La verdadera condición del cazador
1 diciembre, 2016 Trofeocaza .

Antonio Pérez Opinión

La verdadera condición del cazador

No es el mejor cazador el que más mata, ni el que mejor puntería tiene; ni quien, con piernas de alambre, bate más campo; ni quien atesora los mejores trofeos ni quien baja seis de una barra; ni quien le gana en paciencia al macareno más viejo de la sierra. Todo ello es de mirar y hasta de admirar, pero es otra hoy mi reflexión.

El mejor cazador para mí es quien más quiere al campo, más respeta a sus presas, más cuidado pone en cuidar el territorio y mantenerlo en el equilibro, y en mejorarlo tanto en sus especies animales como en sus cubiertas vegetales. El mejor cazador es a la postre el que más caza hace y no el que más caza mata.

El ansia venatoria, esa del no domir y no querer parar, al que ninguno, o casi, hemos escapado y que, como muchas vehemencias, tiene que ver en cierta parte con la juventud, y que no seré yo quien critique porque sería condenar lo que uno mismo fui y fuimos todos, dejó ya cierto paso, y no fue malo el darlo, hacia un relativo sosiego. Y tan relativo, porque los pulsos siempre, y así debe ser, se aceleran, y el día que no, mejor pensar en la jubilación. Que algo puede tener que esos pasos físicos ya no son los que fueron, ni el resuello, ni el aguante, pues también; pero lo más decisivo a mi entender se ha ido produciendo en la cabeza, en la acumulación de recuerdos, en su proceso y tamiz.

Es cuando llega uno a su propia verdad, que no ha de ser, ni se intenta siquiera, la de los demás. Cuando se entiende en su hacer, en sus fallos y en sus virtudes. Pero sobre todo entiende su lugar, pero no en la competición ante los demás ni con uno mismo, sino de pertenencia, de emplazamiento y misión.

Creo, y lo compruebo cada d√≠a, que hay cada vez mejores cazadores, aunque por el otro extremo cada vez los haya tambi√©n m√°s artificiales. El colectivo es cada vez, en su conjunto y de manera creciente, m√°s consciente de su ser y labor. Que los verdaderos guardianes del campo y de los seres que en √©l habitan, animales y vegetales, y hasta los minerales que conforman el paisaje, son y han de ser ellos. Y son esa certeza y esa √≠ntima convicci√≥n, cada vez m√°s instaladas como se√Īas de identidad, las que le mantienen firme, orgulloso y, en raz√≥n, en su condici√≥n, ante la ignorancia, criminalizaci√≥n y persecuci√≥n que sufre y ha de soportar y vencer.

La Naturaleza tiene dignidad. No solo es una cualidad humana, pero es el hombre quien esta obligado a respetarla y comprenderla. Proclama, repite y, me lo ense√Ī√≥ mi amigo el gran cient√≠fico y descubridor de Atapuerca, Juan Luis Arsuaga, una monta√Īa, un r√≠o, un bosque y, por supuesto, un animal tienen dignidad y en nuestra acci√≥n con respecto a ellos tenemos la obligaci√≥n de preserv√°rsela. Lo dice quien lleva toda su vida abismado en su evoluci√≥n y sus cambios desde hace m√°s de un mill√≥n de a√Īos. Intentando comprenderlos y procurando descubrirlos para aprender algo de todo ello y de nosotros mismos. No negar√© que considero al cazador paleol√≠tico el mejor de los modelos en el respeto de ese medio que le dio comida, vestido, utensilios y a la postre nos permiti√≥ medrar, avanzar y ser la especie dominante sobre la tierra entera. Pero eso hoy a√ļn nos concierne m√°s, porque estamos en tal posici√≥n de dominio que podemos hasta destruirla. Conscientes de ello la opci√≥n es clara: nadie sino nosotros tenemos el deber sagrado de cuidarla.

Esa condición y esos principios han de ser hoy, más que nunca, nuestras tablas de la ley, nuestros mandamientos más íntimos y asumidos, más allá de las propias legislaciones. Esa es la filosofía que ha de ser nuestra mejor senda de futuro, la que debemos exponer en todo lugar y proclamar en cualquier foro. Esa ha de ser nuestra verdad, pero para que así se perciba ha de ser eso, VERDAD, y demostrada con nuestros hechos y nuestra acción cotidiana.

Pongo punto y aparte aqu√≠ y en lo dicho. Lo dejo abierto y a que cada cual de nosotros a√Īada, reconsidere, apostille o corrija lo que su experiencia y mag√≠n le sugieran, porque la caza es tambi√©n un acto en gran medida silencioso, donde a uno suele darle por hablar por dentro y para s√≠. Pero no quiero acabar sin un apunte final. En esa condici√≥n de cazadores siempre hemos tenido un compa√Īero. No es otro, bien lo sabemos, que el perro, nuestro aliado desde sus tiempos lobunos y prehist√≥ricos. Ese ser con quien creamos un v√≠nculo inaudito a lo largo, no de siglos, sino de milenios. El perro del cazador es quien va a hablarnos m√°s que nadie de la pasta de su amo, es quien en verdad va a pregonar mejor que nada ni que nadie su verdadera dimensi√≥n y la pasta de la que estamos hechos. Tan solo con verlo caminar junto a √©l, ver cu√°l es su relaci√≥n y su reacci√≥n, vamos a saber si es digno amigo, leal compa√Īero, y digo el hombre del perro, o no lo es.

Antonio Pérez Henares

antonioperezhenares@yahoo.es

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1 comentario

  1. Francisco Cuevas
    julio 06, 05:52
    Considero que tiene una vision m√°s humana de la que muchos tienen sobre la cazeria, muchos lo consideran un deporte o una actividad recreativa como si fuera algo de lo que debes presumir, si bien a mi la cazeria me produce alegria es por que desde ni√Īo fui aprendiendo solo que a la naturaleza se le respeta y que es el deber de un depredador consciente cuidar, respetar y mantener el equilibrio entre especies, tener este privilegio me hace feliz.

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