Cazar para comer, la carne de caza est√° de moda
2 agosto, 2018 Trofeocaza .

Opinión Tico Medina

Cazar para comer, la carne de caza est√° de moda

Tambi√©n, las cosas como son, que a veces son como deben ser y no como las imaginamos ‚Äďy me perdonan por este pensamiento filos√≥fico con el que inicio nuestro breve taco.

Viene este prólogo a cuento porque de un tiempo a esta parte la caza llega a los platos más rigurosamente originales con más frecuencia; y, de hecho, y de derecho, con más eficacia.

Hombre, es natural, la caza forma parte de la doctrina más leal, más antigua, en la historia de la humanidad, porque no habríamos llegado donde hemos llegado, para bien y para mal, si no hubiera sido por la caza.

Tampoco descubro nada, pero es que ahora, en este tiempo que vivimos, convivimos, sobrevivimos, hay incluso restaurantes, no sé qué tanto por ciento, que solo ofrecen carne de caza.

Y algunos de cinco estrellas, que debían ser, quizá, de cinco cananas, por no adornar la fachada con un friso de tubos de pólvora.

Algunos bell√≠simos, como aquel cuadro que adornaba el vest√≠bulo del despacho de Alfonso Fierro hijo, en el viejo banco de la calle Mar√≠a de Molina, desde donde me llam√≥ un d√≠a ‚Äďera un gran cazador, tanto es as√≠ que recib√≠a en el club de cazadores que hab√≠a por encima del antiguo Hotel F√©nix de Madrid, elegante y discreto‚Äď para decirme:

¬ęQue he pensado que le voy a hacer caso a Lola Flores, que he le√≠do el libro que ha escrito usted sobre ella y me ha gustado mucho, por cierto; tanto por lo que de ella ha contado como lo que no ha contado incluso¬Ľ.

Y es verdad. Un libro de memorias debe estar lleno tanto de lo que se dice como de lo que no se dice; que ahora veo el de Julio Iglesias, que nunca caz√≥ m√°s que m√ļsica; hombre, y alguna cosa m√°s: piezas hermosas a lo largo de toda una vida.

Que a m√≠ me dijo un d√≠a que hicimos las cuentas en su casa de Miami, en Indian Creek n√ļmero cinco,

¬ęm√°s de tres mil damas a lo largo de una vida¬Ľ, arte en el que m√°s de una vez result√≥ tambi√©n cazado‚Ķ

A ver, por d√≥nde iba. Bueno, que desde que Eva entreg√≥ la manzana aquella dichosa a Ad√°n, ya recuerdan, en el para√≠so terrenal ‚Äďque nada ten√≠a que ver con el otro para√≠so, el de estos tiempos, que es m√°s bien ahora un purgatorio, como en su d√≠a fue un limbo y tambi√©n va a ser un infierno‚Äď, desde aquel primer d√≠a cineg√©tico de la historia del hombre, fue el hombre el primer cazado, si bien hay dudas sobre el tema.

Todo es discutido ahora, hasta el punto de que se dice que fue Abel el que caz√≥ a Ca√≠n, y en ello andan los estudiosos; aunque la primera arma la tuvo, como saben, una quijada de asno, Ca√≠n y es con la que ‚Äėcaz√≥‚Äô ‚Äďcon acento en la o‚Äď a su hermano.

Viejas historias de la caza que permanecen hasta el día de hoy, cuando se habla de la nostalgia, por ejemplo, de no poder ir a la perdiz como tanto le gustaba a nuestro emérito, don Juan Carlos, al que tanto recordamos.

Eso s√≠, de cuando en cuando me cuentan en el sur que la HEREDERA, la infanta do√Īa Elena, s√≠ que va, aunque desde que se le escap√≥ aquel perdig√≥n en Castilla de no s√© qu√© escopeta a don Froil√°n, el ni√Īo que pudo ser rey de Espa√Īa, acude mucho menos a las citas constantes y a las invitaciones, porque los campos listos para la perdiz contin√ļan, que por cierto veo aqu√≠ entre mis libros aquella perdiz que un d√≠a ‚Äďpor √©l pintada, una joya‚Äď nuestro director me regal√≥, arrancada de su propio libro de cuentas, con lo cual el ave, bell√≠sima, entre n√ļmeros, se ha convertido en una pieza de arte dif√≠cil de adquirir en subasta alguna.

Vale, a ver por d√≥nde iba, que con el subid√≥n de las opi√°ceas, que contra el dolor me recomienda mi especialista, a veces se me va el zorzal al cielo, p√°jaro por m√≠ elegido para que en su d√≠a pueda, a mi manera, transformarme, dado que la hermosa ave del olivo, de cuya carne he disfrutado m√°s de una vez, riqu√≠sima, en aquel restaurante de La Carolina donde un alto juez espa√Īol a veces se encontraba en la misma historia‚Ķ

Como saben, que ya les cont√© m√°s de una vez, porque uno no tiene m√°s que una vida que contar, una ma√Īana, al alba, el mism√≠simo Fary, el del torito, me llev√≥ a un peque√Īo ‚Äėcasi‚Äô huerto que ten√≠a a la sombra de las cumbres de Gredos, en una finca de bolsillo, para cazar lo que m√°s le gustaba en el mundo, los zorzales.

Y, adem√°s, luego los llev√°bamos al plato en aquella casa de pueblo donde, por dem√°s, compr√© un sombrero de fiestas de mujer, con el espejo del frente intacto: esto es que a√ļn no hab√≠a conocido marido, aunque ahora ya se ha demostrado que

¬ęcosas veredes, mio Cid ‚Äďcomo dec√≠a el viejo castellano‚Äď que faran fablar las piedras¬Ľ.

‚ÄďLo mejor de estos platos con papas y huevos fritos ‚Äďme dec√≠a el enorme cantaor, tan peque√Īo pero tan grande‚Äď es que lo hemos cazado nosotros mismos con nuestra escopeta.

‚ÄďHombre, maestro‚Ķ

‚ÄďYa lo s√©, que t√ļ no has tirado porque no has querido, pero que el sabor es distinto si eres t√ļ el que lo ha conseguido; y adem√°s, ya sabes que esto es tan viejo como el mundo mismo.

Cierto. Por eso, ahora, del r√≠o o del monte, sobre todo del monte, que es lo nuestro, incluso del safari lejano, lo que se caza va al plato con grandes zalamer√≠as, porque es lo que dec√≠a el otro d√≠a alguien ‚Äďque no voy a dar su nombre, por si no le da la gana de aparecer en este escrito‚Äď.

‚ÄďEs que adem√°s no hay que olvidar que la humanidad no habr√≠a seguido su curso de no ser por la caza, que ya has visto que los primeros peri√≥dicos de la tierra, escritos en la piedra de las cuevas prehist√≥ricas, ya dan cuenta de los lances‚Ķ

Por eso, digo yo, que se est√° dando esta apoteosis de la caza directa a la casa, de la mesta a la mesa, como me dec√≠a un compa√Īero escritor que se dedica a eso, a la caza de las palabras.

Cazador de alegr√≠a para repartirla con los dem√°s, Gregorio, el grande, el magno Gregorio nuestro que se dedic√≥ a eliminar tristezas: Chiquito de la Carcajada, como yo le escrib√≠ alg√ļn d√≠a, que fue grande y mi gran amigo, otro que se me fu√© de mi quinta, como quien dice.

O sea, cartas de restaurante solo de caza, nada más que de caza, ya sea de aquí o de allí, asada, guisada, embutida, en escabeche, latas de conserva, de los montes o las aguas, gloria bendita; eso sí, bien controlada siempre, que, por ver, acabo de ver, atención, Queso de leche de muflona, que no tengo a mano su procedencia.

Claro que es lo natural, lo lógico. Vuelven a ser, por lo tanto, lugares de encuentro, sobre todo a la hora del paladar, las viejas ventas del camino.

Y me viene a la memoria aquella de una de mis t√≠as, en Moreda, tambi√©n llamada popularmente Morea, donde alguna vez le di al chorizo de jabal√≠, la carne de venado ‚Äďperd√≥n, el ‚Äėvenao‚Äô‚Äď, ‚Äėcolgao‚Äô de los palos de la buhardilla, que entonces no se llamaba buhardilla sino c√°mara, donde estaba aquel hur√≥n, cazador de conejos, del que ya he hablado a veces, como uno de mis primeros recuerdos de ni√Īez‚Ķ

Y en la radio, sobre todo en Radiolé, las sevillanas de la ESCOPETA DE CAZA, que me ponen el pelo de punta.

Belleza que me trae el hijo de Juanito Valderrama, Juan, que es un poeta, sin duda, un poeta que canta, s√≠, las ma√Īanas del s√°bado en Radiol√©.

Que mientras otros cazan con olor a p√≥lvora y a campo, servidor caza memoria, viejos pasodobles o coplas antiguas como aquella de la Ni√Īa de Antequera, cuando lloraba: ¬ęA mi perro lo‚Ķ¬Ľ.

Pero no estoy para tristezas. Ni quiero tenerlas, acabo de recibir un libro de poesía que ha escrito aquel que fue, que es, uno de los mejores cazadores del sur, y de los mejores pintores del sur, Mariano Aguayo, al que tanto quiero y respeto, y del que no sé todo lo que quisiera.

Tico Medina

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