispensable), si aquél es el adecuado llega el momento de plantear una conveniente estrategia de aproximación, que puede exigir de grandes rodeos para (ahora sí, necesariamente) atacar con el viento de cara.

En la fase final, debido a la escasez habitual de cobertura vegetal con la que ocultarse en este tipo de entorno, probablemente sea incluso necesario reptar alg√ļn trecho hasta alcanzar el punto desde el que intentar el disparo; disparo que, por otra parte, a causa de esa dificultad de aproximaci√≥n, ha de hacerse con frecuencia a apreciable distancia. Por ello resulta fundamental el empleo de un apoyo estable (como, por ejemplo, el muy eficaz b√≠pode Harris) y la utilizaci√≥n de un calibre con buena rasante.

Es esta una cacería novedosa, muy distinta de la del corzo en terreno boscoso y que exige con frecuencia un mayor esfuerzo físico del cazador tanto por la necesidad habitual de realizar a buen paso amplios movimientos envolventes como para ejecutar la aproximación final.

En el bosque, sin duda, prima la sorpresa. Allí hay que cazar como un gato, aguardando o recechando con sigilo, amparándose en la vegetación y las sombras.

Lo habitual en este entorno es que el corzo bien aparezca de repente, en el claro donde se le espera ya a distancia de tiro, o bien que el cazador lo descubra no demasiado lejos mientras rececha calmosamente (aquí, moverse despacio es la base del éxito), por lo que sólo se requerirá de una corta (aunque no por ello menos emocionante) aproximación final hasta el lugar del disparo. Por esta causa los lances suelen ser de menor duración.

En la inmensidad de la llanura, bajo una luminosidad intensa y sin otro amparo que el del propio terreno, el sigilo no es tan primordial ni los lances tan repentinos.

Desde que se descubre un corzo hasta que uno llega a ponerse a tiro pueden pasar muchos minutos, que incluso se convertir√°n en horas si es que hace falta tiempo para llegar a juzgar bien al animal o si, quiz√°, debe esperarse a que la pieza se mueva a alguna zona en la que la entrada sea m√°s factible.

Aquí, en el páramo, hay que cazar de vista, como haría un lobo, oteando para localizar primero a la presa y desplegando después, con inteligencia, la estrategia necesaria para lograr recortarle distancia.

UN ALEM√ĀN EN LA ESTEPA CASTELLANA.

Una tenue claridad por oriente era el √ļnico signo de que la amanecida llegaba. Arriba, en el alto cielo celtib√©rico, una luminosa salpicadura de estrellas tachonaba un cielo de una limpieza y una profundidad sobrecogedoras.

Habíamos madrugado mucho para llegar de noche y a oscuras al punto desde donde yo quería atalayar, pues aquel viejo corzo, que tenía localizado en una zona desnuda del coto, no aguantaba nada.

Bastaba la simple irrupci√≥n en su √°rea de campeo de alg√ļn veh√≠culo que recorriese el carril que la cruzaba para que el animal arrancase en franca carrera, sin detenerse hasta trasponer en la lejan√≠a.

De hecho, esa era la imagen que ten√≠a de √©l: un huidizo corzo, viejo, de recias hechuras corporales y provisto de cuerna larga, bien perlada y adem√°s posiblemente ya en regresi√≥n que, antes de volcar la l√≠nea del horizonte, se deten√≠a un momento contra el azul del cielo, lo justo para meterlo en el catalejo y alcanzar a pensar: ‚Äú!Buen bicho! Pero ya por hoy no hay nada que hacer‚Ķ‚ÄĚ

Miraba yo de reojo a mi amigo alemán. Acostumbrado a cazar en los pintorescos y profundos bosques de Suavia, lo que hasta ahora había entrevisto (bajo la luz de los focos del coche) debía de tenerle desconcertado: una llanura yerma, sin casi relieve ni arbolado alguno donde, desde luego, no podía ser que yo seriamente plantease que fuéramos a cazar corzos.

El destino iba a querer, sin embargo, que all√≠, en aquel aparentemente inadecuado escenario, viviese pronto la que (seg√ļn sus propias palabras) habr√≠a de ser la experiencia venatoria m√°s emocionante de su vida tras los corzos. Y eso que ten√≠a un buen n√ļmero de ellos en su haber.

Habíamos dejado el vehículo al pie de una suave loma desde la que yo sabía que se dominaba mucho terreno y en su cumbre, sentados en el suelo, con el rifle y el catalejo a nuestra vera, estábamos los dos en silencio, esperando a que Dios amaneciera. A pesar de lo avanzado del mes de julio, no nos sobraba la ropa de abrigo.

La luz fue viniendo. En torno empezaban a cantar los pájaros y olía intensamente a tomillo. La cara de Sven reflejaba una mezcla de sorpresa e incredulidad ante el panorama que poco a poco se iba desvelando: una paramera sin término bajo un cielo sin fin, que se extendía hasta la remota lejanía y donde no se descubría ni un solo árbol.

Solo algunos matorrales aislados (un espino aquí, tres rosales silvestres allá) rompían la herbácea uniformidad de los sucesivos campos de cereal, entreverados en ocasiones por algunos baldíos.

Como ya empezaba a verse lo suficiente, me ech√© los prism√°ticos a la cara y, met√≥dicamente, empec√© a escudri√Īar el terreno. Y pronto, para sorpresa del alem√°n, fui se√Īal√°ndole animales: un macho joven, del que solo se ve√≠a la cabeza, navegando por el ondulante mar de una cebada ya espigada; una hembra, con su cr√≠a a la vera, destac√°ndose a contraluz en un viso distante; un ejemplar cuya filiaci√≥n no terminaba de estar clara, all√° abajo, comistrajeando distra√≠damente donde m√°s verdeaba la vaguada‚Ķ

Del cielo nos llegaron unos vibrantes chirridos que parecían aproximarse. Con rectilíneo vuelo, dos aves de afiladas alas y negros vientres, que se distinguían bien porque la luz del astro que ya asomaba por el horizonte las iluminaba desde abajo, cruzaron sobre nosotros. Eran ortegas. Sonriendo, le dije a mi amigo:

‚ÄďEsos p√°jaros, que seguro no has visto nunca antes, se llaman como yo…

Las ortegas se perdieron en la lejan√≠a, probablemente hacia alg√ļn remoto bebedero, y nosotros seguimos escrutando el entorno. El sol se elevaba poco a poco sobre la planicie y, extendiendo los largos dedos de sus rayos, fue apoder√°ndose con mano firme del paisaje.

El mejor momento del d√≠a (el de la primera luz difusa, bajo la que el ojo a√ļn no distingue colores) se iba alejando. Pasaba el tiempo y desde all√≠ nada de inter√©s pod√≠a divisarse. Pero, aunque el d√≠a estaba cada vez m√°s cuajado, s√≥lo cab√≠a seguir esperando y confiar en la suerte‚Ķ

Y, de repente, de una revuelta que, en su extremo m√°s alejado, describ√≠a la vaguada donde careaba el √ļltimo corzo localizado (al que, merced al catalejo, hab√≠amos terminado por identificar como otro macho joven), surgieron dos nuevos animales.

Antes de conseguir enfocarlos con el telescopio, por el diferente color y corpulencia de uno de ellos y la inmediata reacción del ejemplar inmaduro, que rápidamente puso tierra por medio emprendiendo apresurado galope vaguada arriba, ya estaba yo seguro de lo que los 60 aumentos de la lente iban pronto a confirmar.

Corzos-esteparios-zona-de-disparo

El disparo se efectuó desde el majano que aparece en primer plano de la foto. El corzo se encontraba en el cuadro rojo marcado en ella.

‚ÄאּEl corzo! Ah√≠ est√° nuestro corzo‚Ķ

La visión de la pieza buscada pareció electrizarnos, e instantáneamente toda la quietud que hasta entonces nos poseía se transformó en precipitación y nerviosismo.

‚ÄאּVamos! ¬°Deprisa! Coge el rifle, que los bichos van ya de retirada y la linde del coto no est√° lejos. No hay tiempo que perder. Hay que darles la vuelta‚Ķ Espera, el viento, ¬Ņc√≥mo viene ahora el viento?

Agachados y movi√©ndonos lentamente, nos dejamos caer por la contrapendiente hasta quedar ocultos de la vista de los corzos. Entonces, unas veces apretando el paso, casi a la carrera, y otras despacio, buscando taparnos incluso con las menores ondulaciones del terreno, fuimos acortando distancia. Alcanzado un peque√Īo alcor, a partir del cual ya no hab√≠a desenfilada posible, le dije al alem√°n, que sudaba a chorros por la emoci√≥n y el esfuerzo:

‚ÄďDesde aqu√≠, ya entra t√ļ solo. A ver si eres capaz de quitarle otros cien metros. Intenta llegar arrastr√°ndote hasta aquel peque√Īo majano, para tirar apoyado en √©l‚Ķ

Sven asintió. Vi que se preparaba para el asalto final y, al darme cuenta del llamativo estado de agitación en que se hallaba, le dije:

‚ÄאּVenga! ¬°A por √©l! Pero cuando llegues, t√≥mate tu tiempo. No lo vayas a fallar‚Ķ

Desde mi emplazamiento contemplé toda la acción como privilegiado espectador: la aproximación primero, metro a metro, con largas pausas cada vez que los animales dejaban de comer y recelosos levantaban la cabeza; la larga pausa después (que se me hizo eterna), desde que el alemán llegó al montoncillo de piedras y encajó en ellas la mochila y el rifle; y, al fin, el seco trallazo del disparo…

Pronto nos encontramos los dos junto a la pieza, sobre la que ambos nos abalanzamos. Manoseamos su perlada cuerna, girándole la cabeza para verla desde distintos puntos de vista; acariciamos su ralo y pardusco pelo de verano; le abrimos la boca para comprobar el desgaste de su dentadura…

Rebosantes de satisfacci√≥n, nos dimos un fuerte y sentido abrazo. A lo intenso de la vivencia compartida hab√≠a que sumar lo que el manoseo confirmaba: que el corzo abatido era uno de esos animales que gusta cobrar, un ejemplar adulto, probablemente de seis o siete a√Īos de edad, que seguramente tuvo mejores cuernas en a√Īos anteriores.

Alcanzado el objetivo buscado y cumplida con éxito la cacería, nos dedicamos entonces a hacer fotos para dejar constancia del lance. Si uno, siempre que es posible, gusta de rematar una jornada de caza con la toma de unas imágenes de recuerdo, en esta ocasión era mi amigo teutón el que más interés ponía en que quedase testimonio gráfico de la jornada:

Corzos-esteparios-resultado

Lo extremo del clima en la estepa hace que las primeras jornadas de la temporada, en claro contraste con las cacerías estivales, puedan resultar auténticamente heladoras. Aunque en ocasiones los resultados compensan con creces los sufrimientos.

‚ÄďPablo: que se vea el paisaje; sobre todo, que se vea el paisaje. Si no, en Alemania nadie me va a creer‚Ķ

LOS CORZOS Y EL AGUA

A cualquiera que conozca un poco las inclinaciones y necesidades vitales del corzo lo que más le llamará la atención de la presencia de ejemplares de la especie en entornos tan áridos y hostiles como son las altas estepas castellanas o aragonesas es que en ellos no existen cursos de agua permanentes y los escasos bebederos disponibles se encuentran muchas veces muy distantes entre sí.

Debe considerarse sin embargo que, en la mayoría de los casos, la instalación de los corzos en tales parajes tiene un carácter estacional, restringiéndose fundamentalmente a la primavera y la primera mitad del verano.

Incluso en lugares sometidos a una extremosa continentalidad de clima como son estas ásperas parameras, probablemente por causa de su elevada altitud existe con frecuencia, hasta bien entrado el mes de junio, algo de rocío matutino que permite el crecimiento de cierta vegetación jugosa, como tréboles o alfalfas silvestres, en las zonas menos expuestas a los rayos solares; y es en ella donde sin duda los corzos encuentran la humedad necesaria para su metabolismo.

De todas maneras, si bien es cierto lo anterior, no lo es menos que encontrar en agosto una mata verde en aquel entorno resulta tarea ardua. Y, sin embargo, es un hecho comprobado que los corzos esteparios siguen all√≠ en esta √©poca estival. Esos corzos, sorprendentemente adaptados a la falta de agua, s√≥lo abandonar√°n su territorio, acogi√©ndose a lugares m√°s rec√≥nditos, cuando las cosechadoras sieguen las mieses y los reba√Īos de ovejas entren a los rastrojos, reduci√©ndolos en pocas jornadas a polvorientos solares.

Texto y fotos: Pablo Ortega

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