Historia y caza de las agachadizas o agachonas
16 abril, 2018 Trofeocaza . 822 Visualizaciones

Caza menor nacional

Historia y caza de las agachadizas o agachonas

La caza de la agachona, una de las m√°s apasionantes y dif√≠ciles entre las de acu√°ticas, es la base de este relato, en el que Javier Hidalgo, a trav√©s de datos t√©cnicos, la historia natural de las distintas especies y nost√°lgicos recuerdos de la ni√Īez, nos acerca a estas aves.

Un grupo de amigos m√≠os, ingleses y escoceses, cazan agachonas durante toda la temporada a base de seguirlas en su migraci√≥n oto√Īal. Empiezan en septiembre en las islas Shetland y contin√ļan con ellas en los moors escoceses; en octubre las siguen hasta Irlanda y Cornualles, para cazarlas luego en el sur de Francia y en el delta del Ebro, antes de buscarlas en unos arrozales de Marruecos donde se cuentan por miles.

Son unos aut√©nticos apasionados de esta especialidad cineg√©tica, lo que no me extra√Īa porque, al haberlas cazado desde ni√Īo en la marisma, padezco la misma adicci√≥n por ellas que mis amigos brit√°nicos.

Quiz√°s sea por lo dif√≠cil del tiro y por la complicada accesibilidad y facilidad de movimientos en el medio donde habitan, pero lo cierto es que los cazadores ‚Äďpocos‚Äď que las han probado experimentan esa pasi√≥n por ellas a que me he referido antes.

Después está también su indiscutible interés culinario. Mi madre las colocaba a muchas millas por delante de la becada o gallineta, la codiciada becasse o mordorée de los restaurantes parisinos, en su lista de aves de caza en la cocina. Y es que, bien cocinadas, proporcionan un sabor salvaje y delicado al tiempo, muy diferente de cualquier otro procedente de piezas de caza menor.

Agachadizas-autor

El autor con su primera agachadiza

Mi introducci√≥n a la caza de becacinas no fue afortunada y creo que mi padre se arrepinti√≥ de haberme llevado. Yo deb√≠a tener muy pocos a√Īos, cinco a lo sumo, y los mayores decidieron que el terreno estaba muy enfangado como para que los ni√Īos pudieran desenvolverse, y nos dejaron a mi primo y a m√≠ en los coches.

Con los batidores y los tiros de las escopetas, las vacas bravas que pastaban en aquellos marjales inundados se retiraron y, buscando las alturas, fueron a parar a la veta donde estaban los coches, los cuales quedaron rodeados por el ganado, que se dedicó a carear los alrededores.

Mi primo y yo rompimos a llorar de miedo, alarmando con nuestro llanto a la partida de caza, que hubo de interrumpir la batida. M√°s adelante, con siete a√Īos, y tirando con una escopeta de calibre 12 mm. (4.10) en el puesto de mi padre, le ‚Äėcort√© un chaleco‚Äô, es decir, derrib√© una agachona que nos entr√≥ atravesada y que √©l tir√≥ primero. Por entonces ya le hab√≠a perdido el miedo al ganado bravo.

Las agachadizas, agachonas o becacinas, que por todos esos nombres y otros m√°s se las conoce a lo largo de nuestra geograf√≠a, son aves lim√≠colas de peque√Īo-mediano tama√Īo, con patas largas y pico muy largo.

En el grupo hay hasta 18 especies diferentes, de las cuales tenemos tres en nuestra región biográfica, el paleártico occidental. Las nuestras son migratorias y, aunque tienen un vuelo potente y en zigzag, prefieren amonarse en el suelo antes de arrancar el vuelo cuando presienten alguna amenaza.

Su pico posee una regi√≥n sensitiva cerca del extremo que les permite rastrear y encontrar en el subsuelo los peque√Īos invertebrados de los que se alimentan.

Su plumaje es críptico y presenta un barreado continuo prácticamente por todo el cuerpo. Quizás sea ello, la peculiar coloración de sus plumas, uno de los factores que más contribuyen a dotar a estas aves de ese irresistible atractivo que infunden al cazador.

La agachadiza com√ļn (Gallinago gallinago) es la que tiene el pico m√°s largo de las tres especies que habitan en Europa. Las continuas franjas de su plumaje se interrumpen en la zona ventral, que es de color blanco puro.

Tiene un vuelo endiablado, con una primera parte al arrancar en zigzag y luego coge altura en un ángulo de 45 grados, transformándose después en un potente y consistente batir de alas, ya sin zigzaguear. Tiende a volver a la zona de donde se arrancó, y cuando aterriza lo hace cerrando las alas y cayendo a peso hasta casi tocar el suelo, donde las abre a modo de frenos.

Siempre emite un repetido grito, como ‚Äėchorrch‚Äô, seco y raspante al levantarse, que alarma a las otras aves que se encuentren en las proximidades, y se levantan por ello. Una vez han alcanzado altura, se re√ļnen en el aire evolucionando a veces en bandadas compactas.

Solo conozco dos formas de cazarlas:

Al salto, y entonces el tiro ha de hacerse antes de que comience el zigzagueo, cerca del suelo; o bien, si salió a corta distancia, aguardar a que termine el zigzag y disparar entonces, si no está ya fuera de tiro.

En batida también ofrece un tiro complicado porque generalmente entra a los puestos a buena altura.

Las agachonas viven en parajes encharcados de poca profundidad, tanto de agua dulce como salobre o salada, a veces en prados del interior inundados, orillas de desag√ľes o arroyos y marismas mareales.

Tienen preferencia por zonas ocupadas por el ganado, cuyas deyecciones producen gusanos y otros peque√Īos organismos que capturan clavando el pico en la superficie fangosa o inundada.

Antiguamente eran fijas y proporcionaban buenas perchas en las zonas destinadas a vertidos de aguas negras de las poblaciones, hoy día inexistentes debido a preceptiva instalación de estaciones depuradoras.

Crían en latitudes altas, desde el bajo ártico hasta regiones boreales y temperadas, pero no en zonas mediterráneas.

En Espa√Īa, por ejemplo, se estimaron en los a√Īos noventa unas 100 parejas en ciertos prados alpinos como los que hay en la provincia de √Āvila, en la cara norte de Gredos.

En mayor o menor cantidad, es nidificante en todos los pa√≠ses europeos; pero es en Islandia, Escandinavia y, sobre todo, Rusia, donde se asienta el grueso de la poblaci√≥n pale√°rtica, con una estimaci√≥n de 10 millones de parejas para este √ļltimo pa√≠s.

Con excepción de algunos de los ejemplares nidificantes en Europa occidental, la mayor parte de las agachadizas europeas son migrantes y viajan al sur para pasar el invierno.

Nosotros recibimos muchas de ellas, pero tambi√©n se extienden por Gran Breta√Īa, Francia, los pa√≠ses balc√°nicos, Italia y Oriente Medio. Muchas llegan a √Āfrica y pasan m√°s all√° del Sahel.

La migraci√≥n puede comenzar tan temprano como en el mes de julio, como lo demuestran nuestras espor√°dicas observaciones de las primeras aves durante ese mes. El grueso de los efectivos se pone en marcha en septiembre-octubre, y en nuestras latitudes se observan ya ciertas concentraciones a finales de este √ļltimo mes.

Luego, en la migración prenupcial, observamos concentraciones a finales de enero-febrero, justo cuando la temporada hábil de caza ha terminado.

Las agachonas son mon√≥gamas y los machos realizan un caracter√≠stico vuelo de cortejo en los crep√ļsculos, durante el cual emiten como un peculiar balido, ‚Äėjejejeje‚Äô, al vibrar con el aire las plumas rectrices externas, que las separa totalmente del resto de la cola en vuelo picado.

La puesta suele ser de cuatro huevos y los pollos son alimentados al principio por parte de los padres, pico a pico.

Aparte de la agachadiza com√ļn, en Espa√Īa es relativamente frecuente la agachadiza chica (Lymnocryptes minimus), mucho menos abundante y que comparte con aquella pr√°cticamente el mismo h√°bitat.

Es sensiblemente m√°s peque√Īa, tiene un vuelo menos variable y potente; y, literalmente, necesita ser pisada o arrollada por el perro para arrancar el vuelo. Una vez en el aire, se desplaza una distancia corta antes de aterrizar de nuevo.

No se comprende muy bien por qué en nuestro país, donde es invernante y no cría, no está incluida en la lista de especies cazables, mientras que sí lo está en otros países de la UE.

La tercera especie con la que contamos es la agachadiza real (Gallinago media), aunque entre nosotros, por sus escasas citas, tiene la consideraci√≥n de accidental. Es la de mayor tama√Īo de las tres y tiene el pico m√°s corto que la com√ļn. Vive en Escandinavia y en Europa del Este, e inverna mayormente en el √Āfrica tropical.

Agachadizas-especies

 

Guardo muchos y muy buenos recuerdos de cacer√≠as de agachonas en mi ni√Īez. Entonces las busc√°bamos mayormente en las extensas playas del r√≠o, cerca de la desembocadura, unas praderas fangosas cubiertas de barr√≥n salado que las mareas ba√Īaban y donde pastaba numeroso ganado vacuno y caballar.

Un día, al llegar, descubrimos una buena querencia de silbones en el lucio de Los Albardones y nos colocamos en sus orillas, llegando a cobrar unos 50 antes de empezar a batir las agachonas. Para ello marcábamos segmentos en la ancha pradera y la línea de escopetas familiares se colocaba desde la orilla del río hasta las alturas de almajo donde terminaba el barrón.

Cada batida iba acumulando el p√°jaro en la siguiente. Con lo que los resultados iban in crescendo. En los √°lbumes de fotos de mi casa hay alguna de mi padre con una percha de m√°s de 200 y tambi√©n una foto m√≠a con mi primera agachona, aquella que protagoniz√≥ el ‚Äėcorte de chaleco‚Äô que le hice a mi padre.

En este escenario se produjo la primera cita en Espa√Īa del escribano nival (Plectrophenax nivalis). En mitad de una batida, mi padre, que siempre ten√≠a los prism√°ticos al cuello, vio aproximarse una bandada de bisbitas migrantes y, entre ellas, un p√°jaro blanco.

Al no poder identificarlo en vuelo y a cierta distancia, y viendo que el grupo iba a pasar por encima del puesto de mi tío Pepe, le gritó a este pidiéndole que intentara derribar al pájaro blanco, ruego que mi tío ejecutó con limpieza.

Una vez en la mano, mi padre lo identific√≥ como un macho de estos escribanos n√≥rdicos que yo despu√©s he visto con frecuencia como invernante en Gran Breta√Īa.

El ejemplar en cuesti√≥n se encuentra naturalizado en el museo de Ciencias Naturales de Madrid. Aquellas praderas de barr√≥n fueron destruidas en su mayor√≠a cuando, en los a√Īos ochenta, dragaron el r√≠o y los dep√≥sitos extra√≠dos del fondo fueron acumulados sobre ellas, creando unas mesetas de m√°s de dos metros de altura, que cambiaron por completo el h√°bitat y su vegetaci√≥n. H√°bitat, por otra parte, muy querencioso para la cr√≠a de un gran n√ļmero de patos: reales, frisos, pardillas y colorados o claudios.

Después he seguido cazando agachonas en los tramos de orilla que no se alteraron completamente y en los almajales interiores, pero ya no se dan de forma tan numerosa. Cuando introduje a mi hijo en esta caza apasionante, lo coloqué en el extremo de una zona querenciosa y yo entré con la perra por el otro extremo.

Al llegar a su puesto yo había cobrado dos arrancadas por delante y él había tirado 25 tiros a las que entraban batidas por mí… ¡sin cortar una pluma! Así de difíciles pueden resultar y no solo para los no iniciados.

Cuando cazo a caballo en Gran Breta√Īa, las veo con frecuencia, sobre todo si estamos en una zona pr√≥xima a la costa. All√≠ las he arrancado hasta en mitad de un rastrojo no inundado.

Tambi√©n he derribado algunas en batidas de faisanes, y recuerdo una en concreto que cobr√© en Yorkshire en los grousemoors cuando est√°bamos cazando el grouse. Cada invierno, cuando los temporales de fr√≠o arrecian m√°s al norte, levanto alguna en mitad de la campi√Īa, cuando ando corriendo liebres o simplemente entrenando alg√ļn caballo de carreras.

La mejor forma de prepararlas para la mesa es cocinarlas con aceite, sal, ajo, laurel y jerez amontillado, encima de la candela en una sartén, envueltas en jamón ibérico. En mi familia han sido siempre la primera preferencia entre los platos de caza.

Junto con los patos, es la agachadiza la especie que más ávidamente despierta mi instinto cazador. Tal vez sea por la dificultad de su caza, por la predilección que mi madre le profesaba o por su atractivo y enigmático plumaje. No lo sé.

Javier Hidalgo

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