El coleccionista de huesos.
23 septiembre, 2021 Trofeocaza .

Caza mayor nacional

El coleccionista de huesos.

 

Aunque siempre es un placer disfrutar de una buena pel√≠cula, y m√°s a√ļn si su protagonista es una joven y despampanante Angelina Jolie, no toca hablar de cine, aunque se trate de cazar a un malvado coleccionista de trofeos, trofeos que no son otra cosa que los huesos de sus v√≠ctimas.

No es ni mucho menos mi intenci√≥n establecer analog√≠a alguna entre los trofeos venatorios y los que, seg√ļn Hollywood, atesoran los psic√≥patas homicidas. Pese a que este sea un argumento muy de ecologista anticaza, nada que ver con la realidad.

Conozco desde hace a√Īos Bone Collector, ese estupendo programa de caza del Outdoor Channel, que desde hace m√°s de una d√©cada y de la mano de Michael Waddell, ha forjado una empresa dedicada a defender la cultura de la caza, ‚Äúpara los amantes del aire libre, los guerreros de fin de semana, los obreros y trabajadores que realizan horas extras para dedicar tiempo a hacer lo que aman.

Bone Collector trata de promover la caza y la cultura del aire libre para que todos tengan la oportunidad de disfrutar de nuestro derecho a cazar, el que Dios nos ha dado‚ÄĚ, seg√ļn palabras de Waddell. Los incontables seguidores de este icono de la caza en Norteam√©rica se agrupan en torno a The Brotherhood, la Hermandad.

Y fue all√≠, en el Blog de la Hermandad, donde descubr√≠ un art√≠culo publicado en Hook & Barrel, en el que se trata un tema sobre el que se vierten ingentes cantidades de tinta, a ambos lados del oc√©ano: la caza de grandes trofeos, o ‚Äúcaza trofeista‚ÄĚ como algunos la denominan.

Entre las m√ļltiples acepciones que la RAE nos ofrece del vocablo ‚Äútrofeo‚ÄĚ, y aunque quiz√° sea la m√°s disparatada, yo me quedar√≠a con: ‚ÄúObjeto usado por el enemigo en la guerra, del que se apodera el vencedor‚ÄĚ. Pero, aunque la RAE ofreciera infinitas acepciones, ninguna de las respuestas contentar√≠a a todos, y siempre habr√° alg√ļn talib√°n que solo d√© por buena su definici√≥n; el de siempre, el orate poseedor de la eterna verdad.

Si tuviera que definir ‚Äútrofeo‚ÄĚ, esta ser√≠a muy simple y creo que ajustada a una realidad consensuada: un ‚Äútrofeo‚ÄĚ es la representaci√≥n f√≠sica de un recuerdo, de un logro, de una emoci√≥n, de un lance. Independientemente del n√ļmero de puntas, grosor y peso de sus cuernas, a√Īos del animal, color o belleza.

 

Ciervo tumbado

 

Doy por hecho que hablamos siempre de todo o parte del animal abatido, aunque alg√ļn rom√°ntico a√Īadir√° a la lista la cicatriz, el hueso roto o guijarro que le hizo marrar el lance. ¬ŅPor qu√© no? Al fin y al cabo, su mente volver√° a revivir una y mil veces el momento ante su simpe mirada.

Esta acepci√≥n se acercar√≠a bastante a la idea que Waddell expresa en la citada entrevista cuando habla de su deber como comunicador: ‚ÄúHacer que la gente se d√© cuenta de que no se trata del ciervo m√°s grande, sino de las cosas m√°s peque√Īas, las que m√°s importan. La ardilla debajo de tu puesto, ese p√°jaro que aterriza en la rama a tu lado, la salida del sol regalo de Dios rompiendo las ramas y la camarader√≠a del campamento, no el trofeo.

Dicho esto, a√Īadir√© que no hay nada de malo en cazar grandes trofeos, me encanta cazar grandes trofeos, pero no dejo que ese sea el √ļnico factor que me mantiene en los √°rboles. Cazar no se trata de matar, se trata de la experiencia‚ÄĚ.

Afortunadamente, a ambos lados del Atl√°ntico la esencia de la caza prima sobre la calidad del trofeo. Pero mientras en la cuna de la conservaci√≥n, los cazadores americanos no demonizan la ‚Äúcaza trofeista‚ÄĚ, a este lado del charco, algunas voces se levantan enojadas se√Īalando con el dedo a aquel que ‚Äúpuede o quiere‚ÄĚ hacerse con el mejor de los trofeos.

Enarbolando la bandera de la conservaci√≥n. Curiosamente, allende los mares, son los animalistas, veganos y pseudoecologistas, los que entonan los mismos argumentos que aqu√≠ algunos cazadores de imantada br√ļjula.

No voy a bajar al ruedo de la Antropolog√≠a para se√Īalar el tocado del jefe del clan, ese que luce las cuernas m√°s grandes y cuyo manto no es otro que la piel del enorme oso que amenazaba a los suyos, y que dio de comer de forma abundante al clan.

No voy a se√Īalar que nuestra memoria gen√©tica reclama ese puesto y, por ende, la simbolog√≠a que le rodea. Voy a adentrarme en algo mucho m√°s mundano. Pues, al igual que anta√Īo el mejor cazador luc√≠a los mejores trofeos, hoga√Īo los cazadores muestran sobre sus paredes, o engarzados en sus cuellos, trofeos fruto bien del azar o la constancia, bien del saber hacer y el esfuerzo por dotar a sus predios de estos, bien, en muchas ocasiones, otras no, del l√≠cito resultado de ese mont√≥n de horas extras del que hablaba Waddell.

Tampoco me voy a meter en charcos de conservación, pero sí voy a poner el acento sobre algo muy importante y que es imposible obtener, salvo por azar, sin el resultado de una excelente, continuada y milimétrica gestión en fincas y acotados.

El concepto ‚Äúvalor‚ÄĚ, a nadie se le escapa. Cuanto mayor sea el valor de un trofeo, mayor ser√° el inter√©s que suscite. Y no voy a otorgar distinto valor a una imponente res cobrada a rececho, fruto de la gesti√≥n realizada durante a√Īos por la propiedad, que al deslumbrante plantel que tras una monter√≠a ofrece orgulloso el gestor del predio.

 

Alce y ciervo

 

Pues el mismo esfuerzo y tes√≥n son necesarios para ambos, aunque su gesti√≥n sea diferente, mas no menos ardua y complicada. Los trofeos ‚Äúcosechados‚ÄĚ, como dicen los americanos, por los part√≠cipes en las distintas modalidades, ya sea pelo o pluma, pueden otorgar, o no, un reconocimiento al cazador; pero, sin duda, lo har√° a quien ha conseguido, gracias a su gesti√≥n, ponerlos a su alcance.

Al final, he acabado hablando de conservaci√≥n, pues para conseguir esos resultados de los que hablamos: el cuidado de la gen√©tica, de la calidad del sustento, de esa disponibilidad de alimento y agua, a la par de unas densidades ajustadas en cantidad, sexo y edades a la ‚Äúcapacidad de carga‚ÄĚ del entorno que los cobija, no deviene en otra cosa que en la mejor ‚Äúconservaci√≥n‚ÄĚ.

El coleccionista de huesos trofeista se ha convertido, pues, en condici√≥n sine qua non, en la raz√≥n √ļltima de esa conservaci√≥n, en la inmensa mayor√≠a de los casos. Pues conozco pocas fincas o acotados que puedan ofrecer esa calidad de paisajes y ejemplares, si su fin √ļltimo no es la venatoria; si bien podr√≠a nombrar multitud, en el sentido contrario.

Volviendo atr√°s, hay una cosa que me llama terriblemente la atenci√≥n respecto del orate poseedor de la eterna verdad, ese que se alza en contra del ‚Äúcazador trofeista‚ÄĚ: el postureo en redes sociales del mancebo en cuesti√≥n, ante o mostrando una pared repleta de trofeos, del que cuelgan medallas que simbolizan distintos metales, normalmente con pretensa abundancia del dorado.

Medallas que muestran el valor del trofeo demostrado por la res abatida en el caso de la caza mayor, y en virtud del resultado obtenido por la aplicación de las fórmulas de medición del Safari Club Internacional o del CIC.

Y cuyo otorgamiento oficial se realiza en Espa√Īa tras su estudio y homologaci√≥n por la Junta Nacional de Homologaci√≥n de Trofeos de Caza y las distintas Comisiones Auton√≥micas, encargadas de aplicar las f√≥rmulas de valoraci√≥n correspondientes a cada especie. En Espa√Īa, las adoptadas por el Consejo Internacional de la Caza y Conservaci√≥n de la Fauna (CIC).

Prueba de la importancia de la medici√≥n del valor de los trofeos es que los Cat√°logos Generales de Trofeos, editados por la JNHTC, y los Libros de r√©cords de trofeos de especies cineg√©ticas, Record Book, del SCI, son imprescindibles herramientas de consulta, a disposici√≥n de todos los cazadores del mundo, para conocer el estado de salud de una especie en determinado lugar y, con ello, un factor determinante a la hora de escoger un destino de caza. Pues en ellos se puede consultar ‚Äúel valor en puntos‚ÄĚ de las distintas especies, fecha, regi√≥n y finca, donde su propietario realiz√≥ el abate.

No sé si Caín guardó como trofeo la quijada con la que se apioló a Abel. Pero algo en mi interior me dice que la quijada era de venado, y ambos cazadores.

 

Laureano de Las Cuevas.

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