Alteraciones en el comportamiento de los reclamos
12 noviembre, 2018 Trofeocaza . 1039 Visualizaciones

Perdiz con Reclamo

Alteraciones en el comportamiento de los reclamos

Con luces de amanecida, roto el crespón de la noche se abría ante Manuel el verde prado sobre el que revoloteaban los madrugadores jilgueros.

La suave temperatura presagiaba, a escasas fechas, la llegada de la primavera.

Embutido en su vieja pelliza y cubierta su cabeza por una gorra campera de pana, en la que asomaban algunas canas de su tupido cabello, Manuel disimulaba su m√°s de metro ochenta de estatura al caminar encorvado con paso cansino y semblante taciturno.

Su reto√Īo, que hoy lo acompa√Īaba, no dejaba de observarlo, hasta que acab√≥ por preguntarle:

‚Äď¬ŅQu√© te ocurre, pap√°, que con lo derecho que siempre andas hoy vas m√°s encogido que una pasa?

Manuel se irguió un poco y, mirando al chiquillo con aires reflexivos, puntualizó:

‚ÄďMira, hijo, el p√°jaro que llevo colgado a la espalda es el Viejo, un reclamo manso y tranquilo que siempre me recibe dando suaves pi√Īones; y hoy, cuando me acerqu√© a √©l para cogerlo, se puso a bregar y a botarse en la jaula, teniendo que taparlo r√°pidamente para evitar que se lastimara con su comportamiento, as√≠ que me ha dejado sorprendido y muy confuso.

‚Äď¬ŅY qu√© le habr√° pasado? ‚Äďinquiri√≥ el chaval.

‚ÄďEso quisiera yo saber ‚Äďrespondi√≥ Manuel, con el semblante cariacontecido.

Tras larga caminata llegaron a la Erilla Alta, donde días pasados había tirado Manuel un macho, dejando viuda a su hembra.

No dejó Manuel durante el trayecto de comentar cuál podía ser la causa de esa respuesta del Viejo, cuando lo vio acercarse para enmantillarlo y no llegó ciertamente a encontrar nada que pudiera justificar su brusco cambio de actitud.

Ya en el colgadero abrevi√≥ Manuel, colocando el port√°til. Y, una vez el reto√Īo dentro de √©l, puso al Viejo en el matojo, amarr√≥ la jaula con los ganchos a las jaras de este, cosa que siempre hac√≠a; y, sin dedicarle ninguna caranto√Īa al Viejo, como lo ten√≠a acostumbrado una vez destapado, se introdujo r√°pidamente en el puesto, coloc√≥ la escopeta en la tronera, meti√≥ en ella los cartuchos y esper√≥ acontecimientos.

Tras picotear algunas hojillas del matojo que entraban por los barrotes de la jaula, se estiró el Viejo, hizo amagos de iniciar su trabajo pero el intento, de momento, solo quedó en eso.

Al poco de estar en el puesto la perdiz solitaria dio se√Īales de vida. Sus continuas reclamadas lanzaban a los cuatro vientos el abandono en el que se encontraba, a falta de garb√≥n del que hab√≠a sido pareja hasta hac√≠a escasas fechas.

El Viejo, que era un p√°jaro hembrero por excelencia, que ten√≠a con las p√°jaras un atractivo √ļnico que hac√≠a que vinieran rendidas a sus plantas, no dec√≠a este pico es m√≠o.

Miraba a un lado y otro, cambiaba de vez en cuando de postura en la jaula, pero durante las dos horas que permaneci√≥ en el pulpitillo no se dign√≥ dedicarle a la desesperada hembra ni un peque√Īo requiebro.

Manuel no acababa de entender lo que estaba sucediendo, no se lo habría creído de habérselo contado alguien, pero el hecho ahí quedaba y él no tenía explicación posible para el mismo.

Cabizbajo y abatido, sali√≥ del tollo luego de haber tosido para facilitar el alejamiento de la perdiz sin recelos; y durante la caminata de vuelta al cortijo una larga ret√≥rica ser√≠a compa√Īera inseparable de su frustraci√≥n y desenga√Īo.

Una vez en la casilla Manuel busc√≥ y rebusc√≥ algo que justificara el comportamiento del Viejo en el puesto. No hab√≠a plumas en la jaula que detectaran un inesperado pelecho, tampoco sangre delatora de una u√Īa partida de alg√ļn dedo, el pico no estaba roto, no observ√≥ tampoco zurreta; en fin, nada de nada que diera una luz para explicar lo sucedido.

Pasaron tres d√≠as. La tarde √ļltima de celo volvi√≥ Manuel a sacar al Viejo; como siempre, al acercarse a √©l lo recibi√≥ con suaves pi√Īoncitos, no se alter√≥ al taparlo, y en el puesto del Cerro Blanco dio un completo recital, propio del buen hacer que siempre prodigan los reclamos de bandera.

Sin oír apenas campo no dejó de trabajar durante las casi tres horas que estuvo colgado en el farolillo.

Ya de vuelta a la vivienda se iba diciendo Manuel una y otra vez:

‚Äď¬ŅQu√© misterios encierra la caza de la perdiz con reclamo que pocas cosas conocemos de ella y cu√°ntas nos quedan por saber?

Manuel Jerónimo Lluch Lluch

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