20 junio, 2016 Trofeocaza . 1674 Visualizaciones 4.1

Opinión Ramón Soria

En verano madrugar en el campo es otra cosa

Parturient montes, nascetur ridiculus mus (‚ÄėParir√°n los montes, mas nacer√° un rat√≥n rid√≠culo‚Äô)

El periodista y poeta Jos√© Jim√©nez Lozano escribi√≥: ‚Äúporque tiene que haber habido alguna vez un para√≠so, donde solo el tiempo de disfrute es tiempo. Soportamos la historia en espera de peque√Īos para√≠sos, que sostienen a los hombres en su tarea de producci√≥n‚ÄĚ. Algo perdimos porque si no millones y millones de personas no tendr√≠amos este empe√Īo a medias consciente y a medias inconsciente de desear volver al campo. No a√Īorar√≠amos lo que all√≠ encontramos y que cada cual explica a su manera, con distintas palabras, pero diciendo m√°s o menos lo mismo. Algo perdido y com√ļn a√ļn palpita all√≠, todav√≠a nos toca cuando vamos, da igual el lugar, monte, r√≠o, bosque o p√°ramo por el que caminemos.

Es cierto que hay personas que no lo necesitan, no ven allí otra cosa que incomodidad, frío o calor, insectos y pinchos, espacios inhóspitos o inseguros, salvajismo hostil y aburrimiento. Tal vez estas personas sean superiores, la civilización urbana ha desechado en ellas las molestias de todo lo que un día era primitivo o tal vez sólo es amnesia, han olvidado ese paraíso ancestral o prefieren los otros, los que ofrecen los resorts y las playas urbanizadas, los viajes exóticos de agencia y los hoteles con piscina y chiringuito, muchos más cómodos, previsibles y seguros. Pero nosotros si, casi sentimos su ausencia como una suave drogodependencia que nos produce desasosiego o tristeza si pasa demasiado tiempo sin que pisemos el campo.

Ahora, en verano, madrugar es uno de los placeres asequibles m√°s gustosos. Durante muchos a√Īos y muchas temporadas, los domingos de oto√Īo e invierno, nos levant√°bamos a las cinco de la ma√Īana para llegar a los cazaderos. Madrugar entonces, con el fr√≠o mordiendo, no era muy placentero salvo por tener la certeza de que nos esperaban, algunas horas despu√©s, en un campo cristalino por la escarcha, las liebres y las perdices. Pero en verano madrugar en el campo es otra cosa.

Tocamos a√ļn el fresco de la noche, nos embobamos mirando los p√°jaros y los insectos que llevan ya despiertos mucho m√°s que nosotros, saboreamos un caf√© mirando las acacias, las encinas del fondo, los alisos del r√≠o, los pinares de lejos. Tras el caf√© hago un poco de trabajo manual con la madera de una escopeta que ha regalado Lluis Ledesma a mi hijo. Tras lijar y repasar los dibujos despacio con gramajes de lija cada vez m√°s finos, ahora estoy con el lento pulido de manos y manos de aceite hasta que la madera va ense√Īando su alma y su belleza. Tambi√©n hay ‚Äúpara√≠so‚ÄĚ en ese tipo de trabajo manual, con d√≠as por delante, sin prisa. ‚Äúdonde solo el tiempo de disfrute es tiempo‚ÄĚ.

En estas horas tempranas es en las que mejor nos vuelve ese recuerdo de lo que fue aquel m√≠tico lugar, cuando m√°s n√≠tida tenemos la certeza de que el campo nos da algo que nunca podr√° regalarnos la ciudad y la muchedumbre. He hablado de todo esto con algunos amigos y casi todos me han referido las mismas palabras: ‚Äúes como estar en casa‚ÄĚ. Estar en la naturaleza es para nosotros otra forma de estar en el hogar, un lugar acogedor, seguro y nuestro, aunque nos sintamos hombres y mujeres civilizados, urbanitas y sedentarios.

Bajo luego al r√≠o. Hay una zona arenosa y seca bajo tres grandes √°rboles en los que cuelgo una hamaca verde de loneta fina que me cabe en el bolsillo del pantal√≥n de campo. A veces pasa una nutria, una garza real, una banda de patos que nunca tocan el agua. Suelo llevar un bloc de notas o alg√ļn libro. Esta vez tocaba el ‚ÄúAtlas de la Espa√Īa Imaginaria‚ÄĚ de Julio Llamazares.

Muchos a√Īos antes, en el siglo XVI, Juan de la Cruz escribi√≥ todo aquello de ‚Äúla m√ļsica callada, la soledad sonora‚ÄĚ pero muchos poetas antes y despu√©s que √©l han vuelto a ese lugar so√Īado, nos atrae como un im√°n potente e invisible, no nos deja tranquilos en la ciudad. El mito permanece en todas las culturas y en todos los lugares de la tierra donde los hombres y las mujeres han llegado y deseado habitar.

No se trata de descanso, ni de paz, ni de relax sino de todo lo contrario, de contemplar el vértigo de la vida verdadera, de asombrarnos de cada cosa que pasa a nuestro lado, de cómo el tiempo puede ser intenso y nuestro si queremos, ligeros y sin más posesión que ese tiempo sutil y soberano, libres de la melancolía y las derrotas que impone siempre la historia y el progreso.

‚ÄúPorque tiene que haber habido alguna vez un para√≠so, donde solo el tiempo de disfrute es tiempo‚Ä̂Ķ Somos millones los hechizados, millones a los que no se nos ha olvidado qu√© se siente all√≠, a qu√© sabe, qu√© color tiene, o tuvo, aquel lugar… lo llamamos as√≠: para√≠so. Para cada cual ese rinc√≥n tienen un nombre m√°s propio y concreto. Las sierras, los montes, los p√°ramos, los valles y los r√≠os de Espa√Īa est√°n llenos a√ļn de ese lugar, no hay que ir muy lejos. Tal vez una vez nos expulsaron, pero recordamos el camino y siempre, casi a escondidas, volvemos. Por eso merece la pena madrugar.

Ram√≥n J. Soria Bre√Īa

Valoración del editor

Graphics
5/5
Gameplay
4.5/5
Sound
3/5
Storyline
4/5

4.13

Good
4.13
Summary

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