Opinión Manuel María Baquedano

La fábula del marqués frustrado y la condesa viuda

Desde el mar a√Īoro las sierras, los barrancos y me invade la melancol√≠a. Viene a mi memoria una vieja historia montera que nada tiene que ver con la monter√≠a, o s√≠‚Ķ
El marqu√©s frustrado, cazador empedernido, y la condesa viuda, a quien no le hac√≠an mucha gracia los ambientes cineg√©ticos, llevaban varios a√Īos envueltos en un maravilloso noviazgo donde las luces eran superiores a las sombras.

El purista co√Īazo

Vaya por delante mi natural inclinaci√≥n por la caza de verdad, la salvaje. Como dec√≠a Ortega, la caza debe ser escasa y dif√≠cil. No obstante, √ļltimamente prolifera entre las tertulias venatorias lo que podr√≠a denominarse el purista plasta. Una suerte de ‚Äėecologista co√Īazo‚Äô cineg√©tico, con muy malas pulgas si se le lleva la contraria.

Caza y tecnología

Hasta los cazadores somos esclavos de la inform√°tica, del tel√©fono m√≥vil y, √ļltimamente, de las aplicaciones que facilitan nuestro natural desenvolvimiento campero. He tardado m√°s de lo que suele ser habitual en ponerme a escribir el art√≠culo de marras, porque el ordenador, al que tengo el “honor” de dirigir mis dedos, pensamientos e ideas, se negaba a arrancar, despu√©s de que una actualizaci√≥n de windows lo dejara como a perdiz herida tratando de levantar el vuelo sin conseguirlo.

Y ma√Īana, octubre‚Ķ ¬°A por las manchas, al p√°ramo, al barbecho!

Anhelos monteros, ojeos, paseos, sierras y siembras. Empe√Īo, esfuerzo. Octubre‚Ķ Ya es oto√Īo, oto√Īo en plural. Comienzan las ilusiones. Los verdes se tornan cobrizos, pardos, rojizos y mil verdes m√°s. El monte, nuestro monte, nos aguarda.

La otra berrea, la de los cazadores

Existe otra berrea, atemporal, la de los cazadores. Lleva tiempo instalada en el ambiente y, en los √ļltimos a√Īos, nos brinda una disputa regular, casi diaria, reflejada en las redes sociales, art√≠culos de opini√≥n y otros foros.

La caza también votó

Ahora que la temperatura nocturna es m√°s apacible y los jabal√≠es acuden m√°s a sembrados y comederos, un mont√≥n de cazadores se apuntan a las esperas, que no es otra cosa que esperar que alg√ļn jabal√≠ acuda al lugar donde lo esperamos y abatirlo, siempre por la noche, simplemente porque el jabal√≠ tiene la man√≠a de moverse a esta hora.