Recorrido por la caza de acuáticas a través de la Historia
25 mayo, 2022 Trofeo Caza

Caza menor nacional

Recorrido por la caza de acuáticas a través de la Historia

Nuestros antepasados europeos apenas dejaron señales o signos de esta actividad. Sí se sabe que, en el Paleolítico, hace unos 50.000 años, los habitantes de las regiones continentales no dedicaban su tiempo y esfuerzo a la captura de aves, sencillamente porque los mamíferos, quizá con menos tiempo y esfuerzo, tenían para ellos un gran valor desde el punto de vista alimenticio.

Sin embargo, los pobladores de las zonas costeras marítimas y pantanosas, no teniendo a su alcance una nutrida representación de fauna terrestre, pusieron empeño en la captura de aves de hábitos acuáticos. Lo demuestran las excavaciones realizadas en Dinamarca, Holanda y Noruega, en las que se hallaron un alto porcentaje de osamentas de patos, gansos, cisnes, gaviotas, etc. Seguramente, la honda, el arco y el palo arrojadizo fueron los instrumentos de los que se valieron para abatirlas.

Neolítico: redes, arcos y primeros ‘puestos’

Pasados 45.000 años, en el Neolítico, los habitantes de los palafitos utilizaron redes para capturar aves acuáticas, hecho demostrado por el descubrimiento de un buen número de huesos pertenecientes a cercetas, pollas de agua, cisnes, garzas, cigüeñas, gansos…, y a vestigios de redes anudadas con arte, lo que demuestra los avances de las técnicas de caza.

Se supone que estos habitantes de los palafitos practicaron también la caza con arco ocultos en cabañas fabricadas al efecto, en base a que se han encontrado alguna de estas cabañas, bastante distanciadas de las aldeas, con dimensiones tan reducidas que impedirían a una persona tenerlas como habitáculos para su vida cotidiana. Esto significa que por primera vez aparecen los «puestos» de espera.

Egipto: redes y boomerangs

En la rica civilización egipcia, iniciada aproximadamente en el 3.500 a. C., la caza perdía su carácter utilitario esencial para alimentación, adquiriendo cierto aspecto recreativo. A partir de la observación de pinturas y esculturas que nos dejó, se deduce que, básicamente, se emplearon dos métodos para la captura de aves acuáticas, el de las redes y el de los palos arrojadizos similares a los boomerangs australianos.

Así, por ejemplo, en la tumba del príncipe Nefermaat –hijo de Senerefu, primer faraón de la IV dinastía (2613-2498 a.C.)– y de su esposa Itet, se hallaron imágenes de caza de gansos con red hexagonal junto con la famosa pintura Ocas de Meidum.

Una pintura de la tumba de Nakht, escriba y astrónomo de la XVIII dinastía (1580-1339 a. C.), lo representa de pie en un batel lanzando su boomerang a una espesura de papiros de la que salen las aves.

Pintura de la tumba de Nakht en la que aparece lanzando su ‘boomerang’ a una espesura de papiros de la que salen las aves. Detrás de él hay una mujer joven, quizá su esposa, que enlaza su talle con el brazo izquierdo mientras que en su mano derecha lleva un pajarillo.

En la tumba de Nebamun, jefe de los almacenes reales en la XVIII dinastía (pudiera haber vivido en el reinado de Tumotsis IV (1397-1388 a. C.) y de Amenhotep III (1388-1351 a. C.) se encontraron imágenes de una escena que muestra a este personaje cazando patos y otras especies de acuáticas entre los papiros.

Hay muchos ejemplos más. Las escenas de caza de gansos y patos en las capillas funerarias de los egipcios constituían una metáfora alusiva a la abundancia alimenticia y a la capacidad de imposición sobre las fuerzas de la naturaleza y su dominio, plasmando una actividad que, sin duda, debía ser bastante frecuente en las orillas del Nilo.

De la civilización egipcia tendríamos que pasar a la etrusca (500 a. C.) para encontrarnos con un fresco de la necrópolis de Tarquinia en el que figura un personaje que utiliza la honda para derribar aves al vuelo.

Tumba de Nebamun: muestra a este personaje cazando patos subido en una barcaza. Su figura atlética domina la escena de pie, con las piernas abiertas, con su mano derecha manteniendo un palo arrojadizo con forma de serpiente y con la izquierda sosteniendo tres garzas que aletean.

Capturas con fines lucrativos en el Rin

Poco se conoce de la afición a la caza de acuáticas de los antiguos griegos, ni por escrito ni por representaciones artísticas: esculturas, pinturas… Y eso que hubo extraordinarios e inigualables personajes, como lo fue Aristóteles, autor de maravillosos libros sobre las ciencias de la naturaleza.

Al contrario de los griegos, los romanos sí dejaron huellas sobre esta actividad. Por ejemplo, Cayo Plinio Segundo describía la costumbre de las tribus galas ubicadas en la ribera izquierda del Rin en fabricar arcos ligeros con las cañas del río para abatir aves acuáticas.

Se tiene constancia de las denuncias a los jefes de las tropas invasoras romanas encargadas de custodiar las fronteras de ese río por emplear cohortes enteras de soldados para capturar ánsares con fines lucrativos.

América y Asia: métodos primitivos

También hay constancia de que ciertos pobladores de los continentes asiático y americano cazaban acuáticas de una manera bastante primitiva, aunque no por menos curiosa. Los del continente asiático nadaban, cubriendo sus cabezas con calabazas vaciadas o con una especie de cubetas hacia los patos posados en el agua, tiraban de ellos por las patas estrangulándolos y atándolos a sus cinturas.

Los del continente americano usaban este mismo método y la caza con redes: embadurnaban sus piernas y parte posterior del cuerpo con resina negra de pino para protegerse del frío, disponían redes muy largas sostenidas por varas clavadas en las zonas poco profundas de los lagos y asustaban a las aves para que éstas volaran hacia esas redes en las que quedaban atrapadas.

Ocas de Meidum (supuestamente, dos ánsares comunes, dos ánsares caretos y dos barnaclas cuellirrojas). Pintura aplicada sobre una capa de estuco en la mastaba de Nefermaat.

Edad Media: trampas, redes, flechas y cetrería

En la Edad Media sucedió un hecho bastante significativo cuando la Cuaresma instituida por la Iglesia cristiana primitiva pasó de ser facultativa a obligatoria. Como quiera que el número de días de ayuno era elevado (unos 206) y que entre los alimentos permitidos para su consumo era fundamentalmente el pescado, se potenció al máximo el cultivo de peces con lo que se generalizó la acuicultura en muchos ríos, originándose así una auténtica edad de oro para la avifauna que poblaba las aguas.

Los gansos y patos pasaron por una época floreciente, sus zonas de invernada y de nidificación aumentaron, por lo que su caza, fundamentalmente con trampas, redes y flechas, estas últimas disparadas con ballesta, arma cuya creación se atribuye a los mallorquines del siglo noveno, también aumentó.

En la Edad Media la caza de acuáticas con aves de cetrería fue una modalidad muy practicada por la nobleza, reflejada en diversas obras pictóricas.

En ocasiones, las flechas de la ballesta tenían en su extremo una bola que chocaba violentamente en alguno de los ejemplares de gansos o patos cuando volaban en compacta formación, haciéndolo caer a tierra.

No solo las trampas, redes y flechas fueron los únicos protagonistas en esa Edad Media. Entre los reyes y nobles adquirió relevancia especial la captura de aves con rapaces domesticadas, modalidad conocida como cetrería, citada en numerosos escritos y retratada en pinturas. Tanto en unos como en otras se relatan y figuran cacerías de patos y garzas con azores y halcones.

Arcabuces, mosquetes y arcos en el Renacimiento

Pero, sin duda alguna, el siglo XVI, en plena época del Renacimiento, establece el hito más importante para la caza en general: la invención de armas de fuego portátiles, arcabuces y mosquetes. En lo que respecta a la caza de acuáticas, en el poema Thenerdannck de 1490-1500, el emperador Maximiliano de Austria aparece sobre una barca disparando con un arcabuz a las aves (tal era su afición que, según las crónicas de entonces, montado a caballo conseguía abatir patos a flechazos).

Sin embargo, el uso de arcabuces y mosquetes no era del todo efectivo, ya que su pesadez y escasa precisión exigían al cazador tener al alcance de su mano varios de ellos con servidores que se los cargaran para así poder disparar repetidas veces. Además, con el estruendo que producían, las aves se espantaban, por lo que no es extraño que muchos cazadores prefirieran el silencio de los arcos de flechas.

Decoración de Jan Van der Straet, de 1570, de un hombre provisto de arcabuz aproximándose al río repleto de anátidas.

Las escopetas y la popularización de la caza de acuáticas

Todo cambia a finales del siglo XVI y albores del XVII con la expansión de la escopeta, arma de fuego que disparaba perdigones, pequeñas esferas de plomo que salían del cañón dispersándose en el aire a gran velocidad y permitiendo abatir aves en vuelo más fácilmente, o, al menos, con mucha más efectividad que la bala utilizada en los arcabuces o mosquetes. Con esto, la caza de acuáticas se popularizaba, viéndose reflejada en las páginas de numerosos tratados cinegéticos.

Así, por ejemplo, Martínez de Espinar, en 1634, citaba la caza de grullas y gansos empleando, para acercarse a ellos, un pequeño carruaje con dos ruedas sobre el que se fijaba un mosquetón de grueso calibre montado sobre un soporte.

Magné de Marrolles, desde 1781 a 1788, publicaba los primeros libros sobre la caza con tiro de armas de fuego, haciendo mención a la caza de patos con vaca artificial, una maqueta detrás de la cual se ocultaban los cazadores avanzando hacia las aves sin despertar su alarma.

A finales del siglo XVI y principios del XVII con la expansión de la escopeta, la caza de acuáticas se popularizó, viéndose reflejada en las páginas de numerosos tratados cinegéticos.

A partir de entonces, los modelos de escopetas se fueron perfeccionando más y más, desde las repetidoras que iniciaron su andadura en 1880, hasta las de hoy en día, verdaderamente impresionantes en cuanto a su diseño y efectividad. Lo mismo ocurrió con los reclamos y cimbeles para atraer a las aves, así como con los puestos para aguardarlas.

La caza se sofisticaba y sofistica hasta límites insospechados continuando hasta Dios sabe cuánto y cuándo.

Antonio Notario | Dr. ingeniero de Montes

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