Las cualidades del montero
26 mayo, 2016 Trofeocaza .

Monterías

Las cualidades del montero

Componer el campo, saber contenerse y sacarle el partido a un puesto de monter√≠a son algunas de las cualidades que debe poseer un montero de los de verdad, adem√°s de respetar los valores que representan a esta modalidad tan tradicional. ¬ŅSer√° esta la clave del √©xito? Lo narrado por el autor de esta cr√≥nica en las siguientes l√≠neas as√≠ lo demuestra.

Mi amigo Jes√ļs del Campo le hab√≠a comprado la famosa finca de Cebri√°n al no menos famoso torero Espartaco un par de a√Īos antes y ya decidi√≥ que era hora de darle a aquello un ‚Äúmeneo‚ÄĚ con las l√≥gicas limitaciones de quien quiere mejorar la calidad de las reses, ya de por s√≠ buena cuando la dej√≥ el diestro, como ten√≠amos m√°s que visto al transcurrir el carril de acceso a La Loma de la Higuera por la linde durante varios kil√≥metros.

Aquel 22 de noviembre de 2002 yo iba ilusionad√≠simo, pues volv√≠a por aquellos andurriales tras 35 a√Īos, cuando la monte√© un par de veces a invitaci√≥n de Rafael Canals, que la ten√≠a arrendada, aunque no s√© por qu√© la denominaba Cerro Abanto cuando se trata solo de una de sus manchas.

Nos concedi√≥ Jes√ļs un cupo salad√≠simo de dos venados chicos, una cierva, cochinos los que entraran y una muflona o mufl√≥n chicuelo. Luego, como suele suceder, la mitad de la mitad, pero lo pas√© realmente bien y no puedo quejarme de c√≥mo se me dio personalmente.

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Paisaje típico de esta zona de la donde está ubicada la finca Cebrián.

Me mand√≥ Jes√ļs al 10 del r√≠o y por un momento record√© con p√°nico el ‚Äúcarduz√≥n‚ÄĚ que nos pegamos mi t√≠o Beni y yo cuando Rafael nos mand√≥ al r√≠o Arenoso. Aquello fue tremendo, incluso para m√≠, que estaba fort√≠simo entonces. Result√≥ al final que a donde iba colocado era al carril del r√≠o, contra la malla de la linde con Ma√Īuelas.

‚ÄúLeyendo‚ÄĚ el campo

Tras sentarme c√≥modamente y encender un cigarro para comprobar el aire, compuse el campo y me gust√≥ la ca√Īadita que ten√≠a enfrente, que era toda una promesa. Las bajeras estaban razonablemente limpias, pero a eso de 100 metros todo se volv√≠a denso pinar y bolos gran√≠ticos repartidos por aqu√≠ y por all√°.

Fruto de este obligado ritual, y sin descartar en absoluto que algo rompiera a lo despejado, llegu√© a la conclusi√≥n de que la inmensa mayor√≠a de las reses que entraran lo har√≠an tapadas por el monte de arriba o por su mismo borde. Lo del aire era otra cuesti√≥n: soplaba sosquinado del norte y muy flojo, de modo que iba a estar a expensas de que no revocara en el momento m√°s inoportuno. No hay que ser Covars√≠ para llegar a tales conclusiones, solo tener experiencia. Lo primero que se movi√≥, mucho antes de la suelta, fue una piarilla de muflonas que entraron muy tranquilas pero al l√≠mite de mi visibilidad, entre los pe√Īascos, los pinos y el monte de umbr√≠a que a duras penas sobreviv√≠a a la acidificaci√≥n del suelo producida por las ac√≠culas de las con√≠feras. Francamente, la cosa no ten√≠a mucho chiste para m√≠, aunque era mi deber intentar hacer el cupo, porque si Jes√ļs quer√≠a quitar algunos de aquellos bichos, el sabr√≠a por qu√©‚Ķ Que nadie se tira piedras a su tejado y menos un t√≠o que llevaba media vida gestionando fincas de reses.

Caza mayor monterias las cualidades del montero

El autor esperando impaciente la entrada de alguna res en el puesto.

Mentir√≠a si dijera que no pas√© momentos tensos de esos que tanto nos gustan a los monteros. Primero, buscando un machete entre las ‚Äúovejas‚ÄĚ, y luego, intentando clarear a trav√©s del campo de visi√≥n del anteojo una hembra para tirarla, pero no hubo manera. Las ‚Äúmalditas‚ÄĚ se mov√≠an como los jabal√≠es, siempre cobijadas. Se me perdieron en su careo y luego no volv√≠ a ver ni rastro de animalitos de su especie a los que quitar de penar entre aquellos bre√Īales, pero no fue √≥bice para que me tirara toda la monter√≠a con la esperanza de que me volvieran a entrar.

Aparte de alguna cierva que ramone√≥ camino del encame por los pasos de los ‚Äúovejos‚ÄĚ aquellos, nada sucedi√≥ hasta la suelta, pero me di cuenta de inmediato de que el paso estaba mal colocado y que su sitio era ‚Äúresubido‚ÄĚ como 75 metros ca√Īada arriba, desde donde se dominaba bien la que evidentemente era la corrida de las reses. Por supuesto, no me mov√≠ de la tablilla, pero tom√© buena nota para coment√°rselo despu√©s a Jes√ļs, ya que no sab√≠a si, al llevar poco tiempo all√≠, hab√≠a dejado los pasos abajo adrede para que no le descast√°ramos la mancha o es que no sab√≠a que las reses, como en tantos sitios, no se acercaban a la malla ni locas‚Ķ y hay que adelantar la armada completa si se quiere hacer algo.

Al poco de soltar arriba del todo, lo que al principio fueron tiros sueltos se convirti√≥ en un chorreo de latigazos, y a m√≠ me entraron varias ciervas ¬°Todas por el mismo sitio! ‚Äú¬°Maldita sea la vaca!‚ÄĚ, me dije, pero aguant√© la tentaci√≥n de adelantarme como me mandaba la experiencia. Esto se multiplicaba exponencialmente a medida que se acercaban las rehalas, e incluso llegu√© a ver un par de venados de los tirables en sendos ‚Äútrasluzones‚ÄĚ, y tambi√©n un buen macho, pero en las mismas circunstancias.

Y apareci√≥ el ‚Äúmanco‚ÄĚ

Estaba ya que ard√≠a cuando o√≠ tirar al vecino de arriba y a la nada sent√≠ el trote de una res carril abajo. Me aprest√© a recibir como se merec√≠a lo que deb√≠a de ser res cervuna en rango de cupo cuando para mi sorpresa lo que apareci√≥ fue un hermos√≠simo venado con una mano partida por el nacimiento. ‚ÄúDesmangarrillado‚ÄĚ como iba, tarde o temprano lo coger√≠an los perros, o si por cosas del azar se salvaba del agarre, su muerte ser√≠a cierta aquella misma noche.

‚Äú¬°Dios m√≠o! ¬ŅQu√© hago?‚ÄĚ, pens√© en d√©cimas de segundo e hice algo de lo que me arrepent√≠ (a√ļn hoy pienso que obr√© mal) en cuanto perd√≠ de vista el venado camino del pudridero: ¬°No lo tir√© aun cuando todas las leyes de la monter√≠a as√≠ lo demandaban! Hay que evitar hacer sufrir a los ‚Äúbichos‚ÄĚ por encima de cualquier otra consideraci√≥n.

Reflexionando a posteriori, llegu√© a la conclusi√≥n, tonta a todas luces, de que no lo hab√≠a rematado por no incumplir el cupo que no inclu√≠a venado grande, no dar que hablar a quienes al quitarse de sus posturas vieran aquel ‚Äúpavo‚ÄĚ abatido a mis pies, y no tener que darle explicaciones a Jes√ļs a la vuelta, teniendo a la vez que culpar a un amigo de tirar lo que no deb√≠a.

‚Äú¬°Joer, joer, y mil veces joer!‚ÄĚ, me repet√≠a. Incre√≠blemente hab√≠a hecho lo que no deb√≠a por el ‚Äúqu√© dir√°n‚ÄĚ, lo que me convert√≠a de inmediato en un ‚Äúcagueta‚Ä̂Ķ que supo contenerse.

Me sent√≠ fatal durante un buen rato, no tanto por la suerte que corriera el venado, sino porque me sent√≠a un miserable cobarde. Cierto es que no me dio tiempo a pensar y que actu√© por instinto, cosa que, seg√ļn se mirara, a√ļn empeoraba m√°s las cosas si cabe.

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Los perros se emplearon a fondo para llevar las reses hacia las posturas, pese a que muchas se volvieron hacia ellos.

Ocurre que con tanto catering y lujos, se nos ha perdido el antiguo esp√≠ritu de la monter√≠a y todo el mundo sale corriendo en busca de los manjares que aguardan servidos en lujosas mesas y atendidas por sol√≠citos camareros (ahora tambi√©n bell√≠simas azafatas). Pocos son los que se quedan en el campo a mirar las pistas y averiguar la verdad de un lance, y mucho menos el due√Īo de la finca, que bastante tiene el pobre con atender a sus invitados.

La conclusi√≥n es, pues, bien sencilla: o te quedas t√ļ con el marr√≥n y quedas como un informal, o tienes que acusar a un compa√Īero. Si esto haces, has de llegar hasta el final, y si es menester y el propietario no puede, tendr√°s que conseguir que se nombre juez a un montero de reconocido prestigio que baje al monte y confirme tu tesis, que en mi caso estaba m√°s que clara al traer el venado rastro de sangre y mostrar en sus pistas una cojera palmaria.

¬ŅMas qu√© supone eso? Causar molestias y hacer pasar un mal rato al amigo que te ha convidado a su casa para que montees como un rey. Total, que, mirado fr√≠amente, hice bien en no rematar, pero con la conciencia en la mano y desapasionadamente, como ahora mientras escribo. ¬°Maldita sea! Deb√≠ tirar y que me partiera un rayo si eso es lo que Dios quer√≠a.

Sin tiempo para pensar

Afortunadamente, los acontecimientos me sacaron de aquellas cavilaciones. De pronto se encendió una ladra y de inmediato sentí el romper de monte de las reses en desaforada carrera, que, empujadas por lo perros, venían mucho más bajas.

Se metieron en el regajillo que ten√≠a a la derecha y apareci√≥, formando el t√≠pico cord√≥n, un buen grupete de cervunas. Una a una, conforme aparec√≠a en lo limpio, las iba siguiendo con la vista y el rifle encarado, y rompieron al final de la piara una collera de venados de ocho puntillas. ‚Äú¬°Esta es la m√≠a!‚ÄĚ, me dije.

Como siempre que el terreno me lo permite, y en este caso rozaba lo razonable, me fui con el segundo para no doblar al de delante y le dejé ir una bala. Y, como estaba casi seguro de haberle dado en sitio mortal aunque no cayera, busqué de inmediato al primero y, cuando pude echarle la cruz encima, ya lo tenía de culo en busca del amparo del monte. Dos tiros me sacó, pero al final cayó redondo.

Busqu√© con premura el otro venado por si hac√≠a falta rematarlo y no lo encontr√© por ning√ļn lado. ¬ŅSe me hab√≠a ido o lo hab√≠a pinchado malamente y tendr√≠a que rastrearlo al final? Para saber Dios. En el momento cumbre de la monter√≠a, con los perros encima, no me iba a parar en disquisiciones filos√≥ficas ni m√°s zarandajas. Ya tendr√≠a dentro de un rato tiempo para comerme el coco.

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El trabajo de perros y perreros fue inconmensurable. Estuvieron a la altura de la finca, de las reses y de los monteros.

Estuve entretenido mientras los perros andaban cerca y m√°s que pendiente durante esa crucial media hora en que con tanta frecuencia entran reses vueltas de los perros. Nada me entr√≥, pero, a juzgar por el zambaleo de tiros que se o√≠a, bien pod√≠a suceder en cualquier momento. Transcurrido un tiempo razonable, me permit√≠ sentarme y relajarme un poco, pero sin descuidar ni un momento ‚Äúmis dominios‚ÄĚ. Le di un tiento al tintorro, encend√≠ un cigarro y comprob√© que el aire segu√≠a firme del noroeste. Solo entonces me permit√≠ pensar en el venado que se me hab√≠a ido.

Como dije, segu√≠a convencido de que la bala hab√≠a ‚Äúcogido‚ÄĚ carne, lo cual no significaba que lo fuera a cobrar con seguridad. A la vista no lo ten√≠a‚Ķ y eso solo significaba que hab√≠a huido para arriba, con las ciervas. Sin duda, una mala se√Īal.

Por otro lado, caí en la cuenta de que a las ciervas las llegué a ver perderse tras abatir el segundo venado y con ellas no iba el interfecto. Miré pues mi regajo con meticulosidad desde mi silla por si estaba tras alguna mata y no lo veía, pero eran tan pocas que perdí toda esperanza de que se hubiera quedado allí cerca.

Lo que me tenía un poco cabreado era que no había sido capaz de cobrar ninguna cierva, pues las que me habían entrado tirables iban con los venados y, claro, lo primero es lo primero. Pero presentarse en la junta sin ninguna hembra en el haber podía ser interpretado como que no había querido tirarlas, y eso sienta fatal al gestor de la mancha.

¬ŅConseguir√≠a la cierva?

Casi al final, y en medio de un silencio absoluto roto solo de vez en cuando por alg√ļn tiro suelto, cre√≠ ver algo que se mov√≠a en lo m√°s lejano de mi tiradero, arriba y a la izquierda, donde, al ser medio solana y ralear los pinos, m√°s espeso estaba el monte.

Cog√≠ los gemelos y enseguida vi una ‚Äúlinda se√Īorita‚ÄĚ que avanzaba tomando todas las precauciones del caso. Andaba un paso y se paraba, siempre con el aire de cara. ‚Äú¬°Tienes cosas de cierva vieja!‚ÄĚ, me dije, y cambi√© los prism√°ticos por el rifle.

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La armada que le tocó a Lolo Mialdea colocándose en sus posturas.

Elegí el .270 por la distancia y por poder subir los aumentos por encima de 4, máximo que me permitía el Zeiss del FN. Lo puse en 6 al considerarlo adecuado y me lo encaré. Como ocurre cuando uno está muy hecho a un arma (se convierte en la prolongación de uno mismo), apareció al instante en la retícula del anteojo… ¡Pero estaba difícil de narices! Tan tapada entre jaras y troncos de monte de cabeza, podría tragarse la bala.

Dudé si tirarla porque no me gusta fallar (¡qué jodidos somos!), pero, como la montería se acababa, irremisiblemente decidí jugármela. Tenía que buscarle un hueco entre el monte por donde pasara la bala y, para más dificultad, colocársela en sitio mortal. De este modo, sin levantarme, crucé las pierna para tener mejor apoyo al estar la res en alto, le metí el centro de la cruz donde adivinaba el codillo y esperé a que se moviera.

Trascurrieron lentos los segundos y, cuando ya me cansaba de sujetar el rifle y notaba que empezaba a temblarme el pulso, dio por fin un pasito y yo monté el pelo como un rayo, hice puntería y apreté con suavidad el gatillo. Tras el sorpresivo culatazo, me di cuenta, ya que verla no la vi, de que había caído redonda. Una satisfacción difícil de explicar me invadió por dentro. Y es que culminar con éxito un lance difícil llena lo que no está en los escritos.

Muchas veces habr√°n le√≠do quienes me sigan que considero, depende de las circunstancias, a una cierva tan digna oponente como el m√°s gallardo de los venados. ¬ŅQu√© hab√≠a tenido m√°s m√©rito, el venado que entr√≥ anunciado y a distancia conveniente y por lo limpio o esta cierva tapada? Para m√≠, la contestaci√≥n no ofrece dudas.

Contento con aquel colofón, guardé los archiperres innecesarios y me dispuse a marcar las reses, pero empezando por rastrear el venado que se me había ido.

Sub√≠ los 30 metros que me separaban de donde lo hab√≠a tirado y no necesit√© mucho para dar con un gran espurreo de sangre, a pesar de que el suelo estaba all√≠ cubierto por rojizas hojas de quejigo. Era sangre de un rojo vivo, arterial por tanto, y, tras fijarme mejor, vi un pedazo de hueso de costilla. ‚Äú¬°Tardar√© lo que sea, pero a ti te cobro yo como que me llamo Lolo!‚ÄĚ, me dije satisfecho de que el que cre√≠a perdido, m√°s o menos lejos, estar√≠a muerto.

Como unas casta√Īuelas, rifle al hombro por la correa, empec√© a seguir la pista sin dificultad. Y como esta me acercaba al que estaba muerto desde el principio, fui quemando etapas con tranquilidad‚Ķ y cuando menos lo esperaba, tras una piedra y dentro del gajorro del arroyo, me encontr√© con el ‚Äúbicho‚ÄĚ. No hab√≠a andado ni 50 metros y aquello explicaba por qu√© no lo vi caer. En el frenes√≠ de tirar el otro, no me hab√≠a fijado en √©ste. Tan contento estaba (¬°qu√© poco importa el tama√Īo de la res!), que me bes√© la punta de los dedos y me los llev√© a ambas mejillas. Ahora s√≠ hab√≠a cumplido con el paso.

Recuerdo la merienda como una de las mejor servidas y me dieron las tantas de charla con los amigos. A Jes√ļs nada le dije del venado herido: ¬Ņpara qu√© hacerle pasar un mal rato cuando m√°s feliz deb√≠a sentirse?

 

Texto: Lolo Mialdea 

Fotos: Félix Sánchez y autor

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