ANIMALES CON DERECHOS: LA GRAN FALACIA
20 agosto, 2020 Trofeocaza .

Opinión

ANIMALES CON DERECHOS: LA GRAN FALACIA

Quiero comenzar estas l√≠neas pidiendo disculpas por no haberlas escrito antes. El primer momento fue cuando el sector animalista comenz√≥ a hablar de esta figura en distintos eventos. El retraso no tiene perd√≥n cuando nuestro actual gobierno crea una direcci√≥n general, con presupuesto incluido, con este t√≠tulo y la situaci√≥n se agrava, a√ļn m√°s, cuando su titular comienza a hacer p√ļblicos sus verdaderos prop√≥sitos.

Que los animales no tienen derechos es una afirmaci√≥n rotunda con base en las ra√≠ces de la filosof√≠a del Derecho. A nadie se le ocurrir√≠a plante√°rselo siquiera a Norberto Bobbio o a Hans Kelsen . Aunque, ni la ciencia jur√≠dica, ni¬† el ordenamiento contemplan los derechos de los animales ¬Ņes posible que, en teor√≠a, se pueda alcanzar este reconocimiento?

Para no “sucumbir” a esta tentaci√≥n y perder la cordura, arrastrados por los defensores de la humanizaci√≥n de los animales, es indispensable acudir a fil√≥sofos como Tom√°s de Aquino, quien analiz√≥ de forma profunda el orden de la Naturaleza, en su conocida teor√≠a de la Escala de los Seres. Como se√Īala en su magn√≠fico art√≠culo Francisca Tomar (del mismo nombre), el inter√©s por esta relaci√≥n se remonta al neoplatonismo, atribuyendo a ARIST√ďTELES la iniciativa de ordenar a todos los animales seg√ļn su grado de perfecci√≥n.

Esta iniciativa tiene su máxima expresión durante la cristiandad medieval con la tesis de Tomás de Aquino. Para el autor, este orden es fácilmente comprobable en nuestra experiencia cotidiana. Le podremos llamar ley de la selva o cadena trófica, pero es una realidad que unos seres se imponen a otros, en una cadena que comienza en la materia y termina en Dios, en un orden basado en el grado de perfección, con referencia a tres dimensiones: especie, modo y orden.

En lo que al objeto de esta reflexi√≥n interesa, este tercer elemento, el ordo, es el que determina la capacidad de comunicarse a otros y tender esa comunicaci√≥n. Este orden genera una distinci√≥n entre los seres y, necesariamente, una jerarqu√≠a, con el establecimiento de grados o clases. Especialmente en su obra Suma contra los Gentiles, es donde AQUINO clasifica los distintos entes, orden√°ndolos por la perfecci√≥n de sus operaciones, en cuya clasificaci√≥n sit√ļa a los que tienen vida sensitiva, bajo aqu√©llos que alcanzan la vida intelectiva (que implica cierto grado de consciencia y juicio).

As√≠, con la vida intelectual llegamos al nivel m√°s alto, que se manifiesta en el poder de reflexi√≥n y hace que el viviente sea due√Īo de su propio juicio y tambi√©n de sus designios, un nivel reservado a partir del ser humano, nunca a los animales, que quedan por debajo en este orden natural.

Esta capacidad intelectual de decisi√≥n, que es reflejo de la perfecci√≥n de los seres, seg√ļn la expresada doctrina de pensamiento, podemos identificarla con la denominada capacidad jur√≠dica, como aptitud para tener derechos y obligaciones, reconocida s√≥lo a la persona, que la adquiere con el nacimiento, seg√ļn establece el art√≠culo 30 de nuestro C√≥digo Civil. En esta norma se atribuye a los animales la categor√≠a de bienes muebles, nunca como titulares de derechos.

Si acudimos a la norma básica estatal, la Ley de Sanidad Animal 8/2003, en ninguno de sus preceptos recoge a los animales como sujetos de derechos. Igualmente ocurre con las leyes autonómicas de bienestar o protección animal, citando como una de las más novedosas, la ley navarra 19/2019 de 4 de abril. Esta realidad nos permite concluir que, en coherencia con la teoría filosófica expuesta, en nuestro ordenamiento no existe una sola norma en la que se atribuya derechos a los animales, lo que deja sin herramientas de trabajo a nuestra nueva dirección general.

Expuesta la anterior situaci√≥n ¬Ņqu√© sustento tiene hablar de derechos de los animales? Llegados a este punto, la m√°s profunda teor√≠a animalista acude con fe ciega al limbo de un supuesto Derecho internacional sobre la materia, la mayor falacia de este pensamiento radical, basada en la supuesta existencia de una declaraci√≥n internacional. Como pone en evidencia el an√°lisis de Carlos P√©rez Vaquero ¬†(El bulo de la Declaraci√≥n de los derechos de los animales), el animalismo, con su potente maquinaria medi√°tica, nos vende (e incluso ha llegado a colar en alg√ļn pre√°mbulo normativo, v.g. Ley auton√≥mica de Murcia 6/2017) la aprobaci√≥n, unas veces por Naciones Unidas, otras por parte de la UNESCO, de una Declaraci√≥n de Derechos de los Animales. Nada m√°s lejos de la realidad.

Como explica el autor, la iniciativa de aprobar esta declaraci√≥n internacional parti√≥ de la Liga Internacional de Derechos del Animal, una entidad creada en Suiza en 1976 y dirigida por German H. Heuse, miembro de la Secretar√≠a de la UNESCO en 1978, cuando el d√≠a 15 de octubre de ese a√Īo, este texto fue le√≠do en la Gran Sala de la Casa de la UNESCO, nunca sometida a aprobaci√≥n por su asamblea.

Este acto de lectura o proclamaci√≥n, fue y es, el √ļnico acto formal de esta declaraci√≥n, que, en ning√ļn caso, lo convierte en un instrumento de Derecho internacional, como bien se√Īala Francisco Capacete . Ni que decir tiene que este documento nunca ha sido acogido, ni aprobado, por la ONU, por lo que se trata de un texto sin ninguna validez jur√≠dica o legal.

En definitiva, como concluye P√©rez Vaquero, se trata de un documento privado¬†‚Äďcomo tambi√©n ocurre, por ejemplo, con la¬†Declaraci√≥n de Independencia del Ciberespacio, que John Perry Barlow formul√≥ en Davos (Suiza), el 8 de febrero de 1996 (Se me ocurre si deber√≠amos crear una direcci√≥n general en pro de la independencia del m√°s all√°).

Los anteriores argumentos nos permiten afirmar que los derechos de los animales no existen y prever que no los van a tener. No tienen amparo dentro de la doctrina filos√≥fica, ni de la jur√≠dica. Tampoco tienen acogida en nuestro ordenamiento, siendo la mayor falacia la afirmaci√≥n de su amparo en el Derecho internacional. Sirvan estas l√≠neas como explicaci√≥n √ļtil al sentido com√ļn de tantos ciudadanos normales preocupados y con raz√≥n.

Diferentes preguntas me asaltan despu√©s de esta reflexi√≥n: ¬Ņest√° justificado mantener entonces nuestra reci√©n estrenada direcci√≥n general? ¬Ņno ser√° que su creaci√≥n se debe a parte del precio pendiente de pago por el gobierno actual? ¬Ņhasta d√≥nde van a dejar llegar a un organismo sin objeto √ļtil y conocido? ¬Ņvamos a seguir la corriente a la gran falacia, para dar de comer a unos pocos a costa de muchos?

Se atribuye al dirigente nazi G√∂bbels, jefe de la propaganda del III Reich, la frase seg√ļn la cual, una mentira repetida mil veces, se convierte en verdad. Tanto hablar de derechos de los animales sin denunciar que es una falacia, igual producir√≠a ese efecto.

Ahí lo dejo, por ahora.

Alfonso Aguado Puig

Doctor en Derecho

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