Si a las perdices de granja
30 mayo, 2017 Trofeocaza . 2154 Visualizaciones

Francisco Cuenca Opinión

Si a las perdices de granja

En algunos de mis últimos artículos me refiero a temas importantes para la caza que merecen mucha más atención de la que les dedico; pero dispongo de poco espacio y, además, temo que mis escasos lectores no soportarían mayor extensión.

Considero que la caza es una actividad de igual naturaleza que la agrícola o ganadera; de hecho, así viene siendo desde hace tiempo, y en muchas fincas constituye buena parte del rendimiento. Para que la explotación de la caza sea rentable es necesaria cierta densidad, y para conseguirla no basta lo que el campo produce espontáneamente, así que la cría artificial se impone.

Afirmar esto me lleva a un terreno resbaladizo, porque son muchas, y autorizadas, las voces que niegan el pan y la sal a todo lo que no sea caza salvaje; de modo que romper una lanza en favor de la artificial conlleva un riesgo.

Me fijaré en la perdiz, considerada tradicionalmente como la reina de la caza menor. La he cazado desde los once años en Andalucía, La Mancha y Extremadura, en sierras, llanuras, dehesas, viñas, pinares, olivares.

Pues bien, de todos mis cazaderos habituales la perdiz salvaje han desaparecido. En Villarrodrigo, un pueblo de la Sierra de Segura donde aprendí a cazar de la mano de mi padre, no queda ni una; tampoco en los restantes pueblos de la Sierra, ni en los colindantes, ya manchegos. Lo mismo tengo que decir de Marmolejo y su comarca, La Serena, Herencia o Villafranca de los Caballeros.

No es posible que yo sea nuevo caballo de Atila y que haya exterminado las perdices en las tierras que he pisado, por lo que sospecho que en casi todas las que no he hollado ocurre lo mismo; digo ‘casi’ porque me consta que en algunas fincas subsisten las viejas perdices. Lo que barruntaba Delibes se ha cumplido. En «Dos días de caza», refiriéndose a la apertura y cierre de la temporada dice: «… las perchas se han hecho más exiguas y deslucidas, lo que quiere decir que la caza en Castilla va sensiblemente a menos y que tal vez dentro de otros tres lustros estas dos fechas carezcan de sentido porque no habrá temporada, esto es, perdices ni liebres que la justifican». En «El último coto», el 30 de diciembre de 1991, teme «que la campaña cuyo cierre adelantamos hoy no se limite a ser una mala temporada sino el principio del fin de la caza silvestre en España».

Si se quiere seguir cazando perdices no hay más remedio que hacer lo que se viene haciendo: acudir a la cría artificial. Pensar que siguiendo las leyes de la naturaleza la perdiz recuperará su densidad de antaño es utópico, de modo que no demonizo a las perdices de granja, las imponen los nuevos tiempos.

Defender esto no supone desconocer el abismo que separa lo de antes y lo de ahora. Por eso me ha causado verdadero asombro el reportaje que leo sobre las tácticas para cazar perdices; si la revista fuese de hace cuarenta años suscribiría casi todo lo que dice, pero en los tiempos que corren se trata de pura fantasía: «… pájaros que se levantan a 500 metros antes de llegar nosotros y otros que se cruzan tres cotos antes de desplegar el tren de aterrizaje».

Las perdices que, por millones, se sueltan cada año en nuestros campos no hacen nada de eso: la mayor parte a duras penas se levantarán para un primer vuelo a ras del suelo, rara vez podrán emprender el segundo y no digamos el tercero. Para matarlas huelgan las siete tácticas recomendadas, y no es necesario emular, como se sugiere, a Tragacete.

Al final de la «táctica número 3» se habla del «momento de los campeones», del «asalto a la cumbre, donde asomándonos con tiento a uno y otro lado, sin dejar rincones, disfrutaremos de lances memorables, celebrados a menudo con ‘perdigotes’ fornidos, como de gimnasio, y patas jalonadas de espolones a modo de grosor y longitud de colmillos en un jabalí».

Hijo mío, permíteme un consejo: no subas. Es seguro que no encontrarás ese atlético perdigón, más probable es que encuentres, eso sí, las jaulas en las que hicieron su viaje de la granja al matadero las escuálidas y descoloridas perdices que ‘luces’ en tu generosa percha.

Francisco Cuenca Anaya

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