Alteraciones en el comportamiento de los reclamos
12 noviembre, 2018 Trofeocaza . 1378 Visualizaciones

Perdiz con Reclamo

Alteraciones en el comportamiento de los reclamos

Con luces de amanecida, roto el crespón de la noche se abría ante Manuel el verde prado sobre el que revoloteaban los madrugadores jilgueros.

La suave temperatura presagiaba, a escasas fechas, la llegada de la primavera.

Embutido en su vieja pelliza y cubierta su cabeza por una gorra campera de pana, en la que asomaban algunas canas de su tupido cabello, Manuel disimulaba su más de metro ochenta de estatura al caminar encorvado con paso cansino y semblante taciturno.

Su retoño, que hoy lo acompañaba, no dejaba de observarlo, hasta que acabó por preguntarle:

–¿Qué te ocurre, papá, que con lo derecho que siempre andas hoy vas más encogido que una pasa?

Manuel se irguió un poco y, mirando al chiquillo con aires reflexivos, puntualizó:

–Mira, hijo, el pájaro que llevo colgado a la espalda es el Viejo, un reclamo manso y tranquilo que siempre me recibe dando suaves piñones; y hoy, cuando me acerqué a él para cogerlo, se puso a bregar y a botarse en la jaula, teniendo que taparlo rápidamente para evitar que se lastimara con su comportamiento, así que me ha dejado sorprendido y muy confuso.

–¿Y qué le habrá pasado? –inquirió el chaval.

–Eso quisiera yo saber –respondió Manuel, con el semblante cariacontecido.

Tras larga caminata llegaron a la Erilla Alta, donde días pasados había tirado Manuel un macho, dejando viuda a su hembra.

No dejó Manuel durante el trayecto de comentar cuál podía ser la causa de esa respuesta del Viejo, cuando lo vio acercarse para enmantillarlo y no llegó ciertamente a encontrar nada que pudiera justificar su brusco cambio de actitud.

Ya en el colgadero abrevió Manuel, colocando el portátil. Y, una vez el retoño dentro de él, puso al Viejo en el matojo, amarró la jaula con los ganchos a las jaras de este, cosa que siempre hacía; y, sin dedicarle ninguna carantoña al Viejo, como lo tenía acostumbrado una vez destapado, se introdujo rápidamente en el puesto, colocó la escopeta en la tronera, metió en ella los cartuchos y esperó acontecimientos.

Tras picotear algunas hojillas del matojo que entraban por los barrotes de la jaula, se estiró el Viejo, hizo amagos de iniciar su trabajo pero el intento, de momento, solo quedó en eso.

Al poco de estar en el puesto la perdiz solitaria dio señales de vida. Sus continuas reclamadas lanzaban a los cuatro vientos el abandono en el que se encontraba, a falta de garbón del que había sido pareja hasta hacía escasas fechas.

El Viejo, que era un pájaro hembrero por excelencia, que tenía con las pájaras un atractivo único que hacía que vinieran rendidas a sus plantas, no decía este pico es mío.

Miraba a un lado y otro, cambiaba de vez en cuando de postura en la jaula, pero durante las dos horas que permaneció en el pulpitillo no se dignó dedicarle a la desesperada hembra ni un pequeño requiebro.

Manuel no acababa de entender lo que estaba sucediendo, no se lo habría creído de habérselo contado alguien, pero el hecho ahí quedaba y él no tenía explicación posible para el mismo.

Cabizbajo y abatido, salió del tollo luego de haber tosido para facilitar el alejamiento de la perdiz sin recelos; y durante la caminata de vuelta al cortijo una larga retórica sería compañera inseparable de su frustración y desengaño.

Una vez en la casilla Manuel buscó y rebuscó algo que justificara el comportamiento del Viejo en el puesto. No había plumas en la jaula que detectaran un inesperado pelecho, tampoco sangre delatora de una uña partida de algún dedo, el pico no estaba roto, no observó tampoco zurreta; en fin, nada de nada que diera una luz para explicar lo sucedido.

Pasaron tres días. La tarde última de celo volvió Manuel a sacar al Viejo; como siempre, al acercarse a él lo recibió con suaves piñoncitos, no se alteró al taparlo, y en el puesto del Cerro Blanco dio un completo recital, propio del buen hacer que siempre prodigan los reclamos de bandera.

Sin oír apenas campo no dejó de trabajar durante las casi tres horas que estuvo colgado en el farolillo.

Ya de vuelta a la vivienda se iba diciendo Manuel una y otra vez:

–¿Qué misterios encierra la caza de la perdiz con reclamo que pocas cosas conocemos de ella y cuántas nos quedan por saber?

Manuel Jerónimo Lluch Lluch

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