Morir de éxito
20 mayo, 2022 Trofeo Caza

Opinión

Morir de éxito

No te preocupes, ni siquiera te dar√°s cuenta. Entrar√© sigiloso con el aire en de cara, buscando esa encina de tres patas donde te gusta tumbarte en el mullido suelo de esa isla entre siembras donde este a√Īo tocan yeros, esos que tanto disfrutas atacando su jugosa ra√≠z en los meses de est√≠o.

Querido capreolus, ese terrible momento ha llegado: tenemos que despedirnos. Es tiempo del agridulce desenlace después de tantas jornadas juntos. Pensar que te he visto nacer, como hice con tus padres y abuelos, hace, pese a que resulte incomprensible, mucho más fácil este adiós. Aunque en mi memoria jamás desaparecerás, te llevaré conmigo allá donde vaya. Narraré tus andanzas cuan trovador sin cornamusa a todo aquel que preguntare tu historia. Nuestra historia. Ese duelo de ingenios donde me has ganado la partida tantas veces, hoy toca a su fin. Se acabó tu suerte.

Recuerdo la primera vez que me tropec√© contigo, en una soleada ma√Īana del final de mayo. Andaba yo, como siempre, embebido en mis pensamientos cuando, literalmente, top√© contigo, con esos peque√Īos ojos negros que me miraban inm√≥vil agazapado entre las altas hierbas que forraban en lader√≥n bajo el camino que separa el cerro del vallejo de la mina, en la parcela de Manolo, el de la pe√Īa. Inm√≥vil, perfectamente camuflado por esa piel moteada que casi te hacia invisible a ojos indiscretos, no s√© cu√°l de los dos se sorprendi√≥ m√°s en ese inesperado encuentro. Pero, tras ese primer momento de zozobra, recuerdo como si fuera ayer lo dif√≠cil que me result√≥ tomar distancia, no acariciarte, no arroparte entre mis brazos, apartarme lentamente y, sin perderte de vista, tratar de borrar mi rastro devolviendo cada brizna a su lugar, trazando una media luna caminando de espaldas sin perderte de vista, hipnotizado con la gracilidad de tu belleza. Con un √ļnico pensamiento: que ninguna gandana pudiera a trav√©s de mi torpeza dar contigo. Recuerdo lo dif√≠cil que fue hacerte un par de fotos con el m√≥vil, pues el alto pasto forrajero que me llegaba a la cintura, casi te tapaban por completo y yo no quer√≠a dejar se√Īales de mi presencia en el lugar, a sabiendas de que impregnar de mi olor tu cobijo podr√≠a ser para ti una sentencia de muerte.

La verdad es que puede que nuestro encuentro no fuera tan casual, pues el a√Īo anterior tu madre ya hab√≠a parido en esa parcela a un par de parientes tuyos, no s√© si hermanos o hermanastros, pues esa man√≠a que tiene tu madre y todas las madres de tu especie de andar picando de flor en flor durante el celo, yaciendo por doquier con los mejores machos que perpet√ļen su linaje, lo hace ciertamente complicado. Pero viendo tu evoluci√≥n con el paso de los a√Īos, la mala leche que gastas, el color oscuro de tu manto y la perfecta ejecuci√≥n de las seis largas puntas de tu tocado, me han hecho que, desde tu segunda cabeza, estar casi seguro, de que algo tuvo que ver aquel impresionante macho al que llam√°bamos el Chocolatero, y que el capullo de Laure ech√≥ al suelo diciendo entre risotadas nerviosas: ¬ę¬°Perd√≥n pap√°, perd√≥n pap√°, me he equivocado!¬Ľ, mientras la hembra que le hab√≠a se√Īalado corr√≠a siembra abajo como alma que lleva el diablo. Lo que Laure en ese momento no sab√≠a es que no ten√≠a duda alguna de que me la iba a jugar y por eso estamos all√≠, entre dos luces, a la ca√≠da de la tarde, esperando a que saliera del pinar, como tantas veces. Creo que pocos regalos tan bonitos ha ofrecido la madre naturaleza a un padre que poder vivir los nervios, la emoci√≥n, la duda y el respingo posterior al abate de ese hermoso corzo color chocolate que dio pie a la m√°s maravillosa de las sonrisas bajo el brillo chispeante de los ojos exultantes de un imberbe cazador. Ese beso y ese abrazo que casi acaba con los dos en el suelo, es algo que nadie jam√°s me podr√° arrebatar.

Querido capreolus, aunque bastante cabroncete a partir del tercero, tus primeros a√Īos no fueron muy distintos de los de otros corzos. Pegado a tu madre el primero, aprendiendo a reconocer los mejores brotes, las mejores siembras o el sabor de la melosa, cobijado a su amparo o rampando y dando cabriolas con tu gemelo, disfrutando de soles nieves y aguaceros tumbados sesteando, o al socaire en el monte. La verdad es que tu madre fue muy paciente contigo y te aguant√≥ hasta bien avanzado el siguiente parto, en el que moment√°neamente te apart√≥ para permitirte rondarle alg√ļn tiempo despu√©s, no mucho. Cosa distinta hubiera sido si te hubieran parido hembra, pues hubieras disfrutado m√°s tiempo de su compa√Ī√≠a y, probablemente, no te estar√≠a dirigiendo estas letras, simplemente un hola y adi√≥s. Eso s√≠, en su momento indicado, como mandan los c√°nones.

Alg√ļn d√≠a le preguntar√© a alguna hembra, como hacen eso de dejar los embarazos suspendidos hasta diciembre, eso que llaman diapausa embrionaria, pues creo que t√ļ careces por tu sexo de esa informaci√≥n, aunque estuvieras en el limbo de los corzos durante esos cuatro meses, en los que, adem√°s, la abundancia de alimentos y la bondad del clima de aquel a√Īo permiti√≥ a tu madre escoger parir dos machetes.

Tuviste la gran suerte de nacer en un territorio en expansi√≥n donde, pese a tu destacado tama√Īo respecto a tus compa√Īeros de a√Īada, alg√ļn roce tuviste con el macho dominante, que no vio en ti el suficiente peligro para escarmentarte m√°s all√° de un par de carreras de sonoras ladras. Permitiendo, curiosamente, quedarte dentro de los l√≠mites de su territorio sin obligarte al exilio, algo que en zonas m√°s al norte donde la densidad es mayor y, por tanto, la competencia, hubiera significado tu expulsi√≥n inmediata. Una suerte para ti haber nacido en esa ‘manchuela’ rica en oportunidades con ese id√≠lico damero de siembras y monte, agua, sol y refugio, donde a√ļn no se habla de miasis, al contrario que en las zonas tradicionales donde los corzos no albergan larvas de Cephenemyia en ollares y gargantas, y la Hypoderma no mortifica sus lomos con esa quemaz√≥n que produce que te taladren la piel a bocados.

Al menos t√ļ no morir√°s de √©xito, del √©xito de una expansi√≥n descontrolada favorecida por una gesti√≥n silv√≠cola sin parang√≥n en Europa y el triste abandono de un mundo rural donde ya no se escuchan las risas de los ni√Īos y no ta√Īen las campanas salvo a muerto, donde uno aparcea las tierras de muchos en pos de que todos ganen algo. Descontrolada expansi√≥n amparada por una gesti√≥n ego√≠sta que no ha querido entender de ratios, de equilibrios, de la necesidad de un control poblacional en base a una capacidad de carga. Y digo ego√≠sta, s√≠, pues a√ļn muchos piensan err√≥neamente que, a m√°s hembras, m√°s corzos, consiguiendo √ļnicamente que estas dejen de parir y sean vectores de transmisi√≥n de todas esas pu√Īetas de las que hablamos y cuyo mayor aliado es la sobrepoblaci√≥n. Gesti√≥n ego√≠sta que aboca al declive los trofeos de sus machos. En el campo hay lo que hay y si no hay para todos, mal vamos.

Querido capreolus, tu tercer a√Īo fue colosal, volvi√©ndose tu coronada testuz objeto de deseo y ense√Īa de combate, guion que se√Īala la grandeza de tu estirpe y reta insultante al contrincante, invitando a poner pies en polvorosa a aquellos que a√ļn no han sido favorecidos por la Madre Tierra o no lo ser√°n nunca. Pero no todo ha sido un camino de rosas para ti. Te recuerdo que, aunque t√ļ no me vieras, yo s√≠ te he visto doblar el lomo, te he visto salir cabeza gacha tras dos horas de combate, carreras y ladras con ese macho que te ense√Ī√≥ modales en aquel manch√≥n del arroyo de la Cueva de la Jud√≠a. Primer a√Īo de pandemia. Tambi√©n mi primera salida tras meses de encierro en la c√≥moda prisi√≥n de ladrillo y cristal. Y he aqu√≠ donde, la casualidad, quiz√°s los hados, quisieron que escuchara la primera andanada sonora que el viejo macho dirigi√≥ a modo de aviso a ese altanero que pretend√≠a sus predios. Poniendo culo en tierra y bien apoyada la espalda sobre el amplio tronco de un negral al borde del cereal un par de metros adentro, asist√≠ en silencio a vuestro duelo particular. Primero, la ladra en distancia que se acorta por momentos; despu√©s, ese baile chulesco que suele acabar, y acab√≥ en fren√©ticas carreras y estruendosos topetazos y entrechocar de cuernas blandidas como espadas, con alg√ļn que otro puntazo. Mi posici√≥n no me permite verlo todo, pero lo que no veo lo imagino. Hasta que, por fin, en un secular silencio, vislumbro ya, entre dos luces, c√≥mo asomas exhausto por el ribazo, cabeza gacha, andar cansino‚Ķ y, detr√°s de ti, a veinte metros, tu verdugo escolt√°ndote al destierro. Una vez m√°s te sonri√≥ la suerte y el silbido del .270 W destronaba al vencedor.

Dos a√Īos ya han pasado desde que esos 145 grains dieran un vuelco a tu futuro, coloc√°ndote como amo y se√Īor del territorio. Y la verdad es que he de reconocer que no lo has debido hacer tan mal, pues aqu√≠ sigues campeando a tu antojo, corriendo rivales y cubriendo hembras, y aumentando el poder√≠o de esa corona, que me temo empezar√° a perder fulgor, pues este a√Īo otros machos han tirado y desmogado antes que t√ļ. Me temo que es tiempo de reemplazo, pues ya despunta quien apunta maneras a ocupar tu puesto, un macho nuevo y robusto que nunca antes hab√≠a visto y que aportar√° sangre nueva.

Querido capreolus, en el fondo has sido un t√≠o con suerte. Has tenido una placentera existencia vigilada por algunos locos convencidos de que una correcta conservaci√≥n pasa por aplicar peque√Īas dosis de plomo controlando y adaptando el territorio a sus posibilidades. Chalados que cada a√Īo recogen su cosecha en forma de carne y cuerna. Y que entienden la caza como un recurso natural renovable, o como dicen ahora ‚Äėcomo algo sostenible‚Äô. Chalados que no se enfundan en ideolog√≠as, modas o corrientes, que saben el lugar que ocupa cada cual en el orden natural y que quiz√°s por ello gusten tildar su condici√≥n de ‚Äėnaturalistas‚Äô.

No te preocupes, ni siquiera te dar√°s cuenta. Entrar√© sigiloso con el aire en de cara, buscando esa encina de tres patas donde te gusta tumbarte en el mullido suelo de esa isla entre siembras donde este a√Īo tocan yeros, esos que tanto disfrutas atacando su jugosa ra√≠z en los meses de est√≠o. Quedamente buscar√© tu coraz√≥n con la cruz de la lente y durante un eterno instante ambos latir√°n a la par, hasta que monte el pelo; despu√©s‚Ķ el silencio.

Laureno de las Cuevas

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